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Una escuela moderna

Volvieron las clases, los alumnos, los profesores y los mismos y antiguos métodos de enseñanza, donde se priorizan materias que, en el futuro, no tendrán ninguna valía para la vida en sociedad, fundamentalmente en el trabajo. También comienza una etapa de enseñanza y aprendizaje basada en la memoria y no en el pensamiento crítico.

Todos nacemos con inteligencia, algunos más que otros. Memorizar textos o fórmulas no nos sirve, salvo que tengamos una memoria prodigiosa. Lo mejor y más redituable es enseñar a razonar y a tener un pensamiento crítico.

El problema de la educación argentina no está en los alumnos, ¡por favor!, ¡válgame Dios! el problema está en la currícula escolar, en el método de enseñanza y en los maestros y profesores que, desde su egocentrismo funcional y su posición facilista, dan un texto y pretenden que los alumnos lo aprendan sin errores, pero sin macerar el conocimiento, sin desarrollar las pautas que en el futuro les servirá a esos chiquilines para la toma de decisiones.

Debemos lograr un cambio y éste debe ser en lo inmediato.

Nos equivocamos cuando hablamos de una educación mejor, cuando las estadísticas se asientan en el número de escuelas habilitadas y construidas, en la cantidad de profesores o el número de alumnos que egresan, porque la cantidad no es sinónimo de calidad.

Y calidad no implica el cumplimiento de pautas de aprendizaje estándar sino la conformación de espíritus críticos, de mentes abiertas, de personas inquietas que hacen del razonamiento su leit motiv.

La escuela debe dejar de forjar alumnos autómatas que pueden recitar de memoria un texto pero no explicarlo o comprenderlo. La escuela debe desarrollar las habilidades de pensamiento crítico y esencialmente creativo.