01 de octubre, 2026
Actualidad

Está de moda, sobre todo después de la pandemia, tener perros, muchos, porque en algún momento, sacarlos a pasear era una de las pocas actividades permitidas. Amén de la inveterada costumbre de asimilar un perro a las costumbres hogareñas. Hoy, se han multiplicado y sus dueños o paseadores los llevan por las zonas públicas sin hacerse cargo de lo que ensucian los animales, dejando todo a merced del azar o de la idea de que “otro se hará cargo”.
 
Hay escenas que se repiten diariamente en Santiago del Estero y que, de tan habituales, corren el riesgo de convertirse en parte del paisaje. Una de ellas es la de personas que pasean tranquilamente con sus perros mientras, detrás, queda en la vereda, en el césped o en algún sendero la deposición del animal. El dueño continúa caminando como si nada hubiera ocurrido.
No es el perro el problema. Es el dueño que no cumple con una responsabilidad elemental.
Tener una mascota implica mucho más que alimentarla, llevarla al veterinario o abrirle la puerta para que salga a pasear. También significa hacerse responsable de aquello que hace cuando está en un espacio público. Y recoger sus deposiciones es, probablemente, una de las obligaciones más sencillas de cumplir.
Sin embargo, todavía hay quienes salen de sus casas sin una bolsa y, peor aún, quienes aun llevándola prefieren no utilizarla. El resultado está a la vista: veredas que obligan a caminar mirando permanentemente hacia el suelo, espacios verdes contaminados y parques que pierden parte de su atractivo por una conducta que podría evitarse en cuestión de segundos.
El problema adquiere otra dimensión en los lugares donde diariamente se concentra una gran cantidad de vecinos. El Parque Aguirre, la Costanera y las plazas santiagueñas son espacios destinados al disfrute colectivo. Allí caminan personas mayores, hacen ejercicio jóvenes y adultos, juegan niños, circulan familias y también pasean numerosas mascotas.
¿Es razonable que una persona tenga que esquivar excrementos mientras sale a caminar? ¿Que un niño pueda pisarlos mientras juega? ¿Que alguien que corre o hace actividad física tenga que encontrarse con ellos en el camino?


La respuesta parece obvia.
El espacio público no es el patio privado de nadie. Es precisamente eso: público. Y por esa razón, cada ciudadano tiene la obligación de respetarlo.
Hay además una cuestión de higiene que no debería minimizarse. Las deposiciones de los perros pueden contener microorganismos y parásitos que contribuyen a la contaminación del ambiente. Cuando permanecen en la vía pública, pueden ser arrastradas por el agua, adherirse al calzado o entrar en contacto con niños y animales. Por eso, recogerlas no es solamente una cuestión de estética: también forma parte de una conducta responsable respecto de la higiene urbana.
Y hay una pregunta que debería hacerse quien decide dejar el excremento de su perro en la calle: ¿por qué otra persona debería hacerse cargo de lo que yo decidí no recoger?
La respuesta debería ser suficiente para comprender la dimensión del problema.
Los trabajadores municipales realizan diariamente tareas de limpieza y mantenimiento que son indispensables para la ciudad. Pero una cosa es limpiar las consecuencias normales del uso de un espacio público y otra muy diferente es convertir al personal de limpieza en responsable de las conductas irresponsables de algunos propietarios de mascotas.
No se puede pretender una ciudad cada vez más cuidada, moderna y atractiva si una parte de la sociedad no acompaña ese proceso con algo tan básico como respetar al vecino.
Santiago del Estero ha mejorado y transformado numerosos espacios destinados al encuentro y al esparcimiento. Ese esfuerzo merece ser acompañado por los ciudadanos. Una plaza renovada, un parque limpio o una costanera cuidada no pueden sostenerse solamente con obras y mantenimiento municipal. También necesitan educación, conciencia y compromiso.
Y aquí aparece otro aspecto importante: no todos los dueños de perros actúan de la misma manera. Son muchos los que llevan bolsas, recogen las deposiciones y continúan su paseo sin molestar a nadie. Ellos demuestran que la convivencia es perfectamente posible.
El problema está en quienes creen que la responsabilidad termina cuando el perro hace sus necesidades.
No termina allí. Precisamente allí comienza la responsabilidad del propietario.
Quizás sea necesario insistir más en campañas de concientización. Carteles en parques y plazas, mensajes en redes sociales, información sobre tenencia responsable y, cuando corresponda, controles y sanciones pueden contribuir a modificar una conducta que todavía persiste.
Pero ninguna campaña será suficiente si no existe una decisión personal de cumplir.
Llevar una bolsa no cuesta prácticamente nada. Recoger las deposiciones demanda unos segundos. No hay una dificultad real que justifique dejar el problema en el lugar donde ocurrió.
Lo que falta, en muchos casos, no es infraestructura. Falta consideración.
Porque cuando alguien deja el excremento de su perro en una vereda, no está solamente ensuciando. Está obligando a otra persona a convivir con su falta de responsabilidad. Está trasladando a un niño, a un anciano, a un vecino o a un turista las consecuencias de una decisión que le correspondía resolver a él.
Y eso también habla de una ciudad. La calidad de una ciudad no se mide únicamente por sus edificios, sus avenidas, sus plazas o sus obras. También se mide por los pequeños comportamientos cotidianos de quienes la habitan.
Una ciudad limpia no es responsabilidad exclusiva del municipio. Es una construcción colectiva. Por eso, el mensaje debería ser sencillo y directo: quien tiene un perro tiene también la obligación de hacerse cargo de él en el espacio público.
Si lo saca a pasear, lleva la bolsa. Si ensucia, recoge. Si utiliza una plaza, la deja limpia.
No es una exigencia extraordinaria. Es convivencia.
Y quizás haya llegado el momento de dejar de mirar como algo inevitable aquello que, en realidad, es perfectamente evitable. Porque una ciudad más limpia no empieza solamente con una máquina de barrido, un camión recolector o un empleado municipal.
A veces empieza con una persona que, después de que su perro termina de hacer sus necesidades, se agacha, recoge la deposición y sigue caminando.
Ese pequeño gesto dice mucho más de una ciudad de lo que parece.

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