"Para hacer la paz se necesitan dos; pero para hacer la guerra basta con uno sólo."
Arthur Neville Chamberlain
Pocas veces un espacio geográfico tan pequeño ha concentrado semejante capacidad para alterar el destino del planeta. El Estrecho de Ormuz, una franja marítima de apenas unas decenas de kilómetros de ancho que conecta el Golfo Pérsico con el océano Índico, constituye hoy uno de los principales puntos de estrangulamiento de la economía mundial. Por allí circula una porción decisiva del petróleo y del gas natural licuado que abastecen a Europa, Asia y buena parte del resto del mundo.
La historia demuestra que las guerras ya no se libran únicamente para conquistar territorios. En el siglo XXI se combaten por cadenas logísticas, corredores comerciales, rutas energéticas, minerales estratégicos y supremacía tecnológica. En consecuencia, quien controle los pasos marítimos más importantes tendrá una ventaja política, económica y militar de enorme magnitud.
El conflicto que enfrenta a Irán con Israel, la participación directa de Estados Unidos y el creciente involucramiento diplomático de las grandes potencias han colocado al Estrecho de Ormuz en el centro del tablero geopolítico mundial. La posibilidad de mantener un bloqueo, aunque sea parcial y transitorio, representa un escenario cuyas consecuencias exceden ampliamente a Medio Oriente.
Sin embargo, el mayor peligro no reside únicamente en la eventual interrupción total del tránsito marítimo. El verdadero riesgo consiste en la incapacidad de los principales actores internacionales para construir mecanismos de desescalada antes de que los acontecimientos se vuelvan más irreversibles.
La política internacional suele avanzar mucho más lentamente que la dinámica de los acontecimientos militares. Cuando las bombas comienzan a caer, la diplomacia normalmente llega tarde.
Durante décadas el Estrecho de Ormuz fue considerado un problema eminentemente vinculado al Golfo Pérsico. Esa mirada hoy resulta completamente insuficiente.
China obtiene buena parte de su energía desde esa región, Japón depende críticamente del petróleo que atraviesa esas aguas, Corea del Sur mantiene una dependencia energética semejante, Europa continúa necesitando cantidades significativas de hidrocarburos provenientes del Golfo, India incrementó aceleradamente sus importaciones.
Incluso Estados Unidos, pese al crecimiento de su producción interna de petróleo y gas, mantiene un interés estratégico en garantizar la libre navegación por razones económicas, militares y geopolíticas.
La conclusión resulta evidente: un cierre de Ormuz dejaría de ser un problema iraní para convertirse inmediatamente en una crisis económica global.
No sería solamente una guerra regional sería una crisis sistémica como la que se está gestando sin solución a la vista.
Frente a semejante escenario aparecen cuatro grandes alternativas, en primer lugar la escalada militar, que resulta ser el peor escenario posible.
La segunda una disuasión permanente que consiste en mantener un elevado despliegue militar internacional que desaliente cualquier intento de cerrar el estrecho de manera definitiva.
Una tercera con negociaciones multilaterales, que sería probablemente la alternativa más razonable pero también la más compleja.
Y por último, construir una nueva arquitectura de seguridad regional, quizás sea la única solución verdaderamente duradera.
Si continúa el conflicto, los riesgos que pueden aparecer ante un cierre total del Estrecho de Ormuz, sería una recesión global, con un incremento brusco del precio del petróleo elevaría los costos de producción, transporte, electricidad y alimentos, incluso la inflación volvería a acelerarse incluso en países que hoy parecían haberla controlado.
También habría una amenaza financiera donde los mercados reaccionarían con enorme sensibilidad frente a la incertidumbre geopolítica, las bolsas caerían, aumentaría la demanda de activos considerados seguros, y muchos países emergentes sufrirían una nueva salida de capitales.
Habría una tercera consecuencia que alcanzaría al comercio internacional, con el aumento de los fletes marítimos de forma considerable, donde las cadenas logísticas volverían a experimentar problemas similares a los observados durante la pandemia.
Y por último se observaría una cuarta amenaza que sería política, donde los gobiernos comenzarían a enfrentar crecientes presiones sociales derivadas del aumento del costo de vida.
Recordemos que Europa atraviesa uno de los momentos más delicados de su política exterior desde el final de la Guerra Fría, la guerra en Ucrania modificó profundamente su matriz energética, la reducción del suministro ruso obligó a buscar nuevos proveedores y muchos de ellos provienen precisamente del Golfo Pérsico.
Por esa razón, mantener una crisis prolongada en Ormuz tendría para Europa consecuencias particularmente severas, pero el problema europeo no es solamente energético, también es político.
Durante décadas la Unión Europea aspiró a convertirse en un actor estratégico autónomo, sin embargo, cada crisis internacional vuelve a mostrar su fuerte dependencia del liderazgo militar estadounidense.
