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Pecado capital

Nuestra historia está plagada de hombres y mujeres que dieron su vida por un bien común: la libertad y la grandeza de nuestra Patria.

Esos héroes y patriotas, los conocidos y los miles de anónimos, no buscaron lisonjas, ni premios, ni palabras de aliento. Sólo los animaba el hecho de hacer algo por su tierra, por sus ideales.

La mayoría de ellos murieron pobres, exiliados u olvidados por sus contemporáneos. La lista es enorme y no nos debería asustar leer entre sus integrantes a personas de la talla de Manuel Belgrano, Cornelio Saavedra, Juan Manuel de Rosas, José de San Martín.

Sabemos que muchas veces la historia es cruel, y pérfido el olvido, pero no tanto como la crueldad ínsita de muchos que, sin llegar a alcanzar el status de gigantes, se creen con derecho de integrar ese panteón exclusivo de aquellos que eligen la simpleza y humildad de los grandes seres.

Nos decía José de San Martín que “la soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales, que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder”. No todos quienes alguna vez tuvieron poder pueden enfrentar el hecho de convivir con el poder sin que se contaminen del virus más mortal de todos, el creerse superiores, magnánimos, indispensables, inigualables, irremplazables, únicos.

También la historia está repleta de estas personas pero sus dislates, sus yerros, sus equívocos son enseñanzas de lo que no debemos ser, ni aún parecer, porque sus pasos fueron guiados por el egocentrismo que impide la claridad de pensamiento y sólo muestra actitudes mesiánicas, dictatoriales, negacionistas, demagógicas.

Nuestro país no puede tolerar más a gente que no antepone el bien común general a su porfiada y creída superioridad. Nadie es indispensable ni nadie es imprescindible, aunque todos tenemos una misión en nuestra vida. Pero insistir en destinos históricos o liderazgos únicos es un despropósito y un desatino que la propia historia nos enseña que no son posibles.