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Y en dónde está la cultura del trabajo

Nadie discute que este país a pesar de los vaivenes, los traspiés y los desencuentros se hizo grande a partir de una verdadera cultura del trabajo.

A partir del Preámbulo Constitucional se invitó a todos los ciudadanos libres del mundo a habitar nuestra tierra, se garantizaba el derecho al trabajo, al comercio, a la libertad de culto y pensamiento, no había por cierto ninguna traba que impidiera que quién quisiera trabajar lo hiciera y a partir de allí forjara una nueva realidad para él y su familia.

Así hemos visto en el transcurso de más de un siglo, desde la promulgación de nuestra Constitución allá por 1853, que la Argentina se convirtió en lo que se dio en llamar un “crisol de razas”.

Al igual que Norteamérica, Canadá, Cuba y Venezuela, la Argentina fue uno de los lugares donde la inmigración, esencialmente europea, poso sus ojos, para “hacerse la América”.

Hacía aquí se embarcaron especialmente españoles e italianos, pero también alemanes, croatas, polacos, irlandeses, galeses, armenios, eslovacos, pero también sirios, libaneses e israelíes venidos del Medio Oriente o japoneses desde el lejano poniente.

Con solo ver cualquier guía telefónica nacional podremos darnos cuenta de esa amalgama de apellidos de tan variada procedencia.

Aquí se pudieron conformar sociedades donde las discordias y las reyertas quedaron sepultadas por la confraternidad, tenemos la mayor comunidad judía por fuera de Israel y una de las más importantes en número del mundo árabe por fuera de éste. Y entre ellos no se visibiliza el infierno que se da en sus tierras de origen.