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Anclados en el tiempo

Nuestro país está anclado, atornillado en el tiempo, no hay avance, sólo esporádicos momentos de un camino por venir, pero siempre existe el vendaval que nos detiene y nos empuja hacia atrás.

Estamos condenados a permanecer inmóviles. Parecemos sombras chinescas sin un hálito de vida propio, encapsulados en el pasado, reconvertidos en feroces contendientes de nosotros mismos, donde el otro siempre es nuestro enemigo y nunca se termina de convertir en nuestro adversario.

Confundidos políticamente nos disponemos siempre al cambio, pero nos falta cerrar la historia y así vamos golpeándonos las cabezas sin advertir que algún día tenemos que poner punto final a lo que nos hizo perder el rumbo y sumirnos en la decadencia cultural, social, económica y política.

¿Es posible que no haya puntos de encuentro? ¿Puede ser que cualquier cosa, nimia o importante nos sirva de excusa para vivir enfrentados? ¿Por qué no repensamos nuestra historia y modificamos conductas de encerronas ideológicas?

¿Por qué siempre debemos estar atacando a quién piensa distinto? ¿Por qué no podemos sentarnos a discutir en una misma mesa?

Durante el anterior gobierno se comenzó a gestar un concepto: “la grieta”. Y sí, había y hay una grieta. A decir verdad, no fue producto del anterior gobierno. Nuestro historia, está dividida, agrietada, segmentada e irreconciliable desde los mismos albores de la Patria y hasta ahora.

Si antes no la visualizábamos no era porque no existía, algunos la intuimos porque sólo nosotros podemos mostrar esa dicotomía histórica de unitarios y federales, porteños y provincianos, conservadores y radicales, civiles y militares, peronistas y radicales.

Somos un país dividido por nosotros mismos, forjamos una grieta que durante décadas resultó algo imaginario, virtual, pero que, en los últimos años, se convirtió en algo omnipresente, tan real como opresiva.