Nota de Tapa

Ni Pablo Escobar lo hubiera imaginado

El zar del narcotráfico nunca contrató gente de clase media para convertirse en narcos de su negocio. Al contrario, tenía como brazos ejecutores de sus acciones ilícitas a personas pobres. Hoy, en Santiago del Estero, los llamados “Narco VIP” son hombres pertenecientes a una elite privilegiada. La criminalización de la pobreza analizada por especialistas.


Pablo Emilio Escobar Gaviria fue el narcotraficante más reconocido y temido. Fue el jefe del cartel de Medellín que, en los años ‘80 y principios de los ‘90 tiñó de sangre a Colombia. El llamado “zar del narcotráfico”, entre otros tantos calificativos que lo acercaban al miedo que su nombre provocaba, encontró entre la pobreza y falta de oportunidades de las paupérrimas comunas colombianas la cuna de sus nuevos lugartenientes, cultivando la cultura del dinero fácil de la cocaína. Para los jóvenes que provenían de ese sector ingresar a las estructuras criminales era la única promesa de un cambio de vida. Fue así que se formó una red de sicariato al servicio del narcotraficante, que incluía no sólo el comercio ilegal de drogas ilícitas, sino también el secuestro, la extorsión, los ajustes de cuenta y los homicidios.

Escobar no sólo reclutó a jóvenes pobres como parte fundamental de su estructura narco sino que, a modo de agradecimiento por los servicios que éstos les prestaban, construyó un barrio, que hoy lleva su nombre, en un antiguo basurero. Las familias pobres lo protegieron, lo veneraron y lloraron su muerte. Es más, en la actualidad continúa siendo idolatrado entre los sectores más vulnerables de Colombia. Para demasiadas personas todavía es considerado una especie de superhéroe que merece el mayor de los respetos.

Escobar Gaviria nunca confió en personas que tuviesen un cierto poder adquisitivo. Para él, los ricos no eran de fiar, mucho menos para encargarles algún tipo de trabajo. Quienes venían de una cuna diferente a la suya eran hombres desleales, que no merecían el mínimo respeto. Jamás los convertiría en sus hombres de confianza y mucho menos les delegaría la ejecución de alguna de sus empresas narcos. No, para él, los ricos no formaban parte de su séquito de confianza.

Pero las cosas cambiaron. Si el narco más importante y reconocido de todos los tiempos viviera, seguro caería de espaldas al enterarse que un grupo de “muchachos bien” se atrevieron a entrar en su terreno.

Cuando el escándalo de los “Narcos VIP” estalló en la madrugada del 26 de enero pasado, la sociedad santiagueña quedó perpleja. No es posible decían algunos. Al contrario, otros afirmaban que siempre lo había sido, sólo que nadie daba por sentado que alguien los fuera a detener. Para otros tanto, era sólo una diversión de chicos de “familias bien” que encontraban en la comercialización de drogas un modo de diversión, de pasar bien el rato, pero nada más.

Para los incrédulos, no era posible que Ramiro Petros, Luciano Gamboa, Andrés Díaz Martínez y Marcos Arambuena fueran parte de una organización delictiva dedicada al narcotráfico de drogas.

No. Era impensado que jóvenes provenientes de encumbradas familias, hijos de ex ministros, hijos de reconocidos profesionales, hijos de personajes influyentes de la sociedad santiagueña, pudieran ser narcos.

No. Si eran muchachos que habían estudiado en importantes colegios privados, que se movían en los círculos más importantes de Santiago pudieran ser capaces.

No. Si eran chicos –aunque en realidad ninguno era tan chico, ninguno tenía menos de 25 años- que tenían todo. Con un excelente bienestar económico, cómo iban a ser capaces de involucrarse con las drogas.

No. Si eran changos que sólo les gustaba la noche. Nada más.

Chicos, muchachos, changos, hijos de. Esos son los calificativos con los que se los menciona. A nadie se le ocurrió decir que los cuatro detenidos por comercialización de estupefacientes a título gratuito y aplicación de estupefacientes a otros mediante engaños” son hombres. No son bebés de pecho ni tampoco víctimas inocentes que quedaron pegados por haber estado en el momento equivocado en el lugar incorrecto.

NARCOCRIMINALIZACIÓN DE LA POBREZA

No es la primera que en Argentina caen jóvenes de la alta sociedad con drogas de diseño. En abril del año pasado, en Capital Federal y La Plata fueron detenidos seis universitarios con vínculos en boliches y otros locales que tienen actividad durante la noche. Es más, hasta habían montado un laboratorio para testear la pureza de las drogas sintéticas. Sin embargo, en Santiago del Estero fueron los pioneros. Los primeros “Narcos VIP”, al menos los primeros detenidos.

Para la mayoría de la sociedad santiagueña, como tantas otras, los delincuentes son los otros. Provienen de sectores sociales más bajos, donde la marginalidad es el modo común de vida. Allí surge lo que se conoce como “criminalización de la pobreza”, donde se culpa a la pobreza por los altos índices de violencia y actividades ilícitas. Por ejemplo, en el informe global sobre homicidios, producido por la Oficina de las Naciones Unidas sobre Drogas y Crimen, se sugiere que la pobreza y la desigualdad son factores que explican el aumento significativo en los índices delictivos en América Latina. Curiosamente en África que es mucho más pobre, los índices de homicidio no se han disparado y la agencia no ofrece una explicación coherente al respecto.

No caben dudas que la pobreza es un problema gravísimo, pero no hay que confundir. La propensión a cometer delitos no aumenta con la escasez de recursos económicos, eso sería ignorar los robos millonarios y grandes estafas perpetradas por poderosos que no se ensucian las manos, sino que apelan a guantes blancos para cometer delitos importantísimos.