Tienen entre 15 y 29 años, y sus días transcurren al margen de las aulas y los empleos formales. Detrás del rótulo estigmatizante de la "generación nini", se esconden diversas historias. En el último tiempo se sumo la categoría “ni buscan trabajo”. ¿Qué pasa con ese rango etario y cómo se avisorá el futuro para ellos?
Hay una frase que aparece cada vez que se habla de jóvenes entre 15 y 29 años que no estudian ni trabajan: "No quieren hacer nada". Es una frase corta. Cómoda. Y demasiado fácil.
Alcanza con mirar un poco más de cerca para descubrir que detrás de esa etiqueta hay historias completamente diferentes. Está el joven que abandonó el secundario. Está quien terminó la escuela, pero todavía no consiguió su primer empleo. Está quien trabaja de manera informal y no entra en la imagen tradicional del trabajador. Está quien envía currículums y nunca recibe una respuesta. Está quien dejó de buscar después de varios intentos fallidos. Y también está quien permanece en su casa porque cuida a sus hijos, a sus hermanos, a una persona mayor o a otro integrante de la familia.
Todos pueden quedar atrapados en una misma palabra: "ni-ni". Sin embargo, las estadísticas laborales argentinas son más precisas, pues no es lo mismo no tener trabajo que no buscarlo.
Una persona sin empleo que busca activamente una ocupación integra la Población Económicamente Activa (PEA) y es contabilizada como desocupada. En cambio, quien no tiene empleo ni realiza una búsqueda activa queda dentro de la Población Económicamente Inactiva (PEI). La diferencia parece técnica, pero cambia por completo la lectura social.

El último dato disponible de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del INDEC para el primer trimestre de 2026 muestra una particularidad muy fuerte para el conglomerado Santiago del Estero-La Banda. La zona registró una tasa de desocupación de apenas 0,7%. La tasa de actividad fue del 42,6% y la de empleo llegó al 42,3%. La subocupación se ubicó en 5,1% (3,9% demandante y 1,2% no demandante).
El contraste con el conjunto de los 31 conglomerados urbanos es enorme: a nivel nacional, durante ese mismo trimestre, la desocupación promedió el 7,8%. Santiago del Estero-La Banda figuró así entre los conglomerados con menor desempleo abierto del país.
El número puede leerse como una buena noticia, y en parte lo es. Pero resulta insuficiente para explicar qué ocurre con los jóvenes sin ocupación. Como la tasa de desocupación se calcula exclusivamente sobre la población activa, quienes no buscan empleo quedan fuera del denominador.
Por eso, un desempleo del 0,7% no significa que sólo el 0,7% de los habitantes carezca de trabajo. Significa que esa es la proporción de desocupados dentro de quienes participan activamente del mercado laboral. Y allí empieza la discusión que la etiqueta simplificadora suele invisibilizar.
El mercado laboral santiagueño tiene dinámicas propias. El conglomerado provincial concentra buena parte de la actividad urbana, donde conviven empleo público, comercio, construcción, servicios, pequeñas unidades productivas, trabajadores independientes y actividades informales.
La economía cotidiana se sostiene habitualmente en formatos que distan del empleo tradicional de ocho horas. Una changa o trabajo por encargo. Un pequeño emprendimiento personal. La colaboración en un comercio familiar. La venta desde el hogar o un servicio por cuenta propia.
Desde el punto de vista del sustento diario, todo eso aporta ingresos. Desde la protección laboral y la estadística oficial, la lectura es diferente. Por eso, al analizar a la juventud, la fotografía exige múltiples indicadores: educación, actividad, empleo, informalidad, subocupación e inactividad. La pregunta no es sólo cuántos jóvenes están desempleados, sino cuántos permanecen al margen del mercado.
La situación no comenzó en 2026. Los antecedentes disponibles muestran que las dificultades de inserción y continuidad educativa forman parte de un problema estructural de más de una década.
Un diagnóstico oficial elaborado con datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) y el Sistema de Información, Monitoreo y Evaluación de Programas Sociales (SIEMPRO) señalaba que, en 2014, el 52,5% de los jóvenes santiagueños de 18 a 24 años no había completado la escuela secundaria (un dato histórico que no refleja la cifra actual, pero sí la raíz del fenómeno). Asimismo, relevamientos de 2016 en el conglomerado mostraban una proporción significativa de jóvenes en situación de inactividad laboral y formativa.
