Las denuncias por abuso sexual en contra de menores de edad se incrementaron. Pero estos delitos se vuelven más dolorosos cuando los abusadores son nada menos que los abuelos de los niños. Los casos que involucran a ancianos con desviaciones sin límite se multiplican en toda la provincia.
En septiembre de 2011, se estrenó la película argentina “La mala verdad”, dirigida por Miguel Ángel Roca y protagonizada por Alberto de Mendoza. Era la historia de una familia signada por los secretos, el abuso y la mentira, un film que, para muchos, no tuvo trascendencia. Sin embargo, la película tenía un trasfondo en si misma, y el otrora galán interpretaba a Ernesto, un hombre que sabía mantener las apariencias, pero guardaba un vínculo siniestro con su hija Laura y su nieta Bárbara.
Ese hombre, de apariencia formal, poseía un autoritarismo que caía sobre el resto de su familia, y sobre todo de la niña, de aspecto triste con poca concentración en su labor escolar y siempre temerosa ante cualquier situación de violencia. Sin embargo, las actitudes de la niña no pasan desapercibidas para su maestra ni para la psicopedagoga de la escuela, quienes tratarán de descifrar el misterio que cubre a la niña. ¿Cuál es el motivo de su conducta? ¿Por qué siente un profundo rechazo cuando algún hombre desea acariciarle tiernamente la cabeza? ¿Qué siniestros fantasmas rondan por su habitación?
Poco a poco, el filme revela la oscura verdad que se esconde dentro de esa familia, que no es otra que el abuso sexual de parte del abuelo.
De la ficción a la realidad, hay un solo paso. Más aún, cuando la ficción es más real de lo que se cree.
Hasta no hace mucho tiempo se creía que los abuelos estaban exentos de protagonizar este tipo de hechos. Se los creía seres vulnerables en quienes se podía confiar. Personas que, por haber vivido muchos años, tenían una experiencia de vida tal que los hacía inofensivos. Sin embargo, en los últimos tiempos, los abuelos también pasaron a engrosar la lista de los abusadores. Y los casos en su contra comenzaron a multiplicarse. En su gran mayoría, los abuelos abusadores hacen uso de la confianza que se les otorga en la familia de la víctima a fin de conseguir su objetivo. Son de apariencia física y nivel intelectual normales.

VÍCTIMA DE 13 AÑOS
Estaba tan cansada que no veía la hora de regresar a su casa. Como todos los días, había fregado, lavado y cocinado en las dos casas donde trabajaba como empleada doméstica. Salía antes de la siete y volvía doce horas después. Su única alegría era ver la sonrisa de su única hija. En el camino de vuelta iba pensando lo rápido que pasaba el tiempo, su niña cumpliría 13 años al día siguiente. Ya había permiso a sus patrones de la tarde, para faltar al día siguiente. Quería prepararle una torta y algunas pizzas para festejar el cumpleaños.
Ella era la luz de su vida. Para ninguna de las dos fue fácil reponerse de las heridas del alma que les causara su marido, quien las golpeaba cada vez que bebía de más. Cuando decidió dejarlo y regresar a la casa de su padre, en la ciudad de La Banda, no creía que pudiera seguir adelante. Sin embargo, con la ayuda del hombre, lo lograron.
No le importaba limpiar casas ajenas, con tal que su niña tuviera un futuro mejor. Se sintió una reina cuando su hija fue elegida para portar la bandera de ceremonias por sus excelentes calificaciones. Tanto sacrificio valía la pena.
Pensando en lo que tenía por hacer, abrió las puertas de su casa y encontró a su niña llorando. La menor rehuía de su mirada, no quería contarle lo que le había pasado. La mujer pensó que se había peleado con algún compañero, pero cuando esas lágrimas se convirtieron en llanto descontrolado tuvo miedo.
La abrazó fuertemente, acarició su cabello, hasta le cantó una nana para calmarla. Una vez que lo logró, de a poco pudo ir sacándole las palabras. Cada una de ellas sonaba como un disparo en su pecho. Cuando terminó de escucharla, prefirió estar muerta.
Tuvo ganas de gritar, de salir corriendo, de matar al maldito que había abusado de su hija y la había embarazado. Pero no podía. Tenía que hacerse fuerte delante de ella. Así que guardó sus lágrimas, escondió su bronca, su dolor y decidió qué debía hacer.
