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El gran olvidado

A Domingo Faustino Sarmiento le dicen el gran educador argentino pero, tranquilamente, podríamos enrostrarle un nuevo apelativo: “El gran olvidado”, y con él nos olvidamos de la educación argentina.

Fue y es un personaje polémico. Resulta ser tanto amado como odiado pero, en vez de juzgar su obra y no su verba, encontraríamos en él un ejemplo a seguir.

Sarmiento era un precursor de ideas, un hacedor de obras, un espíritu tan irónico como inquieto, un hombre que mechó aciertos con errores pero que, en el resumen de su vida, puede decirse que hizo mucho y bueno por el amor a su tierra.

Sarmiento fue uno de aquellos que forjaron la Argentina pujante, la del crecimiento arrollador, la envidia del mundo y el ejemplo de otros, su pensamiento y acción se encolumnan en lo que era su pasión y que entendía como el motor del desarrollo de cualquier pueblo: la educación.

A la par de una educación de excelencia a la que siempre apuntó y que por los resultados obtenidos durante esa época, que va de finales del siglo XIX a mediados del siglo XX, tuvo un resonante éxito, también era un hombre que entendía que no sólo alcanzaba con educar “al soberano” se necesitaba un plus.

Decía nuestro maestro insigne que “el buen salario, la comida abundante, el buen vestir y la libertad educan a un adulto como la escuela a un niño”. En esta idea surge claramente su pensamiento progresista. Nos habla de derechos básicos que todo hombre debe tener para poder crecer y avanzar en la vida, muchísimo antes que nos agobiaran con la catarata de derechos humanos. Él, aquel hombre tosco y vilipendiado por los intelectuales y políticos “progresistas”, fue un adelantado a su tiempo en materia de derechos sociales.

Él era el mejor ejemplo porque no sólo fue maestro sino que también fue soldado, almacenero, minero, mozo, soldado, chacarero, periodista, escritor y multifacético político desde senador, ministro, embajador, gobernador y presidente. En cada una de las tareas que emprendió puso lo mejor de sí y buscó la excelencia.