Empezó a escribir después de una pérdida, y desde entonces no dejó de hacerlo. Dramaturgo, director y actor, Fabian Rafael construye una obra que busca incomodar, emocionar y dejar preguntas. Entre el crecimiento personal, los desafíos del teatro y un próximo estreno en México, su historia es también la de insistir.
El teatro no apareció como elección, sino como necesidad.“Empecé a escribir a los cuarenta años, me pasó una tragedia y ahí empecé”, cuenta Fabian Rafael en un diálogo íntimo con LA COLUMNA. El punto de inflexión llegó en un taller literario. El docente, el dramaturgo Mario Costello, le marcó un camino posible. “Me dijo: ‘esto es lo tuyo’”. No había leído teatro, pero igual lo intentó. Tomó un cuento largo, lo adaptó y escribió su primera obra. Desde entonces, no paró.
Se impuso una rutina exigente: escribir varias obras por año, trabajar ideas en paralelo, sostener una disciplina que combina impulso y oficio. “Me puse la meta de escribir cinco obras por año, a veces llegaba a siete”, dice. A la par, siguió con cuentos, empezó una novela y hasta incursionó en la poesía. Pero el teatro se volvió el centro. “No concibo la vida sin el teatro”, afirma.
Su crecimiento como escritor, explica, se dio en la práctica. Escribir, corregir, volver a escribir. “Al principio uno tacha mucho. Después cada vez menos, hasta que ya escribís más directo”, reflexiona. También buscó entender el escenario desde adentro: hizo talleres de actuación, dirigió, actuó. No por ambición actoral, sino para afinar la escritura. “Quería verlo desde el punto de vista del actor”, explica.
Ese recorrido terminó de moldear un estilo propio. Sus obras combinan comedia, drama y fantasía, pero sobre todo trabajan sobre el efecto. “Me gusta que la gente no se espere el final”, dice. Busca el quiebre, el giro, ese momento en que algo descoloca al espectador.
Pero no se queda ahí. Hay una intención más profunda que atraviesa su trabajo: generar algo después de la función. “La idea es que salgan del teatro y piensen”, sostiene. En algunos casos, incluso, que se animen a cambiar. “Si logro que alguien salga del teatro y se anime a ser libre, ya está”.
Sus textos tocan temas sociales, incomodidades, desigualdades. No desde el discurso explícito, sino desde la escena. Para él, el teatro tiene que dejar algo. No alcanza con entretener.

Hacer teatro en Santiago
Ese impulso creativo convive con un contexto que muchas veces juega en contra. En Santiago del Estero, el teatro independiente enfrenta dificultades estructurales: poco público, circuitos reducidos, condiciones desiguales.
“Aquí no va mucha gente al teatro”, dice. Y señala una contradicción que se repite: “Hacés una obra, cobrás diez mil pesos y la gente se enloquece. Viene una obra de afuera y pagan cuarenta mil sin chistar”.
No es una queja, sino una observación. “Yo creo que es costumbre”, agrega. A eso se suma la lógica de producción: mientras algunas propuestas cuentan con apoyo estatal, otras deben sostenerse de manera independiente. “Hay espectáculos gratuitos. A los que no nos contratan tenemos que cobrar entrada, y ahí se complica”, explica.
La dificultad empieza incluso antes de la escena. Para que una obra llegue a montarse, primero tiene que ser leída. Y eso no siempre ocurre. El recorrido implica acercar el texto a un director, esperar una devolución, lograr que alguien quiera ponerlo en escena.
Un proceso lento, incierto. “Desde que uno termina una obra hasta que se la lee un director, que la propone a su grupo y se empieza a ensayar, pueden pasar meses”, explica. En ese trayecto, muchas obras quedan en pausa, sin llegar a concretarse.
