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Mucha fiesta poco estudio

Si las mismas ganas que le ponen los muchachos a la estudiantina de todos los benditos septiem¬bre le pusieran al estudio, sería otra cosa mariposa.

Con la inocultable y manifiesta complicidad de familia, sociedad y profesores, los alumnos se toman una semana sabática para dar rienda suelta a todo un complejo de algarabía y fiesta sin igual, co¬mo si su vida fuera un completo rosario de horas desplegadas al estudio y ya colapsados por el cansan¬cio necesitan un “tempo” de disfrute personal y grupal.

La muchachada sale como loca a festejar por las calles, inundan locales bailables, parques y paseos, circundan la ribera del Dulce y hacen la guardia para el amanecer de un nuevo día.

Música pegadiza, amores furtivos, besos a granel, las hormonas saltarinas y el cuerpo no se cansa de bailar, cantar y jugar.

Algún distraído dirá que bien merecido lo tienen, por el esfuerzo que llevan a ca¬bo durante el largo año lectivo, aunque si vamos a ser justos y ponernos serios, el único esfuerzo que le conocemos a muchos es levantar la mano para dar el presente.

Memoriosos del ayer recordarán que íbamos al colegio y la primavera se festejaba un solo día, y sí, el día de la primavera, ¿Cuál más? Eso sí, estudiar, estudiábamos, llevábamos mochila para cargar libros y car¬petas. Hoy, los muchachos se arrastran hacia el colegio con una car-petita escuálida y un par de lapiceras; exhaustos llegan a sus asien¬tos con mucha modorra, pocas ganas de estudiar y mucho espíritu para ver qué hacen fuera de horario.