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Islamofobia y el temor a lo desconocido

Europa está conmovida, alelada, estupefacta, ha sido tocada una, dos, decenas de veces.
Llora sus muertos, lamenta sus heridos, transpira y, trémula, mira a su alrededor para escudriñar donde será el nuevo ataque.

No hay lugar que no esté a salvo de la locura y la ignominia. Todos tiemblan con sólo pensar en turbios y oscuros pliegues de fanáticos insensibles con un odio visceral que se sustenta por una mala y equívoca interpretación de su propia fe.

Fueron Londres, Niza, París, Berlín, Bruselas y ahora es Barcelona. El mesianismo irracional gana pequeñas escaramuzas que son magnificadas a nivel global porque sus víctimas no son ni policías, ni militares ni funcionarios. Es gente tan común como vos y yo. Y eso es lo que más duele, más lástima, más bronca da.

Lo paradójico es que los lugares que son atacados por el fanatismo yihadista están plagados de musulmanes que viven, trabajan y estudian en esas ciudades.

Hoy Europa se convirtió en refugio de millones de migrantes cuya religión es la musulmana, y mucha de su descendencia ya tiene pasaporte español, inglés, francés, holandés, alemán o italiano.

Si la búsqueda que acometen estos terroristas es hacer sucumbir a Europa, sojuzgarla hacia su creencia y pensamiento, no deben molestarse en hacer ataques indiscriminados, tan sólo deberían dejar pasar el tiempo. El paso normal del mismo implicará, hacia futuro, que muchos países europeos vean modificados su entorno social y cultural, donde la Europa blanca y cristiana dejará paso a una Europa más cetrina y musulmana.

Es que, irremediablemente, por una cuestión de pirámide poblacional, los europeos no tienen estadísticas favorables en cuanto al crecimiento de su tasa de natalidad y, a su vez, se incrementa su expectativa de vida; por el contrario, los descendientes del norte de África, el sudeste asiático, el medio oriente y el África negra se reproducen exponencialmente.