Nota de Tapa

El pícaro

Con la picardía que nos tienen acostumbrados los dirigentes sindicales, se mantiene aferrado a su cargo a pesar de estar denunciado por graves hechos de corrupción, amenazas de muerte, desobediencia judicial y conductas antisindicales. Las sombras del “Pata” Medina y José Pedraza en la sanidad santiagueña.

Los grandes gremios actúan por sí mismos, casi con total autonomía, y constituyen un poder dentro del poder. A veces, con violentos enfrentamientos internos.

Se trata, en efecto, de un viejo tema, que se remonta a la caída del primer peronismo, en septiembre de 1955, pero que empezó a desplegarse a lo largo de la década del 60 y parte de la siguiente y que retornó con fuerza con la restauración democrática en 1983.

Sin embargo, no se entiende el término mafia sindical si no se lo asocia con una cuestión más general, la creciente autonomía de los sindicatos respecto de los partidos políticos y del Estado. Los gremios actúan como verdaderas corporaciones, dotadas de grandes recursos y un enorme poder de presión y negociación, aunque hayan cambiado con el tiempo sus liderazgos.

En las décadas de 1930 y parte de la de 1940, los sindicatos respondían en forma orgánica a determinados partidos políticos, en particular a los partidos Socialista y Comunista, y antes también a los anarquistas y trotskistas.

En 1945, con el advenimiento peronista, la mayoría de los sindicatos se “peronizó”, pero con una característica: la CGT y casi toda la pirámide sindical pasó a ser parte de la estructura del Estado justicialista, porque ésa era la voluntad del líder Juan Domingo Perón, que no quería sindicatos independientes y menos díscolos.

La situación empezó a cambiar con la caída de Perón, en septiembre de 1955, ya que a partir de entonces los sindicatos comenzaron a actuar con cada vez mayor autonomía y el poder político fue cediendo ante las presiones gremiales.

En agosto de 1958, durante la presidencia de Arturo Frondizi, el Congreso Nacional sancionó la Ley de Asociaciones Profesionales, que reconocía un sindicato nacional único por rama de actividad. Y 12 años después, en 1970, durante la presidencia de facto del general Juan Carlos Onganía, se dictó el decreto-ley 18.610, que les entregaba el manejo y la administración de las obras sociales.

Con esas dos leyes, se consolidó el poder sindical, que ya había jaqueado al gobierno de Arturo Illia (1963-1966) con un plan de lucha que incluía ocupaciones y toma de rehenes y que luego le realizaría 13 paros generales al gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989), a veces por razones mucho más endebles de las que se vivieron en años posteriores.

Tal vez era necesario hacer este breve repaso histórico para entender el fenómeno de la mafia sindical, que no se entiende si no se tiene en cuenta el surgimiento y la consolidación de los grandes gremios, que actúan por sí mismos, casi con total autonomía, y que constituyen un poder dentro del poder.