24 de septiembre, 2026
Salud

Cada 21 de septiembre se conmemora el Día Mundial del Alzheimer, una fecha destinada a visibilizar una enfermedad neurodegenerativa que afecta progresivamente la memoria, el pensamiento y la autonomía de millones de personas en el mundo.

El Alzheimer es un trastorno cerebral progresivo que destruye lentamente la memoria y otras capacidades cognitivas. Con el avance de la enfermedad, también puede afectar la capacidad de una persona para realizar actividades cotidianas, comunicarse, tomar decisiones y desenvolverse de manera independiente. También pueden aparecer modificaciones en la conducta, el estado de ánimo y la personalidad.

Se trata de la causa más común de demencia. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que en 2021 alrededor de 57 millones de personas vivían con demencia en el mundo y que cada año se producen cerca de 10 millones de nuevos casos. Entre el 60% y el 70% de las demencias corresponden a la enfermedad de Alzheimer.

En Argentina no existe actualmente un registro epidemiológico nacional que permita establecer una cifra exacta de personas con Alzheimer. Sin embargo, se estima que alrededor de 500.000 personas que viven con la enfermedad o con algún tipo de demencia.

La cifra cobra relevancia en un contexto de envejecimiento poblacional. El problema es que la enfermedad de Alzheimer aparece generalmente luego de los 65 años, con el envejecimiento de la población, las cifras de pacientes podrían multiplicarse en los próximos años.

Según la OMS, para 2030 una de cada seis personas en el mundo tendrá 60 años o más y, para 2050, la población mundial de ese grupo etario alcanzará los 2.100 millones. El aumento de la expectativa de vida no significa que todas las personas mayores desarrollarán demencia, pero sí modifica el escenario epidemiológico de enfermedades cuya probabilidad aumenta con la edad.

 

Factores de riesgo

Aunque la edad es el principal factor de riesgo conocido, el Alzheimer no forma parte del envejecimiento normal. La aparición de la enfermedad no depende de una única causa. Los investigadores consideran que interviene una combinación de cambios relacionados con el envejecimiento, factores genéticos, condiciones de salud y determinados hábitos de vida.

La genética también puede influir. Tener un familiar con Alzheimer puede aumentar el riesgo, aunque esto no significa que una persona necesariamente vaya a desarrollar la enfermedad. En la mayoría de los casos interviene una combinación de factores genéticos, ambientales y relacionados con el estilo de vida.

Además existen condiciones de salud asociadas con un mayor riesgo de deterioro cognitivo y demencia. Entre ellas se encuentran la hipertensión arterial, la diabetes, la pérdida de audición, la depresión, la inactividad física, el tabaquismo, el consumo de alcohol, la obesidad y determinadas lesiones cerebrales. La OMS también incluye entre los factores de riesgo el aislamiento social y la exposición a la contaminación del aire. Esto no significa que controlar estos factores permita evitar necesariamente el Alzheimer.

También es necesario cuidar la salud cardiovascular ya que esta puede contribuir a reducir el riesgo de deterioro cognitivo. La salud cardiovascular también está relacionada con la salud cerebral.

Los problemas que afectan los vasos sanguíneos pueden disminuir el flujo de sangre y oxígeno hacia el cerebro y contribuir al daño de las neuronas. Por este motivo, el control de la presión arterial, la diabetes y otros factores cardiovasculares forma parte de las medidas asociadas al cuidado de la salud cerebral.

 

El avance progresivo

El Alzheimer suele comenzar de manera lenta. Los primeros cambios pueden pasar desapercibidos y confundirse con olvidos habituales relacionados con la edad. Sin embargo, a diferencia de los olvidos ocasionales, las alteraciones producidas por la enfermedad son progresivas y terminan interfiriendo en las actividades cotidianas.

La pérdida de memoria suele ser uno de los primeros signos. Una persona puede olvidar conversaciones recientes, repetir preguntas, perder objetos, desorientarse en lugares conocidos o tener dificultades para encontrar palabras y mantener una conversación. A medida que la enfermedad avanza también pueden aparecer problemas para razonar, aprender nuevas habilidades, reconocer a familiares y realizar tareas básicas.

En las etapas más avanzadas, el deterioro puede afectar de manera extensa las capacidades cognitivas y la autonomía. La persona puede necesitar ayuda permanente para actividades como alimentarse, higienizarse o desplazarse, mientras que los cambios en la conducta y la personalidad también pueden hacerse más evidentes.

No existe una única prueba que permita diagnosticar por sí sola la enfermedad de Alzheimer. Para determinar si los cambios en la memoria y el pensamiento están relacionados con la enfermedad, los profesionales de la salud pueden revisar los antecedentes médicos, los medicamentos utilizados y realizar evaluaciones de memoria, pensamiento y capacidad para resolver problemas.

También pueden solicitar estudios destinados a descartar otras enfermedades que produzcan síntomas similares y, cuando sea necesario, derivar al paciente a un neurólogo u otro especialista. Los avances en el estudio de biomarcadores también permitieron desarrollar herramientas como determinadas pruebas de sangre y estudios de tomografía por emisión de positrones, que pueden contribuir a detectar cambios asociados con la enfermedad en personas vivas.

Tratamientos y prevención

Actualmente no existe una cura para el Alzheimer. Aun así, existen tratamientos que pueden ayudar a controlar algunos síntomas y, en determinados casos, medicamentos capaces de ralentizar durante un período limitado el deterioro cognitivo.

En las etapas tempranas de la enfermedad, algunos tratamientos dirigidos contra la proteína beta-amiloide han mostrado capacidad para reducir su acumulación y disminuir la progresión del deterioro cognitivo en algunas personas.

La prevención tampoco puede reducirse a una única medida. Existen factores que no pueden modificarse, como la edad y determinados aspectos genéticos, pero mantener hábitos saludables puede contribuir al cuidado de la salud cerebral.

 Entre ellos se encuentran realizar actividad física con regularidad, mantener una alimentación saludable, no fumar, dormir adecuadamente, controlar enfermedades crónicas y mantener vínculos sociales.

El avance de la enfermedad también convierte al entorno familiar y a los cuidadores en una parte fundamental del abordaje. A medida que disminuye la autonomía, aumentan las necesidades de asistencia y el impacto cotidiano del Alzheimer no queda limitado a quien recibe el diagnóstico, sino que alcanza también a quienes participan de su cuidado.

En febrero de 2026, el Ministerio de Salud de la Nación aprobó, mediante la Resolución 279/2026, el Plan Nacional de Alzheimer y Trastornos Relacionados, presentado como el primer programa nacional específico para abordar esta problemática.

La iniciativa contempla acciones relacionadas con la prevención, la detección temprana, la investigación y la capacitación de los equipos de salud, además del fortalecimiento de la atención de las personas con demencia y sus familias. El objetivo es mejorar la calidad de vida de quienes atraviesan estas enfermedades y establecer herramientas para una atención más coordinada.

Compartir: