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La gangrena del pueblo

Con la entrada en vigor de la Constitución Nacional reformada en 1994, han aparecido nuevos derechos y garantías, todos ellos referidos a la defensa irrestricta del sistema democrático y de los derechos humanos, y el primer artículo incorporado es el mejor ejemplo de cuál es la cosmovisión jurídica de estos nuevos tiempos, donde el sistema penal argentino no puede hacer oídos sordos.

Obsérvese que el art. 36 de nuestra Carta Magna en su tercero y cuarto párrafos informa al plexo jurídico nacional, del contenido necesario para establecer una franca lucha contra la corrupción, así se prescribe que “atentará asimismo contra el sistema democrático quien incurriere en grave delito doloso contra el Estado que conlleve enriquecimiento quedando inhabilitado por el tiempo que las leyes determinen para ocupar cargos o empleos públicos”.

De esto último se concluye en forma inequívoca a un acto concreto de corrupción tipificado en el art. 268 del código penal como así también en la Convención Interamericana de Lucha contra la Corrupción.

Pero el texto constitucional no se queda allí y avanza “El congreso sancionará una ley sobre ética pública para el ejercicio de la función”.

A partir de ello podemos afirmar sin dudar que para acceder a un cargo público no sólo se requiere ser idóneo, sino también que se necesita tener un comportamiento ético, irreprochable, incuestionable.

Este camino de apego a los fundamentos éticos se continúa con los tratados internacionales que por imperio del art. 75, inc. 22, nuestra Carta Magna los incorporó al plexo jurídico nacional, como la Convención Americana sobre Derechos Humanos, o el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, amén de considerar que todos “los tratados y concordatos tienen jerarquía superior a las leyes”, como también es aplicable a nuestro derecho interno la Convención Interamericana de Lucha contra la Corrupción fue incorporada al plexo legal por la ley 24.759, y todos estos tratados son normas exigibles y aplicables en nuestro país.
Ahora bien, ¿sabemos que es o significa la corrupción? Este vocablo deriva del latín “corruptio”, “corruptionis”, que a su vez proviene del prefijo de intensidad “con” y de la palabra “rumpere” que sería “romper o hacer pedazos”.

Es decir que corrupción es algo que rompe, lastima, degrada, deforma a una forma o contenido, en nuestro caso al cuerpo social, al Estado, al pueblo.