Nota de Tapa

Drogas, fútbol y muerte

El barrio Sarmiento se convirtió en el epicentro de las disputas entre grupos “narcos” y diferentes facciones de una hinchada. Los enfrentamientos “territoriales”, las batallas campales por el liderazgo y el manejo de la porción más importante de la clientela. Los detalles desconocidos de una disputa sin fin.

Muertos. Heridos. Casas incendiadas. Amenazas. Huidas. Disparos cruzados. Bandas armadas. Corridas. Tumberas. Armas blancas. Temor. Son apenas algunos de los ingredientes de una verdadera lucha que se vive por estos días en el barrio Sarmiento, con dos bandas antagónicas como protagonistas ineludibles donde se combinan la venta de sustancias prohibidas con la pasión por el fútbol.

Aunque a muchos les duela aceptar que esto sucede en la provincia, es una situación inocultable. Algo de lo que ni siquiera se imaginaba que podía suceder en estas mansas tierras. Hasta hace unos años atrás, se pensaba –incrédulamente- que las drogas no encontrarían su lugar por estos lares. Sin embargo, las drogas llegaron para quedarse. El reclamo de las “Madres del Pacará”, clamando por ayuda para recuperar a sus hijos de las garras de las sustancias prohibidas, es una clara muestra de esa realidad que ya no se puede esconder ni mucho menos circunscribir a una determinada zona. Los estupefacientes, porros, bagullos de marihuana y todos sus derivados –en cualquiera de sus acepciones- se comercializan aquí y allá. Con ese marco innegable, las drogas ilegales encontraron su lugar en Santiago del Estero.

Por estos días, la guerra de los dealers es la realidad más palpable en esta atmósfera teñida de sangre y muerte. Un “dealer” es la persona encargada de vender productos o servicios en nombre de una compañía para obtener beneficios financieros a cambio. Pero, en este caso, el término se utiliza para referirse al vendedor de drogas ilegales. De modo que droga y dealer conforman un combo fatal.

Y la lucha entre bandas por ocupar territorios se asemeja en mucho a los distintos escenarios que mostraba la película “El Padrino”. En el film se mostraba claramente que cada sector tenía asignado un territorio para “manejar” a su antojo, comprar voluntades, cobrar peaje y decidir sobre la vida y la muerte de unos y otros. Sin embargo, las luchas comenzaban cuando alguien se atrevía a traspasar las fronteras del otro, un rival con las mismas pretensiones. La pantalla mostraba ametralladoras, tiros, sangre, muerte. Al final, siempre ganaba el más poderoso. Pero el camino quedaba sembrado de víctimas inocentes y no tanto, de gente que se había atrevido a traicionar o que había pretendido extender los límites de su actividad. Eran imágenes terribles. Otra época.

Sin embargo, aquella mafia –con otros protagonistas, con otros condimentos- es bastante parecida a la que pulula en las calles santiagueñas, con similares pretensiones de poder.

Lo ocurrido el último fin de semana en el corazón del barrio Sarmiento no es un caso aislado. No sólo los vecinos saben que se repite en forma crónica, o sea en forma arraigada y a lo largo del tiempo, sino que también lo conocen las autoridades policiales. Es cierto que esto no es aún el Chicago de aquella época, pero –aunque muchos pretendan negarlo- se le asemeja demasiado.