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Cansan los filósofos de la pelota

Son insoportables los filósofos del fútbol. Se las saben todas o pretenden hacernos creer que saben, aunque después la pifien, revoleándola para la tribuna y, sin ponerse colorados, siguen como si nada vociferando su creencia futbolística.

Esos mismos filósofos de la pelota que jamás patearon o, cuando lo hicieron, eran más malos que Atila, dejando mustio el césped por donde pisaban los caballos y no hablamos de los eruditos futboleros.

Si uno los mira queda impactado, hacen gestos adustos, ponen cara seria, se paran con prestancia y cierta altanería sobradora, te hablan como de costado, casi relajándote, haciéndote creer que la tienen atada cuando todavía no la pudieron poner contra el piso, ni la tienen dominada.

Los ejemplos sobran. Los yerros se agolpan por goleada pero a ellos nada los perturba igual que al Ogro Fabbiani despuntando el vicio en la lejana Primera C en el casi ignoto Deportivo Merlo.

Hasta no hace mucho escucharlos hablar del campeonato que Boca lo perdía, que daba lástima, que la imagen de los xeneizes era pálida, que no había un plantel con jugadores ya no de excelencia ni siquiera medianamente buenos. Por otro lado, River, un equipazo, que se comía los chicos crudos y que ya los tenía engullido a los bosteros.

Pum para arriba, como en las lejanas épocas de Marcelo Hugo, los filósofos sucumbieron con unas gallinas cacareando, desconcertadas ante los Santos que los vieron marchando con una victoria bajo el brazo y a Boquita dándole una lección de buen fútbol y aplastando a un Independiente que venía de racha e invicto.

De la noche a la mañana, para los filósofos, River no tiene recambio, el arquero es una lágrima y no da seguridad en la batalla y sin Driussi y Alario no son nada mientras Boca casi casi se asemeja al Real Madrid campeón de la Champion.