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Más puentes y menos muros

Parodiando a Shakespeare, en su obra Hamlet, “algo huele mal” pero no en Dinamarca, en el peronismo.

Si uno se detiene a leer las crónicas periodísticas, escuchar los análisis políticos y ver los programas televisivos que se entretienen intentando desmenuzar las comidillas y entretelones de los próximos comicios nos encontraremos con una malformación técnica de lo que implica el proceso electoral ya en ciernes.

Pareciera que todo gira en relación a lo que hará Cristina, si Randazzo se presenta y quién representará a Macri y Cambiemos en la Provincia de Buenos Aires. Es decir, lo que se escucha, observa y lee sólo es en relación a un ámbito acotado. Todo ronda en derredor de los bonaerenses. Punto y a otra cosa.

Se olvidan, como siempre, que la Argentina es mucho más que lo que le interesa a un pequeño sector que, ciertamente, se encuentra profundamente politizado, va mucho más allá.

Bajo ningún aspecto la sociedad política es una sociedad políticamente activa. Nos quisieron hacer creer ese cuento que los jóvenes, ahora, estaban más comprometidos, que la comunidad se encuentra alerta a todo lo que refiere a la administración de los intereses del Estado, pero nada de eso es verdad.

¿Cómo podemos afirmar algo de manera tan categórica? Muy simple, si fuera cierto que nuestro pueblo estuviera comprometido verdaderamente con la política y que hay un claro interés por saber el desarrollo del gobierno y lo que hace la oposición, no habría candidato que pudiera sortear un juicio de valor por parte de la comunidad, cuando el ciudadano a auscultar desde el barómetro de lo ético estuviere sospechado de corrupción, tuviera una vida privada libertina, oscura o ambivalente y, en muchos casos, la persona cursara causas pendientes en la justicia.

Nosotros votamos sospechados, imputados, procesados como si nada. Votamos personas que son denunciadas por hechos que a cualquiera de nosotros nos pondría en aprietos en el relacionamiento social, en el trabajo, en la propia familia. Pero pareciera que la sociedad tiene una doble vara. Lo que para ciudadanos comunes es una estigmatización absoluta, para los políticos es algo superfluo que no nos roza ni nos importa y, por ende, no los afecta a ellos.