Hay banderas que simplemente se izan, mientras otras terminan convirtiéndose en una expresión política, histórica y emocional que sobrevive a quienes las levantaron.
El 28 de septiembre de 1966, dieciocho jóvenes argentinos protagonizaron el denominado Operativo Cóndor. Secuestraron el vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas, que tenía como destino Río Gallegos, y obligaron a su comandante a modificar el rumbo hacia las Islas Malvinas. Una vez allí, desplegaron siete banderas argentinas y reclamaron simbólicamente la soberanía sobre el archipiélago, permanecieron aproximadamente treinta y seis horas en las islas, hasta que finalmente depusieron su actitud.
El episodio ocurrió durante la dictadura de Juan Carlos Onganía, pocos meses después de que las Naciones Unidas aprobara la Resolución 2065, que reconoció la existencia de una disputa de soberanía e invitó a la Argentina y al Reino Unido a negociar. No fue, por lo tanto, un hecho aislado de su tiempo, formó parte de una época en la que la cuestión Malvinas comenzaba a ocupar un lugar cada vez más visible en la agenda nacional e internacional.
Pero conviene mirar aquel episodio con cierta distancia histórica, porque el patriotismo que impulsó a aquellos jóvenes no convierte automáticamente en legítimo el método que utilizaron. El avión era civil, había pasajeros y tripulación y fue tomado por la fuerza, el propio gobierno argentino de entonces condenó la acción y los protagonistas fueron posteriormente sometidos a la Justicia.
La historia, sin embargo, tiene esas paradojas, un hecho que jurídicamente fue tratado como un delito pudo quedar, para buena parte de la memoria colectiva, asociado a un gesto de afirmación de la soberanía nacional. La bandera terminó adquiriendo una dimensión propia, independiente incluso de quienes la habían llevado hasta allí.
Sesenta años después, otra bandera volvió a colocar a Malvinas en el centro de una escena cargada de simbolismo.
En julio de 2026, después de que la Selección Argentina derrotara 2 a 1 a Inglaterra en la semifinal del Mundial disputado en Estados Unidos, algunos futbolistas desplegaron sobre el campo de juego una bandera con una frase conocida por varias generaciones: “Las Malvinas son argentinas”.
La bandera había sido elaborada por un hincha y llegó al campo desde la tribuna; los jugadores la tomaron durante los festejos y la exhibieron ante las cámaras. La imagen dio rápidamente la vuelta al mundo, y allí apareció nuevamente la política donde, en principio, solamente había fútbol.
La FIFA considera las manifestaciones políticas ajenas a lo deportivo dentro de las conductas que pueden ser sancionadas, y posteriormente informó la apertura de un procedimiento disciplinario contra la AFA por la exhibición del mensaje.
La escena también mostró algo más profundo, la enorme capacidad que conserva Malvinas para despertar emociones en la sociedad argentina. Una frase escrita sobre una bandera, sostenida durante unos segundos por jugadores de fútbol, volvió a instalar una cuestión de soberanía que atraviesa generaciones.
Pero quizá allí sea necesario detenerse, Malvinas no debería necesitar de un Mundial, de una victoria sobre Inglaterra o de una fotografía viral para ocupar un lugar en la conciencia nacional. Tampoco debería convertirse en una herramienta de utilización política cada vez que existe la posibilidad de transformar una emoción colectiva en un mensaje coyuntural.
Entre 1966 y 2026 hay una distancia enorme. Aquellos jóvenes del Operativo Cóndor llegaron a las islas por una acción clandestina y armada. Los futbolistas llegaron a ellas, simbólicamente, a través de una bandera encontrada en una tribuna. En un caso hubo un avión tomado por la fuerza; en el otro, una celebración deportiva que terminó incorporando una consigna histórica. Son hechos incomparables en sus medios, aunque ambos quedaron unidos por una misma imagen, la bandera argentina frente a Malvinas.
