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Lobos solitarios

El mundo es una selva. Vivimos en constante peligro todo nos acecha y nadie puede ver el peligro.

Antes era claro de donde venían las acechanzas tenebrosas; hoy, el anonimato es la clave del conflicto.

El temor que intentan infundir los grupos terroristas mutó. Antes sabíamos a qué atenernos, existía un lugar donde el conflicto se viralizaba, había constancia de ello.

Hoy, por el contrario, nadie sabe nada. Todos estamos en zona de conflicto. Todos somos potenciales víctimas de la irracionalidad y la muerte agazapada nos tiende una trampa en el momento menos pensado.

Las guerras tradicionales ya son sólo páginas de la historia, ahora el conflicto se bate puertas adentro de los Estados centrales, ya no es la periferia sino en las puertas de sus casas, en sus zonas de esparcimiento o comercio, son sus centros neurálgicos, sus íconos más emblemáticos.

No importa con qué fuerza militar uno cuente, tampoco qué armas poderosas se tengan para disuadir al enemigo. Eso es algo de potencias beligerantes que en algo se parecían, se regodeaban con su poderío, se ufanaban de ello, se mostraban altaneros pero sabían a qué atenerse.

Ahora nada es igual, quienes comandan la guerra no tienen rostro, como tampoco lo tienen sus miles de soldados ignotos y sin siquiera estar alistados ni pertrechados.

Hoy no son necesarias ni ametralladoras, ni tanques, ni submarinos, ni flotas aéreas, ni bombas nucleares, cualquier cosa es un arma y sólo se necesita un hombre, una mujer o un niño decidido a poner fin a su vida, como también a la de muchos anónimos ciudadanos del mundo.

Esta metodología la inauguraron los terroristas que subieron a aviones como simples pasajeros y terminaron colisionando con las Torres Gemelas. Cuando ambas cayeron envolvieron con su polvo la imagen de la desolación y la incomprensión inaudita, abrieron la puerta para un montón de lobos solitarios.