Cuando finalmente una obra se monta, aparece otro posible obstáculo: el público. En la provincia predomina un tipo de espectador que, según describe, busca todo resuelto, sin zonas de ambigüedad. “Si le das algo para pensar, ya cuesta”, dice. Y lo contrapone con su propia búsqueda: obras que no expliquen todo, que dejen preguntas abiertas, que incomodan un poco. En ese cruce, muchas veces aparece la distancia.
En ese contexto, cada función implica una apuesta. Ensayos largos, trabajo colectivo, inversión de tiempo y energía sin garantía de continuidad. Porque incluso cuando una obra se estrena, sostenerla en cartel es otro desafío. “Las obras son para hacerlas como mínimo veinte funciones”, dice, aunque en la práctica local eso no siempre se cumple.
El resultado es un circuito frágil, donde hacer teatro depende tanto del deseo como de la resistencia. Sin embargo, a pesar de los límites, las obras siguen apareciendo. Se escriben, se ensayan, se montan. Y vuelven a empezar.
También aparecen diferencias dentro del propio campo teatral. No todos producen al mismo ritmo ni con la misma lógica. Mientras algunos grupos y creadores estrenan de manera sostenida, otros repiten fórmulas o mantienen las mismas obras durante años. “Hay gente que hace 25 años hace la misma obra”, dice, marcando una distancia.
Es por esto que su dedicación no es solo un ejercicio personal, sino una forma de evitar que el teatro se estanque. El circuito ya de por sí es limitado, la repetición termina achicándolo aún más.
La comparación no aparece desde la crítica directa, sino desde una forma de entender el oficio. Para él, escribir implica producir, arriesgar, probar. Incluso cuando eso significa enfrentarse, una y otra vez, a las mismas dificultades.
Un recorrido que se expande
Aun así, su producción creció. Varias de sus obras lograron sostenerse. Muchas de sus creaciones llegaron a estrenarse fuera de Santiago del Estero, como en Santa Fe, La Plata, Mar del Plata. Incluso su pieza “Bipolares” dio un paso más: tuvo temporada en Mar del Plata durante el verano.
En ese recorrido, apareció también una novedad: el salto al exterior. El 11 de abril, su obra Couchados se estrenará en Matamoros, México. La oportunidad surgió a partir de la circulación de sus textos en plataformas digitales. “Me piden los derechos, hago los trámites y ahora la estan por hacer”, explica. La paradoja no pasa desapercibida: “Es una obra que todavía no la han estrenado aquí en Argentina”.
Aunque imaginaba que podía suceder, lo sorprendió la velocidad. “Pensaba que iba a pasar, pero no tan rápido”, admite. El reconocimiento, otra vez, aparece afuera.
Mientras tanto, continúa trabajando en dos proyectos. Mi Abuela Liz es una comedia que el autor no sólo escribió, sino que también se animó a dirigir. Su origen es curioso: surgió por el pedido de una compañera que quería una obra específica para ella. Aunque inicialmente pareció no convencer a quien la encargó.
Lejos de archivar el texto, decidió tomar las riendas de la puesta en escena. Esta comedia explora las tensiones y diferencias generacionales entre una abuela que reside en un geriátrico y su nieta. La obra no sólo logró consolidarse sino que obtuvo un importante reconocimiento técnico: en un certamen provincial, el protagonista de esta pieza fue galardonado como el mejor actor.
Por otro lado, se encuentra pronto a estrenar "El viaje de Antonia" que representa una incursión profunda en la identidad histórica y espiritual de Santiago del Estero, centrada en la figura de Mama Antula. El proyecto nació de una inquietud personal del dramaturgo por escribir sobre ella, al considerarla "por lejos el personaje más importante que tiene Santiago". Esta producción fue escrita en colaboración con una compañera que aportó el rigor de los datos mientras él le imprimía el "vuelo" teatral.
Y deja un mensaje claro Para quienes nunca asistieron a un teatro: "La gente que nunca ha ido al teatro que vaya, que se va a sorprender, puede gustarlo o no".