Diferenciar un dato histórico de uno actual resulta clave para la precisión. Las cifras pasadas permiten comprender que el problema no nació recientemente: la escuela y el trabajo son los dos pilares de la transición hacia la adultez, y cuando uno se interrumpe, el trayecto se vuelve incierto.
El secundario completo no garantiza un empleo, pero no terminarlo multiplica las barreras de acceso. El desenganche escolar suele ser silencioso: ausencias reiteradas, materias acumuladas, pérdida progresiva del vínculo pedagógico, la necesidad de realizar changas o ayudar en el hogar y, finalmente, la falta de sentido percibida en continuar.
El impacto aparece años después, cuando, al completar una solicitud de empleo, chocan con la exigencia del título. Lo mismo sucede al postular a capacitaciones laborales específicas, al intentar acceder a estudios superiores e incluso al competir con cientos de postulantes por tareas de baja calificación.
La Encuesta Nacional de Jóvenes (realizada por el INDEC en 2014) reflejaba que, de 6.400 jóvenes relevados, de 15 a 29 años, solo el 46% había finalizado el secundario, el 19% lo había abandonado y el 27% aún asistía. Abandonar la escuela implica perder la credencial básica del mercado. A menor calificación, mayor es la competencia por puestos precarios.

La crisis sanitaria de 2020 profundizó las brechas preexistentes. Interrumpió la presencialidad escolar, destruyó ocupaciones informales y reestructuró las tareas de cuidado en los hogares.
Quienes intentaban dar su primer paso laboral quedaron en una posición vulnerable. El primer empleo carga con una paradoja clásica: exige una experiencia previa que nadie ofrece la oportunidad de construir.
Para muchos, el debut laboral ocurre en la informalidad: changas en la construcción, comercio, gastronomía, reparto o ayuda familiar. La Encuesta Nacional de Jóvenes mostraba que casi 8 de cada 10 jóvenes conseguían su primera ocupación a través de contactos personales (familiares, amigos o conocidos), movidos por la necesidad de contar con dinero propio o aportar a la economía del hogar.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) advierte, en forma recurrente, sobre la mayor exposición juvenil a la informalidad. Trabajar sin registro resuelve una urgencia económica inmediata, pero impide la acumulación de derechos laborales y experiencia protegida.
Detrás de la etiqueta "ni-ni" hay realidades invisibilizadas, marcadas fuertemente por la brecha de género: una joven que prepara el desayuno cuida a sus hijos, traslada a sus hermanos a la escuela, atiende a un adulto mayor y gestiona el hogar, realiza un trabajo de horas continuas. Para las estadísticas laborales figura como "inactiva", aunque en la práctica sostiene la vida familiar.
La Encuesta Nacional de Jóvenes evidenció esta disparidad. Cerca del 20% de las mujeres jóvenes no estudiaba, no trabajaba ni buscaba empleo; pero casi el 16% de ellas realizaba tareas de cuidado. Entre los varones, esa misma condición alcanzaba a menos del 1%.
El 46,6% de las mujeres jóvenes cuidaba niños habitualmente, frente al 21,3% de los varones.
El género condiciona las oportunidades. Antes de preguntar por qué una joven no busca empleo, caben otras preguntas estructurales: ¿Quién cuidaría a sus dependientes durante la jornada laboral? ¿Existen jardines maternales accesibles? ¿El costo del transporte y los horarios son compatibles con sus responsabilidades familiares?

Buscar trabajo requiere recursos: transporte, conectividad, impresiones, vestimenta adecuada y la logística para delegar cuidados. Para un joven de menores ingresos, sostener la búsqueda en el tiempo, resulta costoso.
Enviar decenas de postulaciones sin obtener respuesta deriva paulatinamente en el desaliento. La persona deja de buscar y, en ese instante, la estadística la desplaza de la categoría de "desocupado" a la de "inactivo". El desaliento no figura como un índice explícito en la tasa de desempleo, pero funciona como una realidad social concreta.
