Hay hombres que, sin haber ocupado siempre el centro de la escena, resultaron imprescindibles para que la historia fuera lo que es. Tomás Guido pertenece a esa clase de personas, y es una gran injusticia para nuestra historiografía dejarlo en un lugar discreto, en un segundo plano, para quien fue el gran confidente y amigo de San Martín y uno de los hombres en quienes el Libertador depositó su confianza en los momentos más decisivos de su vida.
Nacido en Buenos Aires en 1788, participó en las invasiones inglesas, acompañó la Revolución de Mayo y, desde muy joven, se vinculó con los hombres que comenzaron a imaginar una nación independiente. Pero sería su encuentro con San Martín el que marcaría para siempre su existencia.
Guido no fue un simple subordinado del Libertador, fue uno de esos hombres excepcionales capaces de comprender que las grandes empresas históricas no se construyen solamente con espadas, sino también con ideas, inteligencia, prudencia y capacidad política.
Su célebre Memoria de 1816, elaborada a partir de sus conversaciones con San Martín, resultó decisiva para que el gobierno de Juan Martín de Pueyrredón comprendiera la viabilidad del proyecto de cruzar los Andes y llevar la guerra de la independencia hacia Chile y el Perú. Desde entonces, Guido acompañaría al Libertador en buena parte de aquella extraordinaria empresa americana.
Ocupo diversos cargos, pero su presencia al lado de San Martín es lo más resonante. Funcionario, diplomático, militar, pero quizá ninguna de las funciones que desempeño explique por sí sola la dimensión humana de Guido.
Para comprenderla hay que mirar la correspondencia entre San Martín y Guido. San Martín lo llamaba “mi amigo”, “mi querido amigo”, y en una de sus cartas le reconoció que Guido había unido su fortuna a la suya y que, con su amistad y cariño personal, había hecho más llevaderas sus amarguras y su vida pública. Es difícil encontrar un reconocimiento mayor en la correspondencia de un hombre conocido por su austeridad, su reserva y su particular manera de administrar los afectos.
Guido fue, además, custodio de una parte de la memoria íntima del Libertador. San Martín llegó a disponer que, después de su muerte, Guido recibiera documentos personales que consideraba fundamentales para explicar su conducta pública y las razones de su retiro del Perú.
No era solamente confianza política, era confianza humana. Y quizás por eso la figura de Guido merece ser recuperada, porque detrás de cada gran hombre suele existir una constelación de hombres y mujeres que hicieron posible su obra.
La historia, demasiado acostumbrada a los nombres monumentales, suele olvidar a quienes estuvieron al lado de esos protagonistas cuando todavía no eran monumentos, sino hombres enfrentados a dudas, dificultades, enemigos y decisiones cuyo resultado nadie podía garantizar.
Por eso resulta profundamente simbólico que, un siglo después de su muerte, sus restos fueran trasladados a la Catedral Metropolitana de Buenos Aires y colocados junto a los de José de San Martín. Quizás la historia haya tardado demasiado en reunirlos, pero, en realidad, nunca estuvieron verdaderamente separados. Porque mucho antes de que sus restos descansaran juntos, habían compartido una empresa mucho más grande que ellos mismos, la libertad de América.
Tomás Guido merece ser recordado no solamente porque ayudó a hacer la Independencia, sino porque, en una época en la que la Patria todavía era un sueño incierto, tuvo la grandeza de servirla sin pedir que la historia le devolviera nada.