Europa posee capacidad económica extraordinaria, posee tecnología, con instituciones sólidas, pero continúa teniendo enormes dificultades para actuar con una sola voz en cuestiones de seguridad internacional.
Mientras no logre construir una política exterior verdaderamente común, seguirá reaccionando más que conduciendo.
Desde Moscú la situación probablemente sea observada con otra lógica, cada incremento del precio internacional del petróleo fortalece los ingresos derivados de sus exportaciones energéticas.
Además, cualquier crisis que obligue a Estados Unidos a concentrar mayores recursos en Medio Oriente reduce parcialmente la presión estratégica sobre otros escenarios.
Sin embargo, Rusia tampoco necesita una guerra ilimitada, una conflagración regional que termine afectando gravemente la economía mundial reduciría también la demanda energética global.
El Kremlin parece preferir conflictos controlados antes que explosiones fuera de control, su desafío consiste en aprovechar políticamente la situación sin convertirse en protagonista directo.
Paradójicamente, la principal potencia comercial del planeta también es una de las más vulnerables frente a un cierre prolongado del Estrecho de Ormuz, sí, China importa enormes cantidades de petróleo y por tanto necesita estabilidad para sostener su crecimiento, como también necesita rutas marítimas abiertas, mercados funcionando.

Por esa razón Pekín procura mantener una posición cuidadosamente equilibrada, evita enfrentamientos militares directos, incrementa su influencia diplomática, desarrolla inversiones estratégicas, amplía su presencia naval.
Pero procura evitar cualquier decisión que pueda comprometer su modelo económico basado en el comercio global, China sabe que su mayor fortaleza no reside en ganar guerras sino en ganar mercados.
Y entre todos ellos Washington enfrenta una contradicción compleja, debe garantizar la libre navegación, proteger a sus aliados y preservar su credibilidad internacional.
Pero al mismo tiempo necesita evitar quedar atrapado en otra guerra prolongada en Medio Oriente, las experiencias de Afganistán e Irak dejó profundas lecciones.
Las intervenciones militares pueden obtener rápidas victorias tácticas pero las soluciones políticas suelen demorar décadas y en tal evento la administración estadounidense deberá equilibrar firmeza con prudencia.
Un exceso de debilidad alentaría nuevas provocaciones, pero un exceso de intervención podría ampliar el conflicto.
Y en todo este panorama global ¿Dónde queda la Argentina?
A primera vista podría suponerse que un conflicto en Medio Oriente afecta escasamente a la Argentina, lo cual sería un error.
Nuestro país no depende directamente del petróleo que atraviesa Ormuz pero sí depende profundamente de la estabilidad de la economía mundial.
Un incremento sostenido del precio del petróleo elevaría los costos internos del transporte, aumentaría la presión inflacionaria, incrementaría los costos industriales, encarecería fertilizantes, modificaría los precios internacionales de numerosos alimentos.
Todo ello repercutiría sobre la economía argentina sin embargo también aparecen algunas oportunidades.
La primera radica en el sector energético. Si los precios internacionales del petróleo y del gas aumentan significativamente, la producción argentina —especialmente la proveniente de Vaca Muerta— podría adquirir un valor estratégico aún mayor.
La segunda oportunidad se relaciona con los alimentos. En períodos de incertidumbre global, los países importadores buscan garantizar abastecimiento.
Argentina continúa siendo uno de los principales productores agroalimentarios del mundo.
La tercera oportunidad aparece en los minerales estratégicos. El litio, el cobre y otros recursos vinculados con la transición energética adquieren creciente importancia en un contexto internacional marcado por la competencia geopolítica.
No obstante, convertir esas oportunidades en desarrollo requiere condiciones internas que Argentina todavía no ha consolidado, como la seguridad jurídica, la estabilidad macroeconómica, infraestructura, reglas previsibles, inserción internacional inteligente, sin todas estas condiciones, las oportunidades terminarán beneficiando a otros.
La Argentina debería evitar alineamientos automáticos porque las simpatías ideológicas nunca reemplazan a los intereses nacionales.
Nuestra política exterior debe orientarse por objetivos permanentes, defensa del derecho internacional, respeto a la libertad de navegación, solución pacífica de controversias, protección del comercio, diversificación de mercados, fortalecimiento de vínculos tanto con Occidente como con Asia.
El mundo que emerge será inevitablemente multipolar y por tanto quedar atrapados en una lógica binaria significaría reducir nuestro margen de maniobra.
Porque las victorias militares pueden modificar fronteras; pero únicamente la paz permite construir prosperidad, desarrollo y estabilidad duradera.
En un mundo crecientemente interdependiente, impedir que el Estrecho de Ormuz se transforme en el detonante de una crisis global constituye una responsabilidad compartida y fracasar en ese objetivo significaría repetir una de las constantes más dolorosas de la historia: aprender demasiado tarde que las guerras son mucho más fáciles de comenzar que de terminar.
Por Julio C. Coronel