Tomó a su niña del brazo y juntas salieron de la casa de su padre, se dirigieron a la comisaría más cercana y contaron todo lo que había sucedido. La mujer no podía creer que su niña había pasado todo este calvario y ella no se dio cuenta de nada. El relato fue más estremecedor
Cuando el personal médico forense le practicó los exámenes ginecológicos a su niña, ella estuvo firme, sosteniendo su mano, aunque por dentro su corazón se estremecía y se culpaba por haber confiado a su padre el cuidado de la niña.
Sí, ese hombre que le diera a ella la vida, su padre, el abuelo de la niña, era quien la habría abusado en reiteradas ocasiones, aprovechando su ausencia. Su hija estaba embarazada de su abuelo, del único hombre en quien la mujer confiaba ciegamente.

VÍCTIMAS: DOS HERMANITAS
En 2021, cuando aún reinaba la pandemia, un hombre decidió construir una habitación en los fondos de su casa para su padre, para evitar que el anciano de 74 años estuviera solo, ya que había enviudado hacía poco tiempo. Junto a su esposa y sus dos pequeñas hijas le dieron la bienvenida y lo incorporaron rápidamente a su rutina familiar.
Todo parecía ir bien hasta marzo de 2024, cuando las niñas le revelaron que el abuelo las manoseaba en sus partes íntimas. Luego le contaron acerca de las violaciones que sufrieron, las que habrían comenzado casi al mismo tiempo que el hombre se mudó con ellas. En aquel momento las criaturas tenían 3 y 5 años.
Los abusos se habrían extendido en el tiempo hasta que las niñas ya no aguantaron la situación y pudieron contar lo que les sucedía cada vez que el hombre las “invitaba” a ver la televisión en su habitación o les prestaba su teléfono para jugar. Para silenciarlas, el anciano hasta las habría amenazado con dañar a sus papás, lo que las aterrorizó aun más.
Cuando la verdad salió a la luz, los padres de las niñas hicieron la denuncia, que fue investigada por la fiscal Ana Azar y la instructora Natalia Juárez, quienes se encargaron de investigar a fondo la situación.
Los forenses confirmaron las lesiones de las niñas, quienes declararon en Cámara Gesell y señalaron a su abuelo como el autor de los ataques sexuales, quien terminó admitiendo su responsabilidad.
Finalmente, en febrero de 2025, en juicio abreviado, la jueza de Control y Garantías Luciana Carolina Oyola homologó el acuerdo entre las partes y condenó al abuelo por los delitos de abuso sexual simple y abuso sexual con acceso carnal agravado por el vínculo, a cumplir una pena de 15 años de prisión.
Sin embargo, esta sentencia condenatoria no se haría efectiva, sino que sería domiciliaria, teniendo en cuenta la edad del abusador, ya de 76 años, y sus condiciones de salud.
VÍCTIMA DE CUATRO AÑOS
Aprovechando las vacaciones, la niña de 4 años fue a pasar el fin de semana en la casa de su abuelo paterno, de 75 años, en una localidad del interior de la provincia. No fue sola sino con sus padres y hermanitos, y juntos disfrutaron de unos días cargados de alegría y buenos momentos.
Sin embargo, todo se transformó dos días después, cuando la pequeña le dijo a su mamá que tenía molestias en la zona genital. La mujer pensó que podía tratarse de una inflamación urinaria, tan común entre las niñitas de esa edad.
Pero cuando notó el enrojecimiento le preguntó si se había golpeado con algo o si había caído. La respuesta negativa de la niña la preocupó. En su lenguaje infantil, donde la inocencia está por encima de toda suposición, la nena le contó que su abuelito le habría manoseado “allá abajo”.
La pequeña le contó que el fin de semana aquel, cuando ella se despertó de su siesta, el abuelito le dijo que se quedara con él por un rato, porque su mamá se estaba bañando y que su papá había salido a caminar con sus hermanitos. Le dijo que el hombre la abrazó fuertemente, que comenzaron a jugar y que luego le hizo “cosas malas” en sus partes íntimas.

La mujer casi enloqueció. Se puso furiosa, gritó, lloró, llamó a su marido y le contó lo que sucedía. Mientras tanto, la niña no entendía a qué se debían tantos gritos, estaba tan abrumada por lo que sucedía que comenzó a llorar. Fue su padre quien se encargó de calmarla.
Cuando el hombre fue a buscar a su padre para exigirle explicaciones, la mujer se dirigió a realizar la denuncia policial. Luego vinieron los estudios forenses y la orden de detención para el abuelo.
