Actualidad

Los insufribles de siempre

En la viña del Señor hay de todo como en botica: los buenos, los malos, los humildes, los soberbios, los chusmas, los callados, los violentos, los pacíficos. Entre tanta variedad al plato, están los que hacen de tu vida un placer y los insufribles.

Hoy quisiera detenerme un ratito en ellos. En aquellos que nos hacen la vida un suplicio, un calvario, son insoportables porque actúan como si poco les importará el vecino.

Casi, casi como se vivieran la vida para joder al otro, para molestarlo por el sólo placer de buscar que alguien resulte malhumorado, directamente romperte los balones de la entrepierna para importunarte todo un maravilloso día.

Quien ha necesitado comprar algo, un kilo de pan, un poco de tomate, unas zapatillas, una tuerca, lo que fuere, se encamina al negocio de turno y detrás del mostrador nos atiende él o ella, da igual, pero de mala gana y con la cara hecha un tuje.

Otros necesitamos concurrir a una oficina pública, nacional, provincial o municipal, da lo mismo, pero eso sí, siempre encontrarás al empleado/a que se pinta las uñas, lee el diario o ceba mate, mientras la cola se sigue agigantando y cuando llega tu turno con cara de “yo no fui” te sale diciendo, ¡ah no, le falta tal formulario, tal requisito o tráigame la foto 4x4! Siempre nos falta el céntimo para el peso.

Profesionales hay de los buenos, pero no me digan que nos les tocó el médico que nos mira con desgano, nos habla entre dientes, nos reta al menor análisis que hagamos de nuestras dolencias y cuando nos receta o prescribe algo, lo hace de modo que -salvo un criptógrafo- nadie sabe qué quiso decir en su recetario.

Los abogados son otros. Llegas con un problemón y ellos casi ni se preocupan por consolarnos, no son claros para decirnos cómo accionarán, para lo único que demuestran ganas y claridad es al momento de largar sin anestesia el valor de sus honorarios. ¡Que bajón!