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Dakar, entre la osadía y lo invisible

Adoro el Dakar, porque me fascina el coraje y la osadía con las que enfrentan el peligro los pilotos que se atreven a un paisaje inhóspito, a una dura competencia, a un reto a su propia resistencia y temple.

Adoro el Dakar, porque es una suerte de mostrar que todos podemos, que solo debemos tomar impulso y avanzar en la vida.

Adoro el Dakar, porque se observa que se conjugan la tecnología, la suerte, la pericia humana y todo dentro de un marco visual envolvente, donde juegan con una inusual técnica el suelo, el clima y el cuerpo humano.

Adoro el Dakar, porque tiene un aroma a exuberancia, a glamour, a pasión, a romanticismo.

Uno no deja de asombrarse con esos enormes mastodontes que saltan en el aire rodeados de la bruma que los envuelve por la tierra circundante, camiones conducidos por personas con nombres difíciles de pronunciar, grandotes como las bestias que manejan, blancos como la nieve misma, sudados a más no poder.

Impresionan las motos con su mágica silueta, contorneándose en raras piruetas, deslizándose con acrobacia y el corazón palpita preocupándose por alguna caída que sucede, pero ellos siguen igual, cada vez más osados, más intrépidos, más raudos en su marcha.

Ahí van los cuatriciclos, ya no son los inofensivos médanos de la costa argentina, ahora son esas arenas traicioneras que demandan mayor sacrificio, mayor precisión, mayor atención y allí van muchas esperanzas argentinas, como cada año.

Por último nos quedan los autos, esos bólidos espectaculares, multicolores, escuchar el rugido de sus motores nos paraliza, dejan huellas al pasar, cruzan badenes, esquivan lomadas, saltan con presta agilidad, mientras la tierra se apodera del aire tras su paso veloz.

Entre todos hay pilotos profesionales y otros que solo lo hacen por el mero placer de competir, enfrentar al Dakar y llegar a la meta. La adrenalina de unos y otros es lo que les da ese carácter tan peculiar, los pilotos del Dakar son una clase especial de hombres y mujeres, que no tienen miedo, que enfrentan las peripecias que el destino les ofrece a su paso y que sortean las dificultades con pericia y mucho tesón.