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Ganó boquita y no hay remedio... o si lo hubo

Llegó a su fin este incomprensible torneo de treinta equipos en un despropósito inaudito, con tribunas sin visitantes, pero a veces con neutrales que gritan desaforados y no por igual a cada equipo y nunca por el local, donde se entremezclan clubes pobres y grandes ricos, donde nos perdemos qué día juega cada uno, con la sombra de la corrupción en el que murió y la inutilidad de los que están reemplazándolo. Pero el campeonato seguía su marcha y cuando se venía cayendo a pedazos, tropezando partido tras partido, dando lástima y provocando desazón en su afición, Boca levantó cabeza y pegó el salto a la meta y ahora grita Campeón.

Pero lo que hace unos días era una duda indescifrable, si Boca lo ganaba o lo perdía y si el paso arrollador del millonario hacía mella en su desfalleciente contendiente, se despejó la incógnita y el resultado muestra un claro e inobjetable ganador. El punto de quiebre fue el propio partido que River le ganó, en la mismísima Bombonera, al azul y oro. Ese mazazo parecía que tumbaba a los xeneizes y encumbraba a las gallinas hacia un campeonato al que nadie le daba dos pesos.

Ese partido donde Boquita fue una lágrima y River fue un tornado que arrasó con todo, fue el punto de partida de la recuperación de Boca y el hundimiento fatal de River.

A partir de allí, el mellizo cambió toda la zaga y resguardó su arco con el Pipa goleador como estandarte y el negrito Barrios liderando la recuperación en el medio, mientras River se durmió en sus laureles o quizás se pasó de revoluciones con los diuréticos que los muchachos tomaban en sus ratos libres, ¿Quién sabe?

Lo que sí sabemos es que luego de morder el polvo de la derrota, de verse arrodillado ante su eterno rival, de mostrarse derrotado ya no sólo en el campo de juego sino en su mística ganadora, en su propia alma futbolera, los jugadores entendieron que no podían seguir erráticos y debían concentrarse en aquello que venían cimentando casi en soledad desde la cima, el campeonato argentino.

Paradojas del destino, el partido que parecía ser el punto final de uno y el puntapié inicial para el otro, surtió efectos divergentes. A uno lo sepultó y al otro lo renació. Por eso, el fútbol es el deporte más sensacional que existe, nadie es campeón hasta levantar la copa. Nadie puede cantar el gol por adelantado. Los festejos y las cargadas a los primos deben reservarse para lo seguro, porque sino el golpe luego es más duro y mucho más cruel.

Ahora Boquita es el nuevo campeón. Una estrella más para su ya largo muestrario de campeonatos obtenidos. Mientras River llora desconsoladamente, no sólo por la oportunidad perdida por ellos mismos, sino por el desideratum que implica una mancha oscura en la pelea por obtener la Libertadores.