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Las ideas no se matan

Todos tenemos una deuda con nuestros maestros, con quiénes nos dieron las herramientas nece¬sarias para transitar una vida dura no exenta de obstáculos y presiones.

Un trabajo digno si los hay, pero también una función esencial y respetable de quiénes tienen en sus manos y su conocimiento la educación de nuestros hijos, es decir de toda una Nación.

No son suficientemente reconocidos ni remunerados por su ímproba tarea, y su misión queda desdi¬bujada desde el mismo momento en que su máximo exponente sigue siendo discutido y recriminado con la mirada del siglo XXI por sus acciones y dichos del siglo XIX.

A Domingo Faustino Sarmiento, como a cualquier persona que ha caminado estas tierras se lo puede juzgar por su obra, su conocimiento y sus palabras, habrá cosas buenas y cosas malas, nadie escapa a esta regla, pero empecinarse en vituperar, estigmatizar o descuartizar la memoria de un hombre, es una insolencia y una inquina sin parangón.

Decía Nelson Mandela que “La educación es el arma más poderosa que pue¬des usar para cambiar el mundo” y Sarmiento, un visionario, modificó la reali¬dad circundante de un territorio enorme, cruzado por enconos ideológicos, con una población estancada, sin mucho vuelo cultural y educativo, con instituciones todavía endebles casi en ciernes.

SU OBRA

Fundó escuelas, trajo maestros con idoneidad y experiencia por¬que no los había aquí, promovió la inmigración, creo instituciones y organizaciones que cimentaron la educación, la cultura como Ob¬servatorios, Colegios Nacionales, Escuelas Normales, Facultades, el Colegio Militar, pero también se ocupo de generar una infraestruc¬tura que despegara al país hacia el desarrollo, tendiendo miles de Km. de líneas telegráficas y vías férreas.