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Zanahorias o pelotas

Yo sabía que mi tío plantaba y cosechaba zanahorias en la acera de su casa pero nunca entendí porqué terminábamos jugando a la pelota en el fondo de su casa.

¿Será que es lo mismo zanahorias que pelotas? Vaya uno a saber. Lo cierto es que el cholulismo connatural de la gente espanta el sentido común y resulta una afrenta a la inteligencia humana.

Vamos, como sociedad, atontados detrás de una zanahoria, absortos, ensimismados nos quedamos encantados como si el flautista de Hamelin nos llevará irremediablemente hasta un destino no especificado ni conocido.

De golpe y porrazo nos embelesamos con un casamiento de quien es un personaje tan amado como odiado, tan admirado como resistido, tan identificado por nosotros como desconocido.

De criticarlo porque no canta al himno a maravillarnos que fuera a su Rosario natal para casarse con su noviecita de toda la vida.

De un pulcro y excelso pateador de pelotas a una estrella del jet set internacional, nos convertimos de la noche a la mañana en expertos de belleza, modistos de alta costura y críticos de protocolo y ceremonias glamorosas.

Insólito resulta cómo nuestras mujeres -que aborrecen el fútbol y nos plantean escenas conyugales por nuestra reiterada impertinencia de no darles ni la hora por ver a veintidós flacos yendo detrás de la pelota- nos hablan del look de Carles Pujol, de la esposa de Xavi, de lo buen mozo que es Cesc Fabregas.

¡Un bajón!, se reconvierten a expertas futboleras, pero de un costado más refinado y sensual. Poco les importa en qué club juegan, si se han retirado o no, si fueron campeones, en qué club y en qué año, lo que más les importa es su facha y la envidia que les profesan a sus mujeres, todas unas modelos y exuberantes.