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Aquellas pequeñas cosas

La vida corre rauda, no nos pide permiso, sólo somos espectadores del frenesí incontrolable de sucesos que se suscitan de modo permanente y casi sin darnos cuenta.

A veces, esa misma vida nos hace dar una pausa, nos clama, nos alerta de aquellas pequeñas cosas que “te sonríen tristes y nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve”, como diría Serrat.

Pequeñas cosas que luego de vivirlas nos señalan que no todo lo que perseguimos es importante, que la materialidad de las cosas es algo superfluo y que lo trascendente esta más cerca de uno que lo impensado.

Cuando uno cae en la desesperación, en el llanto descontrolado, en la tristeza más oscura e inquietante, todo se nos cierra en la mente y no nos permite ver con claridad. Pero al salir nuevamente a la luz tenemos la oportunidad única y, a veces, irrepetible de encontrarnos con la verdad: que existen pequeñas cosas que valen la pena disfrutarlas por encima de banalidades y estúpidas premisas culturales y sociales.

Viene a cuento todo esto porque muchos de nosotros no sabemos qué tenemos a nuestro alcance y no mensuramos, en su estricta dimensión, aquello que podemos recurrir y sin necesidad de salir de nuestra proximidad.

Días pasados, un amigo muy caro a mis sentimientos tuvo un episodio que lo tocó en su más íntima fibra, su pequeño hijo, de un día para el otro, comenzó a tener una serie de dolores y síntomas que los médicos no podían descifrar, y aquí viene lo esplendoroso y hermoso de la vida, la fe y la esperanza de la mano de la empatía y la profesionalidad de seres humanos, ignotos al principio, que terminan siendo parte de nuestra familia.

Mi amigo pudo viajar fuera de nuestra provincia pero confió en los profesionales que trabajan en el CEPSI, se encomendó a ellos como a sus creencias más intensas.

En esos profesionales que no lograba terminar de conocer porque iban y venían tratando de encontrar el origen del malestar de su niño, encontró una familia en quien recostarse y confiar.

A la par de tantos otros que se acercaron, llamaron y estuvieron en permanente contacto desde la cercanía como en la distancia, pero presentes con su palabra de aliento y con sus oraciones y bendiciones, no importaba a qué Dios se le implorara.