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Burros pero profesionales

Asombrados, leímos el otro día que un juzgado uruguayo había desestimado una presentación judicial de un abogado por las “faltas garrafales de ortografía” que contenía el libelo.

Sostenía el magistrado que el escrito tenía más de 100 errores de escritura en 11 páginas, entre los que se podían advertir: espresa, desarroyo, ubiera, estubiera, quizo, abaló, extructura, digimos, mas haya, entre otros.

“El escrito de apelación presentado en autos resulta absolutamente inentendible, plagado de faltas de ortografía garrafales, errores de sintaxis, de tecleo, excesivo uso de abreviaciones con incoherencias absolutas, con un lenguaje inapropiado”, fundaba el juez para rechazar la presentación.

Más allá de compartir el criterio del tribunal por considerar que el escrito no se ajustaba “a la dignidad y respeto que merece la Justicia”, ya que, en todo caso, si el profesional es un bruto escribiendo no puede afectar el derecho que le corresponde a la parte litigante, no es menos cierto que la educación últimamente deja mucho que desear y eso debe corregirse.

Muchos creen que porque alguien llega a recibirse en alguna profesión, de por sí ya es una persona culta y preparada, quien obtiene un título de grado más allá de lo mucho o poco inteligente que puede ser, seguramente ha tenido mucha constancia, y eso no implica sabiduría ni capacidad.

Alcanzar un claustro universitario viene precedido de instancias inferiores, la escuela primaria y la secundaria, y en ambas no se cultiva el estudio sino más bien se fomenta la facilidad para avanzar sin obstáculos, no sea cuestión de importunar al alumnado y a sus padres.

Hoy es más fácil que un estudiante tome y ocupe ilegalmente un colegio que abrace y lea un libro y eso es una tragedia.

Uno estudia para ir pasando etapa tras etapa, hasta convertirnos si es posible en profesionales y de ese modo sostener con cierto fundamento y con un diploma colgado en alguna pared que se domina una determinada área de especialización.