15 de enero, 2026
Pienso, luego existo

El 11 de enero no suele figurar en los almanaques como una fecha decisiva, pero guarda una curiosa coincidencia simbólica. En distintos años, ese día murieron René Descartes, el filósofo que hizo de la duda un método; murió Tato Bores, el humorista que convirtió la ironía en una forma de pensar la política; y nació Thomas Alva Edison, el inventor que literalmente iluminó al mundo. Tres figuras separadas por siglos, geografías y oficios, pero unidas por una misma pulsión: la de incomodar la oscuridad.

Descartes se fue un 11 de enero dejando una herencia incómoda. Su mayor legado no fue una respuesta, sino una pregunta. Dudar de todo para encontrar alguna certeza. En tiempos de verdades absolutas y dogmas incuestionables, Descartes propuso algo revolucionario: pensar. Pensar, incluso cuando pensar resulta peligroso. Su célebre “pienso, luego existo” no fue una frase elegante para manuales escolares, sino un acto de rebeldía intelectual. Con él nació la modernidad, pero también una condena: la duda ya no se iría nunca más.

Siglos después, otro 11 de enero, la duda volvió a despedirse, esta vez envuelta en carcajadas. Tato Bores, con frac y habano, se animó a hacer lo que pocos: dudar en voz alta frente al poder. Su humor no era evasión, sino lupa. No ofrecía soluciones, pero dejaba preguntas flotando en el aire, esas que incomodan más que cualquier denuncia. Tato no gritaba: ironizaba. Y en esa ironía había método, casi cartesiano. Porque detrás del chiste siempre había una sospecha: ¿de verdad es así como nos dicen?

Tato entendió, antes que muchos, que el humor podía ser una forma elevada de pensamiento político. Mientras otros solemnizaban el discurso, él lo pinchaba con elegancia. Mostraba las contradicciones del sistema, la repetición de los errores, el absurdo de las promesas eternas. En un país experto en tomarse demasiado en serio, Tato introdujo la risa como acto crítico. Dudar riéndose también es dudar.

Y entre esas dos despedidas, el mismo día, pero hacia atrás en el tiempo, nació Thomas Alva Edison. El hombre que no dudó en probar una y otra vez hasta vencer a la oscuridad. Edison no fue filósofo ni humorista, pero compartió con ambos una obsesión: hacer visible lo invisible. Su bombilla eléctrica no solo trajo luz; cambió la forma de vivir, de trabajar, de pensar el tiempo y el espacio. La noche dejó de ser límite y pasó a ser posibilidad.

Edison dudaba de otro modo. No de las ideas, sino de los intentos. Cada fracaso era, para él, una forma de saber cómo no funcionaba algo. Su método no fue la reflexión abstracta ni la ironía mordaz, sino la perseverancia. Pero el resultado fue similar: iluminar. Porque la luz, en cualquier forma, siempre es una respuesta contra la oscuridad.

Si se los mira con atención, Descartes, Tato Bores y Edison parecen dialogar a la distancia. El primero nos enseñó a no aceptar verdades sin examinarlas. El segundo nos mostró que el poder también puede y debe ser interrogado desde el humor. El tercero nos recordó que el progreso no cae del cielo: se construye, se prueba y se vuelve a intentar.

En tiempos de certezas gritadas, de discursos cerrados y de luces que a veces encandilan más de lo que iluminan, este 11 de enero invita a una síntesis posible. Dudar como Descartes, reír como Tato y hacer como Edison. Pensar, cuestionar y construir. Porque quizá la mejor manera de honrar esa fecha no sea elegir entre la duda, la ironía o la luz, sino entender que, sin las tres, el mundo vuelve rápidamente a quedar a oscuras.

 

 

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