08 de octubre, 2026
Actualidad

Ante el lamentable ataque virtual que protagonizara el presidente Javier Milei a la periodista Maru Duffard, en un tono pendenciero y soez, planteamos el desquicio del discurso presidencial y la presencia oportuna de la opinión del senador Gerardo Zamora, tratando de poner equilibrio en un ámbito en que reina el desequilibrio, no sólo verbal sino general, de quien debiera predicar con el ejemplo.

Hay algo que debería preocuparnos más allá de cualquier diferencia política: la pérdida de las formas en el ejercicio del poder. El último episodio protagonizado por el presidente Javier Milei, quien utilizó su cuenta de X para agraviar a la periodista Maru Duffard con expresiones como “basura corrupta” e “inmunda”, no puede ser leído solamente como una pelea más de las tantas que ocurren diariamente en las redes sociales. Es el presidente de la Nación quien escribe. Y, precisamente por eso, sus palabras tienen otro peso.

Alguna vez se dijo, al hablar de la autoridad y del poder, que “el César no solo tiene que ser, sino parecer”. La frase encierra una idea elemental: quienes ocupan las máximas responsabilidades públicas no solamente deben cumplir las funciones de su cargo; también deben comprender que cada gesto, cada palabra y cada reacción construyen una imagen de las instituciones que representan.

Un presidente puede enojarse. Puede disentir. Puede cuestionar duramente a un periodista, a un dirigente o a un adversario político. Puede defender sus ideas con toda la firmeza que considere necesaria. Pero la investidura exige un límite. Ese límite no es solamente jurídico. Es también cultural, institucional y humano.

Nos hemos acostumbrado demasiado a tratarnos mal. A creer que insultar es debatir, que descalificar es argumentar, que levantar la voz equivale a tener razón. Las redes sociales han convertido muchas veces la agresión en espectáculo y la vulgaridad en una forma de comunicación cotidiana.

Pero cuando esa lógica llega a la máxima autoridad de la República, el problema adquiere otra dimensión. ¿Cómo pretendemos después que una sociedad se trate con respeto si desde las más altas esferas del poder se naturaliza el agravio?

La autoridad también educa, aunque no se lo proponga. El poder establece ejemplos. Y cuando desde arriba se instala la idea de que al que piensa diferente se lo puede humillar, insultar o convertir en enemigo, esa conducta inevitablemente termina permeando hacia abajo.

No se trata de pedir un presidente tibio, silencioso o sin carácter. Se trata de pedir que la firmeza no necesite de la vulgaridad. Que la autoridad no necesite del insulto para hacerse valer. Que la defensa de una idea no requiera destruir al que piensa distinto. Porque una República también se construye con palabras.

Y hay un gesto que merece ser destacado. En medio de este episodio aparece, además, una actitud que resulta particularmente significativa: la del senador santiagueño Gerardo Zamora.

Zamora salió públicamente en solidaridad con Maru Duffard y cuestionó los agravios presidenciales. Lo hizo, además, aclarando que no pretendía “subirse a la pelea” política. Señaló que no se puede naturalizar la violencia verbal desde la Presidencia y expresó: “Mi solidaridad con la periodista Maru Duffard”.

El gesto adquiere especial relevancia porque no estamos hablando de dos personas que necesariamente hayan transitado el mismo camino político. Duffard trabajó durante años con Jorge Lanata y en “Periodismo para Todos”, desde donde realizó investigaciones y coberturas muy críticas del kirchnerismo. Ella misma recordó ese recorrido al responder a Milei.

Y justamente allí está el valor simbólico del episodio. Zamora no necesita coincidir con Duffard para defender su derecho a ejercer el periodismo sin ser insultada. No necesita compartir sus posiciones, su trayectoria ni sus miradas para entender que una periodista no deja de merecer respeto porque piense diferente. Ese debería ser, quizás, uno de los grandes aprendizajes de esta escena: la democracia no consiste en defender solamente a quienes piensan como nosotros.

También hay que defender al que alguna vez nos cuestionó, al que investigó nuestras gestiones, al que estuvo en la vereda de enfrente. Porque si solamente reclamamos respeto cuando somos nosotros los atacados, no estamos defendiendo un principio: estamos defendiendo una conveniencia.

Zamora, además, aparece mencionado en las conversaciones políticas de cara a 2027 como una eventual figura nacional, aunque él mismo dijo recientemente que es “muy prematuro” hablar de una candidatura presidencial y que, “por ahora”, no está en su cabeza ser candidato.

Por eso, más allá de cualquier especulación electoral, sus palabras pueden leerse en este momento por lo que son: las palabras de un dirigente político que decidió poner el acento en una cuestión de formas y de convivencia democrática. Y quizá allí esté la cuestión central, porque los países no se deterioran solamente cuando fallan sus instituciones. También se deterioran cuando se deteriora la manera en que sus ciudadanos se hablan entre sí.

Si desde arriba se responde con insultos, abajo aprendemos el insulto. Si desde arriba se responde con respeto, aun en la discrepancia, se ofrece otra posibilidad.

Tal vez el verdadero desafío sea recuperar algo tan elemental como eso: poder estar profundamente en desacuerdo sin dejar de reconocernos como seres humanos.

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