01 de octubre, 2026
Pienso, luego existo

Miguel de Cervantes lanzó al Quijote hace más de cuatro siglos, armado con una lanza, montado sobre Rocinante y acompañado por un Sancho Panza que, entre la prudencia y el sentido común, intentaba seguirle el paso a aquel hidalgo empeñado en convertir la realidad en aventura.
Y allí están los famosos molinos de viento, Don Quijote los ve y no duda, son gigantes. Sancho intenta explicarle que no, que eran molinos, que aquellas enormes aspas no son brazos amenazantes, sino mecanismos destinados a aprovechar la fuerza del viento.
Pero Don Quijote no escucha, arremete contra ellos, la escena es extraordinaria porque Cervantes consigue convertir en literatura algo que, en definitiva, sigue ocurriendo todos los días, la dificultad del hombre para distinguir entre aquello que realmente tiene delante y aquello que necesita creer que tiene delante.
Quizás por eso el Quijote sigue siendo más que universal, tan argentino, porque tenemos una extraña habilidad para transformar molinos en gigantes, gigantes en molinos y, cuando la realidad insiste en desmentirnos, culpar al viento.
Aquí también abundan las grandes batallas, cada gobierno llega dispuesto a combatir al gigante de turno. La inflación, la pobreza, el déficit, la deuda, la corrupción, la inseguridad, la casta, los privilegios, los monopolios, los jueces, los empresarios, los sindicatos, los medios, los mercados, los políticos, los políticos anteriores y hasta los políticos que todavía no llegaron.
Siempre hay un gigante y cuando no lo encontramos, lo fabricamos. El problema no está en luchar, porque un país necesita dirigentes capaces de enfrentar problemas difíciles, incluso aquellos que parecen imposibles, el problema aparece cuando la batalla se vuelve más importante que aquello que se pretende solucionar.
Entonces sucede lo que Cervantes había advertido hace cuatrocientos años, podemos terminar lanzándonos contra un molino convencidos de que estamos derrotando a un ejército. Porque el problema de los molinos no es que sean molinos, el problema es que alguien puede necesitar desesperadamente que sean gigantes.
Nuestra política suele tener algo de eso, donde una discusión nacional puede comenzar hablando de economía y terminar hablando de traidores y una diferencia sobre una ley puede transformarse en una guerra moral. La realidad, entretanto, permanece allí, imperturbable, como los molinos.
Quizá Cervantes haya sido más moderno de lo que imaginamos, porque sabía que los hombres no siempre luchan contra lo que existe, sino cotra lo que creen que existe. Y sabía también que las grandes pasiones pueden ser nobles y, al mismo tiempo, peligrosas cuando pierden contacto con la realidad. 
Por eso, Don Quijote no merece solamente una sonrisa, merece también cierta ternura. Porque hay algo admirable en quien todavía está dispuesto a salir a combatir por una idea, dado que lo verdaderamente triste sería una sociedad en la que nadie quisiera luchar por nada.
Pero entre la valentía y la obstinación existe una frontera y allí aparece Sancho, aquel que mira, duda, pregunta e intenta decirle a su amo que quizá, solamente quizá, aquello que parece un ejército de gigantes sea simplemente un conjunto de molinos movidos por el viento.
En tiempos argentinos de discursos encendidos, de certezas absolutas y de enemigos permanentes, tal vez necesitemos un poco más de Sancho sin perder del todo al Quijote. Porque un país sin sueños se resigna, pero un país que solamente combate molinos termina agotado.
Y Cervantes, desde algún rincón de la eternidad, probablemente todavía sonría al vernos correr lanza en ristre detrás de nuestros propios gigantes. Mientras tanto, los molinos siguen girando y el viento también.

 

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