Cuando la policía encontró al hombre, tenía signos evidentes de haber recibido una golpíza. Su hijo estaba su lado, llorando desconsoladamente y repitiendo: “¿Cómo pudiste abusar de tu nieta?”.
VÍCTIMA: HUÉRFANA DE 10 AÑOS
En enero del año pasado, una mujer llegó a la Comisaría Tercera de la Mujer y la Familia, en la ciudad de Frías, y contó que su nieta de 10 años habría sido abusada sexualmente por su marido, abuelo de la criatura.
La niña le habría comentado que los ataques ocurrían cada vez que ella se retira del hogar para trabajar, por lo que le suplicó que no se apartara de su lado.
Ella no podía creerlo, ese hombre que había estado a su lado toda la vida, con quien había llorado la muerte de su hija –madre de la niña- pudiera hacerle daño. Es más, la justicia le había otorgado a él la guarda tenencia de la menor luego de quedar huérfana.
Cuando el equipo forense confirmó las lesiones de la niña, desde el Ministerio Público Fiscal se solicitó a la Justicia de Control y Garantías, una orden de allanamiento y detención para el acusado.
VÍCTIMA DE TRES AÑOS
Hace un par de años, la justicia ordenó la detención de un sujeto de 61 años, oriundo de la localidad de Campo Gallo, abuelo de una nena de 3 años, a la que habría abusado sexualmente.
La denuncia por los graves hechos fue radicada por la madre de la menor, quien acusó al padre de su pareja de haber abusado de la niña, luego de que un primito de siete años le contara que el abuelito desnudaba a la pequeña, él se quitaba los pantalones y se tiraba sobre ella, cada vez que su padre la llevaba de visita y él se iba al cerco a ver los animales.
El Cuerpo Médico Forense del Poder Judicial confirmó las lesiones de la criatura y, a través de la Cámara Gesell, logró que la pequeña pudiera expresar y explicar, con términos propios de su edad, que el abuelo, por línea paterna, la había abusado sexualmente varias veces.
VÍCTIMA DE NUEVE AÑOS
En otro hecho, la justicia ordenó el procesamiento de un hombre de 55 años por el abuso sexual de su nieta de 9 años, ocurrido en la localidad de Laprida,
Los abusos se habrían reiterados en varias ocasiones y la niña calló porque fue amenazada para no contarle nada a sus padres. Sin embargo, una tarde, la madre volvió intempestivamente a la casa de sus suegros y encontró a la niña sentada sobre las piernas del hombre, en una situación que llamó su atención.
Pese a sus insistentes preguntas, la niña guardó silencio, hasta que no pudo más y le contó a su mamá acerca de los abusos que venía sufriendo.
Luego de realizar la denuncia, el hombre fue acusado de “abuso sexual gravemente ultrajante”, por lo que el juez ordenó su prisión preventiva.
VÍCTIMA DEL BISABUELO
La mujer vive en un barrio bandeño alejado del centro, muy cerca de la casa de sus familiares. Estaba preparando la comida cuando se dio cuenta que se había quedado sin huevos y se acordó que su abuelo le había dicho que él tenía porque las gallinas habían puesto muchos.
Como su niña de 4 años andaba jugando por allí, le pidió que fuera rápidamente a buscarlos en la casa del hombre de 75 años, bisabuelo de la criatura, quien vive a unos metros de su hogar.
La niña salió alegremente, pero tardó demasiado y volvió muy inquieta, como si algo le hubiese sucedido. La mujer se preocupó y le preguntó si alguien le había dicho algo o si se había golpeado. La pequeña le dijo que no, pero ella tenía una extraña sensación.
Se hacía tarde, así que comieron rápidamente, apenas tuvo tiempo de cambiarla y la llevó al jardín de infantes cercano.
Cuando fue a buscarla, la maestra le pidió que se quedara un rato más, que tenía que hablar con ella. La docente le mostró un extraño dibujo de la niña, obviamente, lleno de imprecisiones propias de la edad preescolar, pero en la imagen se veía claramente la figura de un hombre con su miembro viril detalladamente expuesto.
Preocupadas, la docente y la madre le preguntaron a la niña de quién se trataba, e inocentemente ella respondió que era su bisabuelo. La maestra jardinera fue más efectiva a la hora de sacarle la historia que había por detrás.
