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Capuchas y palos

Cada vez que hay una elección la ciudadanía se ve sumergida en una serie de hechos escandalosos que rozan lo ilícito, algunos constituyendo directamente un delito a perseguir por las autoridades policiales y judiciales.

Como en otras tantas oportunidades, esta elección ya nos mostró esa faceta con “espontáneos” escraches, movilizaciones reclamando por alguna cuestión puntual, corte de calles e incluso llamando a un paro de empleados porque un anciano termina suicidándose en una oficina del Anses.

Extrañamente, todas estas situaciones se encuentran motorizadas, fogoneadas e incluso publicitadas por ex funcionarios, actuales legisladores y militantes de la ex presidente Fernández de Kirchner.

Como siempre, la ciudadanía espera algún tipo de reacción para estas acciones que resultan repulsivas por su ínsita violencia, generalmente verbal pero con algunos atisbos de reacción física.

Una sociedad democrática no puede admitir reacciones impulsivas de violencia física o verbal. El sustrato de la democracia es la convivencia pacífica, el diálogo, aún entre quienes tienen visiones diferentes, la aceptación del otro, del adversario, del oponente que nunca puede constituirse en un enemigo acérrimo.

No es este el ámbito para discutir los hechos vividos recientemente, pero a partir de los sucesos acaecidos en la ancha avenida porteña, icono de nuestro país en el mundo con el fondo del Obelisco como estandarte nacional, donde cientos de personas se juntaron ocultando sus caras con pasamontañas o pañuelos, blandiendo palos y tirando adoquines y piedras, podemos analizar si esto es algo propio de la democracia siglo XXI, si la oposición gana o pierde con estos hechos, y si quien ostenta hoy el poder hizo bien en reprimir mediante la acción coordinada de la Policía Metropolitana y la Federal.