El calendario juliano, establecido por Julio César en el año 46 antes de Cristo, había representado en su tiempo una formidable corrección respecto de sistemas anteriores. Había un pequeño problema, su cálculo del año solar contenía una pequeña diferencia.
El año que utilizaba el calendario resultaba ligeramente más largo que el año solar real, la diferencia era mínima, apenas unos minutos. El problema es que los minutos, cuando se acumulan durante siglos, terminan convirtiéndose en días, y los días, en la historia, no son poca cosa.
Para el siglo XVI, el equinoccio de primavera ya no se producía en la fecha en la que el calendario lo situaba originalmente. Aquello tenía especial importancia para la Iglesia porque el cálculo de la Pascua dependía, entre otros elementos, de la relación entre el equinoccio y el ciclo lunar. Gregorio XIII decidió entonces corregir el calendario.
La reforma no fue elaborada exclusivamente por la Iglesia, participaron estudiosos y matemáticos, entre ellos se destacó Luigi Lilio, médico y astrónomo italiano, cuya propuesta constituyó una de las bases de la reforma, y el jesuita Cristóbal Clavio, matemático del Colegio Romano, quien tuvo un papel fundamental en los cálculos y en la explicación científica del nuevo sistema.
La solución fue tan sencilla como extraordinaria había que corregir el calendario de inmediato. Diez días habían desaparecido del calendario, pero no habían desaparecido de la historia. Esta distinción es importante, no se trató de que diez días de acontecimientos humanos hubieran sido borrados de la existencia.
Nadie perdió diez días de vida, lo que se modificó fue la numeración de las fechas. El 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12, 13 y 14 de octubre de 1582 simplemente no existieron como fechas civiles en aquellos territorios que adoptaron inmediatamente la reforma. La historia continuó y las personas continuaron naciendo, trabajando, comerciando, amando, enfermando y muriendo.
Lo que cambió fue la manera de nombrar el paso del tiempo y acaso allí se encuentre la verdadera dimensión histórica de aquella reforma. El nuevo calendario no fue aceptado simultáneamente por todos, los países católicos fueron, en general, los primeros en incorporarlo, mientras que otros Estados europeos continuaron utilizando el calendario juliano durante décadas o incluso siglos.

La diferencia entre ambos calendarios se convirtió también, en determinados contextos, en una expresión de las divisiones religiosas y políticas de la Europa posterior a la Reforma. Con el paso del tiempo, sin embargo, el calendario gregoriano fue extendiéndose hasta convertirse en el sistema civil de uso prácticamente universal.
El nombre quedó unido para siempre a quien impulsó su reforma, calendario gregoriano. Resulta interesante observar que una de las herramientas más cotidianas de nuestra existencia nació de la necesidad de reconciliar dos dimensiones que a veces parecen caminar separadas, la observación científica del universo y la organización humana de la sociedad.
La historia no perdió diez días, simplemente perdió, diez números y ganó un calendario mucho más preciso para medir los días que todavía nos quedaban por vivir.