Hay personas que piden ayuda llorando. Y hay otras que la piden sin que nadie lo advierta. En el mes de la prevención del suicidio, esta nota que pretende ayudar a quienes tal vez fantasearon con esa salida.
Tal vez una de las ideas más peligrosas que tenemos sobre el suicidio sea imaginar que quien está pensando en quitarse la vida necesariamente tiene el aspecto de alguien derrotado. Pensamos en la tristeza evidente, en el aislamiento, en el llanto, en la persona que ha dejado de trabajar, de salir, de hablar.
Pero no siempre es así. A veces, la persona que sufre sigue trabajando, se maquilla, atiende a sus hijos, responde mensajes, hace bromas, aparece en fotografías sonriendo y continúa cumpliendo con todas las obligaciones que los demás esperan de ella.
Puede incluso ser una persona admirada. Los casos de Robin Williams y Cheslie Kryst, Miss USA 2019, obligan a mirar precisamente esa zona incómoda: la distancia que puede existir entre lo que una persona muestra y lo que está viviendo.
Robin Williams: el hombre que hacía reír
Durante décadas, Robin Williams fue una de las grandes figuras de la comedia mundial. Su imagen pública estaba asociada a la energía, la improvisación y una capacidad casi inagotable para provocar risas.
Su muerte, en agosto de 2014, produjo una conmoción enorme. Pero con el paso del tiempo apareció una información que modificó la manera de comprender sus últimos meses. La autopsia encontró signos de demencia con cuerpos de enfermedad degenerativa compleja. Su viuda, Susan Schneider Williams, describió posteriormente el deterioro físico y mental que había sufrido y contó que Robin había atravesado ansiedad, depresión, paranoia y numerosos síntomas que inicialmente resultaban difíciles de explicar. Esto es importante porque su historia demuestra que el suicidio no puede reducirse siempre a una explicación psicológica sencilla.
No fue simplemente "el hombre que hacía reír, pero estaba deprimido". Había detrás un proceso neurológico devastador que, según los médicos y su familia, pudo haber contribuido de manera decisiva a su sufrimiento. La propia asociación especializada en demencia con cuerpos de Lewy advirtió que los hallazgos de la autopsia debían interpretarse con cautela, porque la enfermedad puede ser difícil de diagnosticar durante la vida. Williams había conseguido hacer algo que parecía imposible: esconder durante mucho tiempo una enorme fragilidad detrás de una enorme capacidad para entretener. Y eso debería hacernos pensar, porque hacer reír a los demás no significa necesariamente estar bien.

Cheslie Kryst: la belleza no era la historia completa
El caso de Cheslie Kryst resulta todavía más desconcertante. Era abogada, tenía un MBA, había sido atleta, trabajaba como corresponsal de televisión y en 2019 había sido coronada Miss USA. Tenía apenas 30 años cuando murió por suicidio en Nueva York, en enero de 2022. Desde afuera, la fotografía parecía perfecta. Belleza. Inteligencia. Éxito. Juventud. Una carrera profesional en ascenso.
Pero esa fotografía estaba incompleta. Su madre, April Simpkins, explicó posteriormente que Cheslie había convivido durante años con una depresión que podía pasar inadvertida porque ella era capaz de funcionar, trabajar y mantener una apariencia de normalidad. Su madre utilizó la expresión "depresión de alto funcionamiento" para describir esa experiencia, aunque no se trata de un diagnóstico médico formal.
Y aquí aparece una de las grandes trampas de nuestra época: confundimos funcionamiento con bienestar. Si alguien va a trabajar, entonces suponemos que está bien. Si hace ejercicio, está bien. Si tiene pareja, amigos, dinero o una profesión, está bien. Si publica fotografías sonriente, está bien. Si acaba de conseguir un premio, está bien.
Pero ninguna de esas cosas permite conocer lo que sucede en el interior de una persona.
Kryst había hablado públicamente de salud mental y de la importancia de acudir a terapia. También había escrito sobre las enormes presiones vinculadas con el éxito, la imagen y las expectativas sociales. Su historia posterior reveló una distancia dolorosa entre la mujer que el mundo veía y la lucha que llevaba por dentro.
Los síntomas que no parecen síntomas
Quizás por eso sea tan importante hablar de los llamados signos ocultos. No existe un "perfil del suicida". No todas las personas muestran las mismas señales y tampoco es posible diagnosticar una intención suicida simplemente observando determinadas conductas.
Pero hay cambios que merecen atención:
*Una persona puede empezar a aislarse.
