15 de enero, 2026
Actualidad

Aunque muchas personas cuentan con formación, experiencia y reconocimiento, persiste la sensación de no merecer los logros alcanzados. El llamado síndrome del impostor es un fenómeno psicológico frecuente que puede afectar el desarrollo profesional, la toma de decisiones y el bienestar emocional.

A pesar de contar con logros comprobables, reconocimiento externo o trayectoria académica y laboral, numerosas personas experimentan una percepción persistente de insuficiencia. Atribuyen sus resultados a la suerte, al contexto o a factores externos, y conviven con el miedo constante de ser “descubiertas” como un fraude. Este fenómeno psicológico es conocido como síndrome del impostor y atraviesa a profesionales de distintos ámbitos y niveles de experiencia.

Lejos de tratarse de una inseguridad pasajera o de una actitud de falsa modestia, el síndrome del impostor se manifiesta como un patrón de pensamiento reiterado que distorsiona la evaluación del propio desempeño y condiciona tanto decisiones laborales como vínculos profesionales.

El síndrome del impostor describe una experiencia psicológica en la que la persona duda de sus capacidades, minimiza sus logros y siente que no merece el lugar que ocupa, aun cuando existen evidencias objetivas de su competencia. Los éxitos suelen atribuirse a la casualidad, al esfuerzo excesivo o a la intervención de terceros, mientras que los errores se interpretan como confirmaciones de una supuesta falta de habilidad.

Este fenómeno puede aparecer en distintos momentos de la vida profesional, especialmente ante ascensos, cambios de rol o nuevos desafíos, y no distingue edad, género ni nivel de formación.

 

SEÑALES FRECUENTES

Si bien el síndrome del impostor se manifiesta de manera diversa, existen algunas señales recurrentes que permiten identificarlo:

  • Minimización sistemática de los logros personales.
  • Dificultad para aceptar elogios o reconocimientos.
  • Miedo persistente a cometer errores y a la evaluación externa.
  • Perfeccionismo rígido como forma de compensar la inseguridad.
  • Comparación constante con colegas o pares profesionales.

Estas conductas no suelen presentarse de forma aislada, sino que conforman un patrón que se repite ante cada logro o desafío significativo.

 

POR QUÉ SE DESARROLLA

Especialistas sostienen que el síndrome del impostor puede originarse en experiencias tempranas vinculadas a la exigencia, la validación externa o la asociación entre valor personal y rendimiento. A esto se suman entornos laborales altamente competitivos y una cultura que privilegia el éxito visible, sin dar lugar al error o al proceso de aprendizaje.

La exposición constante a modelos idealizados de éxito, especialmente en redes sociales, refuerza la sensación de insuficiencia al invisibilizar los recorridos reales y las dificultades que forman parte de cualquier trayectoria profesional.

Aunque suele asociarse únicamente a la autoestima, el síndrome del impostor tiene consecuencias concretas en el ámbito laboral. La percepción distorsionada de las propias capacidades puede limitar el crecimiento profesional, desalentar la asunción de nuevos desafíos y fomentar un perfeccionismo excesivo que deriva en ansiedad y agotamiento. Asimismo, la duda constante sobre el desempeño puede generar inseguridad dentro de los equipos de trabajo y temor a la evaluación externa, influyendo directamente en la toma de decisiones y en la proyección a largo plazo.

 

ESTRATEGIAS PARA ABORDARLO

Abordar el síndrome del impostor implica reconocer su existencia y comprender que se trata de una experiencia frecuente. Entre las estrategias más recomendadas se encuentran la revisión objetiva de los logros alcanzados, la identificación de pensamientos autocríticos automáticos y la resignificación del error como parte del aprendizaje.

Compartir estas experiencias en entornos de confianza y establecer metas realistas también contribuye a disminuir su impacto. En casos donde la autoexigencia y la ansiedad afectan de manera significativa la calidad de vida, el acompañamiento psicológico puede resultar una herramienta clave.

El síndrome del impostor no define la capacidad real de una persona ni invalida sus logros. Comprender este fenómeno permite cuestionar modelos de éxito basados en la perfección y abrir el debate sobre formas más saludables de vincularse con el trabajo y el desempeño.

Visibilizar estas experiencias no solo favorece el bienestar individual, sino que también contribuye a construir entornos laborales más realistas, empáticos y sostenibles.

 

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