“El mundo es bello, pero tiene un defecto llamado hombre”, una expresión atribuida a Friedrich Nietzsche, podría servir hoy como una suerte de puerta de entrada para intentar comprender un escenario político internacional cada vez más incierto, en el que las decisiones de unos pocos dirigentes terminan repercutiendo mucho más allá de sus propias fronteras.
La Argentina de Javier Milei no está aislada de ese mundo; por el contrario, buena parte de su estrategia política, económica y diplomática se encuentra vinculada a una determinada concepción del orden internacional. Y si existe un país que la Argentina no puede mirar de reojo, ese país es Brasil.
La elección brasileña constituye probablemente una de las variables regionales más importantes para el futuro de Milei. Lula da Silva busca un nuevo mandato y enfrenta como principal adversario a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro.
Aquí conviene hacer una precisión importante, no estamos frente a una repetición exacta de la disputa Lula-Jair Bolsonaro de 2022, el candidato opositor es ahora Flávio Bolsonaro y aunque representa políticamente una continuidad familiar y mantiene una posición favorable al acercamiento con Trump, se trata de otro candidato y de otro momento histórico.
Un eventual gobierno de Flávio Bolsonaro podría profundizar la convergencia ideológica con Milei y con Washington, podría existir mayor afinidad en cuestiones de seguridad, apertura económica, política exterior y posicionamiento frente a determinadas disputas internacionales. Un gobierno de Lula, en cambio, mantendría una concepción diferente sobre el papel del Estado, la integración regional y las relaciones internacionales, pero sería un error convertir esas diferencias políticas en una conclusión automática acerca del futuro de la relación argentino-brasileña.
Brasil es demasiado importante para la Argentina como para que la relación bilateral dependa solamente de las simpatías personales entre presidentes. El Mercosur, la industria automotriz, el comercio bilateral, la energía, las inversiones y las cadenas productivas constituyen intereses permanentes. Milei podrá tener mayores coincidencias ideológicas con unos gobiernos que con otros, pero no puede darse el lujo geopolítico de tener un Brasil distante.
Aquí aparece, quizás, la cuestión central, el gobierno de Milei ha conseguido convertir su política exterior en una parte importante de su identidad, eso tiene ventajas, permite definir con claridad determinados aliados y transmite previsibilidad ideológica. Pero también contiene un riesgo, cuanto más estrechamente se ata una administración a determinados liderazgos extranjeros, mayor puede ser el costo político de los cambios que inevitablemente produce la democracia.
Con los otros líderes mundiales que tiene sintonía como, por ejemplo, Trump, si este defecciona en las elecciones de medio término, puede perder influencia y en las elecciones israelíes, Netanyahu puede dejar de ser primer ministro.
Pero Brasil puede elegir una orientación diferente, y ya sea brasileros, norteamericanos o israelíes, ninguno de esos pueblos votará pensando en el destino político del gobierno argentino. Es lógico que Milei intente construir relaciones privilegiadas con aquellos gobiernos con los que comparte una determinada visión. También es legítimo que busque aprovechar las oportunidades económicas derivadas de esas relaciones, de hecho, el vínculo con Estados Unidos ya produjo compromisos concretos de inversión y financiamiento en sectores estratégicos argentinos.
Pero una estrategia internacional de largo plazo requiere algo más que coincidencias ideológicas, necesita instituciones, continuidad, capacidad de negociación. Y necesita, fundamentalmente, comprender que el interés nacional no puede quedar subordinado a la suerte electoral de un dirigente extranjero.
Sin embargo, sería injusto atribuir exclusivamente a estos acontecimientos externos el futuro político de Milei. La elección decisiva para su gobierno seguirá siendo la que ocurra dentro de la Argentina. La administración deberá demostrar que el programa económico puede traducirse en una mejora sostenible de las condiciones de vida. El presupuesto presentado para 2027 proyecta un crecimiento del 4%, una inflación anual del 18% y un superávit comercial superior a los 15.000 millones de dólares, son objetivos oficiales, no resultados garantizados.

Al mismo tiempo, existen señales que muestran que la recuperación no es homogénea. Distintos sectores sociales continúan enfrentando dificultades y se han producido protestas contra las políticas del Gobierno. Ese será, finalmente, el verdadero tribunal de la política argentina, la realidad cotidiana.
Porque ningún respaldo de Trump puede sustituir un salario que alcance. Ninguna fotografía con Netanyahu puede resolver un problema de seguridad, ninguna afinidad con un eventual gobierno brasileño puede reemplazar la necesidad de generar empleo, inversión y crecimiento. Y ninguna alianza internacional puede hacer por la Argentina aquello que corresponde hacer a los argentinos.
El mundo exterior puede abrir puertas, pero también puede cerrarlas, la tarea de atravesarlas es propia. Quizás allí encuentre sentido aquella vieja frase atribuida a Nietzsche: “El mundo es bello, pero tiene un defecto llamado hombre.” El mundo contemporáneo ofrece oportunidades extraordinarias.
Argentina posee energía, alimentos, minerales críticos, talento humano y una ubicación estratégica en América del Sur; los Estados Unidos necesitan recursos; Europa necesita energía; las grandes potencias necesitan minerales; el mundo demanda alimentos. Pero ese mismo mundo está poblado por intereses, ambiciones, guerras, elecciones, nacionalismos y cambios bruscos de orientación política.
El hombre -el mismo que construye alianzas- también las rompe, y es el mismo que firma tratados pero puede desconocerlos y resulta ser el mismo que promete continuidad y puede ser reemplazado en las urnas.
Por eso el futuro del gobierno de Javier Milei no debería pensarse como una línea recta determinada por el resultado de una sola elección, ni argentina ni extranjera. Será, más probablemente, el resultado de una combinación mucho más compleja: desempeño económico interno, capacidad legislativa, legitimidad social, relaciones internacionales y capacidad para adaptarse a un mundo que cambia con una velocidad que muchas veces supera a los propios gobiernos.
Las elecciones de Estados Unidos, Israel y Brasil serán, sin duda, acontecimientos que habrá que seguir con atención. Cada una puede modificar el contexto internacional en el que Argentina deberá desenvolverse pero sería un error confundir contexto con destino.
Milei puede encontrar aliados en Washington, Jerusalén o Brasilia incluso puede perderlos y hasta conservarlos y, al mismo tiempo, descubrir que sus propios problemas domésticos son más difíciles de resolver que los internacionales.
La política, finalmente, tiene esa extraña capacidad de recordarnos que ningún poder es permanente. Los hombres, como los gobiernos y las alianzas, cambian porque, al fin de cuentas, los pueblos votan.
Y mientras todo eso ocurre, la Argentina seguirá teniendo que resolver su propia historia, para Milei el desafío no es conseguir que el mundo siga siendo bello, más bien debería aprender a gobernar cuando ese mundo, bello y contradictorio, tiene precisamente ese defecto que Nietzsche supo señalar, estar habitado por hombres.
Julio César Coronel