Politica

Llorando por un voto

Estoicos como pocos, los políticos se esfuerzan cada día en demostrar que nada los conmueve. Nadie los perturba. Se mantienen impertérritos ante cualquier contingencia o situación. Siempre aferrados a la mera retórica con el fin de persuadir a un indeterminado número de personas, quienes -como votantes- resultan utilitarios circunstanciales para la búsqueda del poder.

Sin embargo, algunos políticos, aún siendo estigmatizados y vilipendiados por gran parte de la sociedad, mientras son acorralados por incontables denuncias, imputaciones y procesamientos en la justicia, a la par que muchos de sus seguidores abandonan sus filas, se empecinan en mantenerse posicionados para encontrar su lugar en el centro de la escena nacional.

Un caso paradigmático, digno de profundos estudios sociológicos, cuando no de aquellos que rondan la psiquis humana, es esta nueva e impensada faceta de la ex presidente, que se prestó como nunca antes a una entrevista periodística. Ella que era tan refractaria a prestarse a cuestionarios que no podía controlar y, peor aún, por alguien que no sólo no es de su séquito, ni adherente, ni cumple labores en algunos de los medios periodísticos de paladar kirchnerista.

En la entrevista que Cristina Fernández mantuvo con Luis Novaresio se puede hacer un pronóstico de lo que sucederá en el futuro para con la ex presidente y el sector que se mimetiza con ella. Pero, fundamentalmente, se puede establecer con meridiana precisión qué grado de credibilidad tiene su discurso.

Si bien por primera vez desde la asunción a la presidencia de Néstor Kirchner, la que fuera primera dama y luego por dos veces presidente de la Nación otorgó una entrevista periodística a un periodista que, ideológicamente, no se encuentra en el sector que transita ella. Asimismo, es un ácido crítico de su gestión como así también por un medio que no se precia de haber sido funcional al kirchnerismo ni a ningún funcionario de ese período.

Haciendo un ejercicio intelectivo podemos afirmar, sin temor a equívocos que más allá de la estética y de la forma de expresión, la ex presidente no cambió un ápice su forma de ser y de pensar y, lo que es peor, aún lo reafirma y, pérfidamente, se obstina en endulzar los oídos de los incautos que creen en su palabra.