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El mejor candidato que nunca pudo ser

Conmoción. Eso pudimos sentir todos los argentinos la semana pasada. Conmoción por la inesperada muerte de José Manuel de la Sota.

Ahora que se reclama la necesidad de contar con hombres prudentes, que ostenten una buena gestión de gobierno, que tengan una visión de futuro, que estén abiertos al diálogo y puedan sentarse en una mesa con cualquier persona o sector, la muerte del cordobés fue un cimbronazo.

No sé si quién lo catalogó como el último gran estadista y se detuvo en la grandiosidad de ese mote, pero existe un convencimiento generalizado que -con De la Sota- se podía hablar, disentir dentro de los cánones democráticos y, por supuesto, que probablemente hubiera sido un muy buen administrador a nivel nacional.

Lamentablemente, el gallego se quedó siempre en los aprontes, desde aquella vez que perdió la interna junto a Antonio Cafiero en manos del binomio Menem-Duhalde, hasta el 2001, cuando la anarquía institucional y el desmadre económico provocó la huida de los radicales, con De la Rúa subido al helicóptero y Duhalde ofreciendo la primera magistratura, a Reutemann, quien desertó porque había visto algo raro y a él lo mando al freezer porque no calentaba motores.

Ese fatídico 2% de intención de voto que lo seguía en épocas del que se vayan todos catapultó a un desconocido para la política nacional, como era Néstor Kirchner, y entonces el gallego, otra vez, quedé en las puertas de Balcarce 50.

Nunca se quedó quieto. Su tenacidad era a prueba de balas y de elecciones, la provincia de Córdoba le fue esquiva por tres oportunidades, hasta que doblegó a los boinas colorados quedándose con el gobierno y construyendo un respeto intelectual a partir de una gestión eficiente.

Pero su vara era larga y sus pretensiones no podían encerrarse en las estribaciones de las sierras cordobesas. Así se asoció con Sergio Massa y esta vez Macri ganó la pulseada, cuando él ya se posicionaba como el gran armador y jefe de gabinete del tigrense.

Ahora volvía nuevamente a intentar el cometido de ser presidenciable, se mostraba como el candidato de la unidad, dialoguista, alejado de los enfrentamientos estériles e inconducentes, pero la muerte lo primereó y lo dejó nuevamente a las puertas de la Rosada.

Quedó inconclusa su obra, aquella para la cual estaba trabajando para forjar una opción electoral el año próximo, que pudiera competir con éxito ante la fórmula oficial y, seguramente, ante el empecinamiento kirchnerista. De la Sota iba a canalizar su conocimiento de las derrotas pretéritas en una nueva forma de hacer política, tendría su programa de televisión donde caminaría el conurbano, ese lugar esquivo para los hombres del interior y donde se tejen las alianzas para alcanzar el sillón de Rivadavia.