En su lenguaje infantil, la niña contó que cuando ella llegó a buscar los huevos, el hombre le dijo que se recostara a descansar y él se acostó a su lado. Después, él se bajó el pantalón y habría pasado su miembro viril sobre todo el cuerpo de la niña, a quien le habría sacado la ropa, hasta que la mojó en su boquita.
Conmovida, la docente, la mamá y la niña se dirigieron directamente hacia la Comisaría del Menor y la Mujer, a realizar la correspondiente denuncia policial. Luego se pidieron informes, exámenes físicos y el testimonio en Cámara Gesell, donde la niña ratificó toda su historia.
UN DELITO QUE NO SE DETIENE
Los casos descriptos no son un invento, ni relatos de fantasía. Todos los protagonistas tienen identidad. Son seres reales, tanto víctimas como victimarios. Hombres y niñas que viven en Santiago del Estero y cuyas historias se convirtieron desgarradores retazos de sus vidas.
Los abusos sexuales contra menores son transgresiones que continúan incrementándose forma alarmante. Más de la mitad de los juicios que se realizan en sede penal corresponden a este delito
“Cada año, al menos seis millones de personas menores de 18 años son víctimas de agresión física severa y de estas 85.000 mueren a causa de la violencia intrafamiliar. Las investigaciones existentes muestran que el abuso sexual aumenta significativamente entre los 5 y los 9 años. La información de distintos países es coincidente también en que entre un 70 y un 80% de las víctimas son niñas. En la mitad de los casos los agresores viven con las víctimas y, en un 75% de los casos, son familiares directos de las niñas y niños abusados”, se asegura desde el informe denominado “Perfil de la Infancia en América Latina y el Caribe”, realizado por la UNICEF.
Estos datos no son ajenos a la realidad cotidiana que vive la sociedad santiagueña, la que no termina de asombrarse ante la multiplicidad de casos de abuso sexual a que son sometidos decenas de niños y adolescentes por parte de sus padres y cuidadores.
DRAMAS REALES
A nadie escapa que la provincia se convirtió en una de las áreas con más casos denunciados de abuso sexual a menores. Las estadísticas indican que al menos un incidente de este tipo se registra por día.
Los últimos datos de organismos internacionales ligados a la infancia indican que 1 de cada 5 niños son abusados sexualmente en la Argentina. Y Santiago no es la excepción…
Día a día, en todos los medios se publican diversos casos que involucran a niños y adolescentes, casi siempre como víctimas de uno de los delitos más aberrantes, y lo peor es que sus victimarios, en el 95 % de los casos, son personas de su entorno directo. Sus propios padres o las actuales parejas de sus mamás, sus tíos, sus hermanos mayores, o sus familiares más cercanos terminan siendo los protagonistas nefastos de historias de terror. De pesadillas que marcaron por siempre la vida de demasiados menores de edad.
Es más, el pasado 20 de diciembre, la jueza Rosa Falco, integrante del Tribunal de la Cámara de Juicio Oral en lo Penal, participó del programa de streaming “O sea digamos”, donde explicó que “más del 50% de los casos que se juzgan pertenecen a abusos sexuales”.
Es más, indicó que la cantidad de casos que se juzgan diariamente “supera la media nacional”, ya sea de casos de abuso sexual simple hasta hechos de abuso sexual agravado, con acceso carnal.
Se suele decir que las estadísticas son datos fríos, que al final no internalizan los verdaderos problemas que sacuden a la sociedad. Pero cuando esos números afectan a los niños, cuando los tienen como víctimas inocentes de un drama real, tales antecedentes se vuelven más filosos que un puñal.
ALTA REITERACIÓN EN EL TIEMPO
Para entender mejor el fenómeno de los abuelos abusadores, sin caer en el sensacionalismo y aportando contexto social, judicial y psicológico, es necesario sumar algunos datos y enfoques complementarios.
Desde el punto de vista criminológico, distintos estudios coinciden en que el abuso sexual intrafamiliar -incluido el cometido por abuelos- suele caracterizarse por una alta reiteración en el tiempo. En general, no se trata de hechos aislados o impulsivos, sino de conductas sostenidas que se aprovechan de la cercanía cotidiana, la dependencia afectiva y la ausencia de controles. En muchos casos, los abusos comienzan con conductas aparentemente “menores” (contacto físico ambiguo, juegos inapropiados, pedidos de secreto) y escalan progresivamente hacia formas más graves.