Tal vez esa sea la verdadera enseñanza de estas seis décadas, la soberanía no se construye solamente con banderas. Tampoco se pierde porque una bandera deje de mostrarse, debe sostenerse con memoria, con argumentos históricos y jurídicos, pero también con una política exterior coherente y, fundamentalmente, con la capacidad de mantener vivo un reclamo sin convertirlo en una herramienta circunstancial de la política.
Aquellos muchachos de 1966 quisieron que la bandera argentina volviera a flamear en Malvinas. Los jugadores de 2026, en medio de la euforia de un Mundial, hicieron que la misma consigna volviera a recorrer el mundo. Entre una escena y otra transcurrieron sesenta años, una guerra, miles de vidas marcadas por ella y numerosas etapas de la diplomacia argentina.
Quizá sea hora de comprender que Malvinas merece algo más que la emoción de un momento. Merece memoria cuando no hay Mundial, prudencia cuando hay política y perseverancia cuando no hay cámaras. Porque las banderas pueden flamear durante unas horas, pero los reclamos históricos, en cambio, requieren generaciones. Pero es indudable que sesenta años después, la cuestión vuelve a ocupar un lugar destacado en el discurso presidencial.
Milei reclamó por Malvinas ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, calificando la cuestión como una “causa nacional”, cuestionó el funcionamiento de ONU por la falta de consecuencias frente a lo que considera incumplimientos de sus resoluciones y reclamó al Reino Unido retomar las negociaciones sobre la soberanía. También cuestionó la explotación de hidrocarburos en las islas y sostuvo que la Argentina no permanecería indiferente frente a esas actividades. La comparación con 1966 permite advertir una diferencia sustancial.
Los jóvenes del Operativo Cóndor buscaron producir un hecho que obligara a mirar hacia Malvinas, mientras el gobierno de entonces respondió que la cuestión debía resolverse por la diplomacia. Milei, en cambio, utilizó precisamente el principal foro diplomático internacional para formular el reclamo argentino.
La bandera de 1966 fue un gesto físico de ocupación simbólica, la bandera exhibida por la Selección en 2026 fue un gesto deportivo y el discurso presidencial ante Naciones Unidas pertenece a otro plano, el de la política exterior de un Estado. Y es precisamente allí donde la cuestión adquiere una dimensión que excede cualquier circunstancia política interna, la intervención de Milei produjo una respuesta inmediata desde Londres.
El Gobierno británico reafirmó que no tiene dudas sobre su soberanía respecto de las islas y defendió el principio de autodeterminación de sus habitantes, también sostuvo que el desarrollo de los recursos naturales de las islas constituye, desde su perspectiva, una actividad legítima.
Y aquí aparece nuevamente una cuestión que conviene no perder de vista, Malvinas es una disputa de soberanía que lleva décadas y que posee una dimensión jurídica, histórica, diplomática, económica y estratégica.
La bandera, en definitiva, sobrevive a los gobiernos, tanto a las dictaduras como a las democracias. Pero también sobrevivió a la guerra, a las negociaciones, a los desencuentros diplomáticos y a los cambios de orientación de la política exterior argentina. Quizá por eso convenga separar la bandera de quienes circunstancialmente la sostienen.
Una causa histórica puede ser reivindicada por un gobierno sin pertenecerle y asimismo puede ser recordada por una selección de fútbol sin convertirse por ello en patrimonio del deporte. Malvinas pertenece a una memoria nacional mucho más extensa que cualquier gobierno y mucho más profunda que cualquier consigna.
El desafío consiste, entonces, en evitar que esa memoria se agote en la utilización política de una emoción colectiva. La bandera puede emocionar; el fútbol puede amplificarla; un discurso presidencial puede volver a colocarla en la agenda internacional, pero ninguna de esas expresiones, por sí sola, resuelve la cuestión de soberanía.
Lo importante es saber discernir que una bandera puede ser levantada en un instante mientras la soberanía, en cambio, se construye —o se reclama— durante generaciones.
Por Julio César Coronel