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La educación es el camino

Enredados con el dólar, la alta inflación, el déficit fiscal y una corrupción enquistada en los pliegues del poder nos olvidamos de aquellas cuestiones trascendentes que seguramente nos permitirían avanzar como un Estado Nación mucho más próspero, más igualitario y, fundamentalmente, más desarrollado.

Es que no todo pasa por la economía, sino que hay ciertos elementos o razones que la preanuncian, la sostienen, la fundamentan, no sólo a ella sino al resto de las variables de una sociedad.

La educación es un sustrato que nos convoca cuando nuestros hijos comienzan un ciclo lectivo, cuando los maestros realizan paros eternos o cuando la tragedia enluta las aulas, como cuando la vez pasada nos conmocionamos por la muerte de una vicedirectora y un ordenanza al estallar una garrafa en un colegio del suburbano bonaerense.

Pero, más allá de estas situaciones puntuales, la educación no está ni en la agenda de los políticos ni en la mirada de los ciudadanos.

De lo que no caben dudas es que no hay nadie que hable maravillas de nuestra educación, que la ensalce, que la distinga, peor aún, vivimos pensando en lo que fue, en todo lo que retrocedimos en esta materia, en lo que desperdiciamos cualitativamente de generación en generación.

Hoy debemos recrear una nueva concepción educativa de manera integral, donde el Estado direccione hacia las necesidades que este nuevo mundo competitivo requiere, pero donde los padres y las instituciones educativas deben ser escuchados.

Lo que no debemos admitir es que se mal interprete el derecho de educar y aprender, garantido constitucionalmente. No cualquiera puede opinar de educación, no cualquiera puede obstaculizar el marco de enseñanza.

En este sentido, ni los alumnos pueden tener detentar la decisión ni deben entrometerse en cómo diagramar un proceso educativo, por una sencilla razón: si bien ellos son los destinatarios directos de toda enseñanza, es la sociedad quien debe buscar qué modelo y forma de educar se quiere implementar y, por otro lado, los educandos van en busca de conocimientos. Ellos no pueden suplir su falta de experiencia y de estudios, por sus caprichos o por ser meros títeres de organizaciones políticas o sindicales.

Equivocamos el camino cuando pretendemos democratizar la educación, cuando la currícula se asienta más ideológicamente que en encarnar las necesidades de la sociedad en el mundo moderno.

Equivocamos el camino cuando no valoramos a los maestros, cuando la sindicalización conspira con una buena relación Estado-Maestro-Alumno, cuando le quitamos autoridad al maestro, cuando éste no está capacitado, cuando al alumno se le inculca la ley del menor esfuerzo y la facilidad absoluta, cuando se democratiza hasta niveles tan tragicómicos como que el alumno integre y participe en la decisión de qué y cómo estudiar.