En el plano estadístico, investigaciones de UNICEF, la OMS y organismos judiciales de América Latina señalan que entre el 70 y el 80% de los abusos sexuales infantiles ocurren en el ámbito familiar o en círculos de extrema confianza. Dentro de ese universo, los abuelos no constituyen el grupo mayoritario, pero sí uno de los que más crece en términos proporcionales, especialmente en contextos donde cumplen roles de cuidado cotidiano: guardas informales, hogares multigeneracionales, padres ausentes o madres con jornadas laborales extensas.
LA VEJEZ NO ES UN FACTOR PROTECTOR
Otro dato relevante es la edad del agresor. A diferencia de lo que suele creerse, la vejez no actúa como factor protector frente a la conducta abusiva. Muchos agresores continúan con patrones iniciados décadas antes o reactivan conductas cuando acceden nuevamente a situaciones de poder y cercanía con niños pequeños. La edad avanzada tampoco elimina la capacidad de manipulación emocional, intimidación o coerción psicológica.
Desde la psicología forense se señala que el abuso cometido por abuelos produce un impacto especialmente severo en las víctimas. La figura del abuelo suele estar asociada culturalmente al cuidado, la ternura y la protección, por lo que la traición del vínculo genera altos niveles de confusión, disociación, culpa y silenciamiento prolongado. Esto explica por qué muchas denuncias surgen años después o recién cuando un tercero detecta cambios conductuales, dibujos, regresiones o síntomas físicos.
En el ámbito judicial, un aspecto que genera fuerte debate es el otorgamiento de prisiones domiciliarias a abusadores de edad avanzada. Si bien se fundamentan en razones humanitarias o de salud, organizaciones de defensa de los derechos de la infancia advierten que estas medidas pueden reforzar la sensación de impunidad y revictimizar a las niñas y niños, especialmente cuando el agresor permanece en el mismo entorno comunitario o familiar.
DETECTAR LAS SEÑALES
También es importante destacar el rol de las instituciones educativas y de salud. En un porcentaje significativo de los casos, son docentes, maestras jardineras, pediatras o trabajadores sociales quienes detectan las primeras señales y activan los mecanismos de denuncia. La capacitación permanente de estos actores es clave, ya que los niños pequeños rara vez pueden verbalizar el abuso de manera directa.
Finalmente, un dato central: la mayoría de las víctimas no miente. Los estudios coinciden en que las denuncias falsas en abuso sexual infantil son mínimas. El descreimiento inicial, especialmente cuando el acusado es un abuelo “respetable”, sigue siendo una de las principales barreras para la protección temprana.
Estos elementos permiten reforzar una idea fundamental: el abuso sexual infantil no responde a monstruos excepcionales, sino a violencias que se gestan y se sostienen en el silencio, la confianza ciega y la falta de control social.
ROMPER EL SILENCIO
Hablar de abuso sexual infantil es siempre incómodo, doloroso y perturbador. Pero callar lo es aún más. Las historias que atraviesan este informe no buscan el impacto fácil ni el morbo: buscan romper el silencio que, durante décadas, protegió a los victimarios y dejó a las víctimas solas, cargando culpas que nunca les pertenecieron. Cuando el abusador es un abuelo, la herida es todavía más profunda, porque se quiebra uno de los últimos refugios simbólicos de la infancia: la confianza en quien debía cuidar, proteger y amar.
Cada uno de estos casos interpela a la sociedad en su conjunto. Obliga a revisar creencias arraigadas, a desconfiar de los estereotipos y a comprender que ningún vínculo, por más cercano o venerado que sea, está exento de control, escucha y responsabilidad. El abuso no distingue edades, clases sociales ni apariencias y muchas veces se esconde detrás de la rutina cotidiana, del silencio familiar y del miedo a “romper todo” si se habla.
La magnitud de los casos registrados en Santiago del Estero demuestra que no se trata de hechos aislados, sino de un problema estructural que exige respuestas urgentes y sostenidas. Prevención, educación sexual integral, capacitación de docentes y agentes de salud, fortalecimiento de los dispositivos de denuncia y acompañamiento psicológico real para las víctimas son herramientas indispensables para frenar esta violencia.
Proteger a la infancia no es solo una consigna: es una obligación ética y social. Escuchar, creer, actuar y no mirar hacia otro lado puede marcar la diferencia entre una vida atravesada por el horror y la posibilidad de sanar. Porque ningún niño debería cargar con un secreto impuesto por el miedo, y ninguna familia debería seguir sosteniendo silencios que solo perpetúan el daño.