*Puede perder interés por actividades que antes disfrutaba.
*Puede sentirse inútil, culpable o una carga para los demás.
*Puede hablar de estar atrapada, de no encontrar salida o de no tener futuro.
*Puede experimentar cambios importantes en el sueño o en el apetito.
*Puede volverse especialmente irritable o ansiosa. Puede aumentar el consumo de alcohol o drogas.
*Puede pasar de una angustia evidente a una tranquilidad repentina que parece inexplicable.
*También puede comenzar a ordenar sus asuntos, despedirse de determinadas personas o regalar objetos que tienen para ella un valor especial.
Lo importante es no convertir estos comportamientos en una lista mecánica. Una señal aislada no significa que una persona vaya a suicidarse. Pero varios cambios juntos, especialmente cuando son nuevos o intensos, justifican acercarse y preguntar. Y preguntar directamente puede ser mucho más importante de lo que creemos.
"¿Cómo no nos dimos cuenta?"
Después de un suicidio aparece casi siempre la misma pregunta: ¿Cómo no nos dimos cuenta?
La pregunta atormenta a las familias. También a los amigos. Y a veces incluso a quienes estuvieron cerca profesionalmente. Pero hay una verdad dolorosa: algunas personas son extraordinariamente buenas ocultando su sufrimiento. Y otras ni siquiera comprenden completamente lo que les está ocurriendo.
Por eso no siempre hay una señal evidente que pueda reconstruirse después de la muerte. Intentar encontrar una explicación perfecta puede generar una falsa sensación de certeza.
El caso de Cheslie Kryst lo muestra con particular crudeza. Personas que la conocían públicamente se preguntaron qué habían pasado por alto. Su muerte rompió la idea de que una persona joven, exitosa y aparentemente feliz está necesariamente a salvo.
El peligro de la frase "pero lo tenía todo"
Hay una frase que deberíamos desterrar: "Pero si lo tenía todo." ¿Todo qué? ¿Una profesión? ¿Dinero? ¿Belleza? ¿Reconocimiento? ¿Una familia? ¿Éxito?
Todo eso puede existir y, sin embargo, no alcanzar para impedir un sufrimiento psíquico profundo o una enfermedad cerebral.
La vida interior no funciona como una cuenta bancaria. No podemos sumar éxitos y restar sufrimientos. Robin Williams tenía fama y talento. Cheslie Kryst tenía belleza, inteligencia y una carrera extraordinaria. Ninguno de esos atributos constituía una garantía contra el dolor. Y esa es quizás la lección más incómoda. Mirar más allá de la sonrisa
Hablar de suicidio no debería significar convertir la muerte en espectáculo ni buscar explicaciones fáciles. Tampoco debería consistir en reconstruir minuciosamente los últimos momentos de una persona. Debería servir para algo mucho más importante: aprender a reconocer el sufrimiento antes de que sea demasiado tarde.
A veces la ayuda comienza con una pregunta muy sencilla: "¿Cómo estás?" Pero no preguntada por cortesía. Preguntada de verdad. Y, sobre todo, seguida de otra: “¿Cómo estás cuando nadie te está mirando?"
Porque tal vez allí esté una de las claves. Vivimos en una época que premia la apariencia de felicidad. Las redes sociales muestran rostros sonrientes, cuerpos perfectos, viajes, ascensos, celebraciones y vidas aparentemente resueltas. En ese escenario, admitir que uno no está bien puede sentirse como un fracaso.
Y algunas personas aprenden a esconderlo extraordinariamente bien. Robin Williams podía hacer reír a una multitud mientras atravesaba un deterioro que los demás no comprendían.
Cheslie Kryst podía representar a Estados Unidos como Miss USA, trabajar en televisión y mantener una imagen pública brillante mientras convivía con un sufrimiento que no era evidente para quienes la rodeaban.
No son historias idénticas. Y sería irresponsable convertirlas en una misma explicación. Pero comparten una enseñanza. El dolor no siempre tiene cara de dolor. Por eso debemos aprender a mirar un poco más allá de la sonrisa, del currículum, del vestido perfecto, del premio, del escenario y de la fotografía No para sospechar de todos, sino para estar más atentos a quienes amamos. Necesita que alguien se siente a su lado y le diga (porque algunas veces la persona que parece estar perfectamente bien no necesita que le digamos "tenés que ser fuerte"): "No tenés que demostrarme nada. Contame cómo estás”. Y, sobre todo, que esté dispuesto a quedarse a escuchar la respuesta.