Las oportunidades no se distribuyen de manera uniforme. Los centros urbanos concentran la oferta formativa y laboral, mientras que el interior provincial presenta mercados más acotados. Para capacitarse o trabajar, un joven del interior suele enfrentar barreras físicas: distancias, costos de traslado y limitaciones de conectividad.
Por ello, la medición de la EPH para el conglomerado Santiago del Estero-La Banda no debe trasladarse de forma automática como una radiografía de todo el territorio provincial.
El concepto "ni-ni" simplifica trayectorias heterogéneas. Engloba por igual a quien busca empleo y se desalienta, pero también a quien sostiene cuidados familiares, a quien realiza capacitaciones no formales, a quien trabaja en la informalidad o a quien abandonó los estudios por necesidad económica.
Por eso, calificar a esta población como una "generación perdida" resulta impreciso. La noción de pausa describe mejor la situación: implica que la trayectoria puede reanudarse mediante políticas de formación, esquemas de cuidado, transporte y oportunidades de primer empleo.
El dato de 0,7% de desocupación en el conglomerado muestra un mercado con alta ocupación o absorción informal, pero la inclusión real de los jóvenes requiere mirar más allá del número. El reto consiste en evitar que las barreras iniciales transformen una pausa temporal en una exclusión permanente.
Para comprender en toda su magnitud el fenómeno de los jóvenes inactivos en Santiago del Estero, resulta insustituible confrontar las cifras absolutas y relativas publicadas por el INDEC a través de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) y los informes técnicos de informalidad del último ciclo anual.
En el primer trimestre de 2026, la medición técnica del conglomerado Santiago del Estero-La Banda arrojó los siguientes valores cuantitativos clave:
El cruce de estas métricas revela una diferencia estructural determinante: mientras que la tasa de desocupación mide a quienes están buscando trabajo activamente y no lo encuentran, la Tasa de Inactividad (Población Económicamente Inactiva - PEI) en Santiago del Estero-La Banda alcanza el 57,4% de la población total urbana (100% - 42,6% de Tasa de Actividad).
A nivel nacional, la inactividad ronda el 51,4%. Esto demuestra cuantitativamente que el conglomerado local posee una masa proporcionalmente mayor de ciudadanos que no participan en el mercado formal o abierto de trabajo.
Dentro de ese 57,4% de inactivos, la metodología estadística agrupa a:
Es precisamente en la intersección de las categorías de estudiantes y personas de cuidado/desalentadas donde la "Generación Ni-Ni" encuentra su verdadera dimensión estadística.
El bajo desempleo nominal del 0,7% en el conglomerado no implica automáticamente pleno empleo de calidad ni estabilidad socioeconómica. De acuerdo con el informe de Indicadores de Informalidad Laboral del INDEC (serie iniciada en 2025), el Norte Grande argentino (NOA y NEA) registra niveles de informalidad asalariada que oscilan entre el 43% y el 49%, situándose sustancialmente por encima de la media nacional (que ronda el 36%-38%).
Al analizar el grupo etario de 14 a 29 años en la provincia de Santiago del Estero, los informes socioeconómicos regionales arrojan los siguientes patrones de inserción:

Los datos del Índice de Salarios del INDEC para el primer semestre de 2026 muestran que los salarios del sector privado no registrado y las actividades informales crecieron sensiblemente por debajo de la canasta básica regional. Para un joven trabajador no registrado en la provincia, la remuneración promedio apenas llega a cubrir entre un 40% y un 55% de la Canasta Básica Total (CBT) individual, perpetuando la necesidad de recibir transferencias sociales o asistencia del núcleo familiar directo.
La medición del impacto de género en la juventud no ocupada de Santiago del Estero arroja datos de especial severidad. Las encuestas de uso del tiempo e informes de trabajo no remunerado del INDEC reafirman que la inactividad laboral juvenil no se distribuye de manera equitativa.
Distribución de horas semanales en tareas domésticas y de cuidado (Jóvenes de 18 a 29 años)
En los barrios populares de Santiago del Estero y La Banda, así como en las áreas rurales del interior provincial, el inicio temprano de la maternidad condiciona de forma directa la permanencia en el sistema educativo secundario y superior:
El factor educativo continúa siendo la variable predictiva más determinante en la trayectoria laboral juvenil de la provincia.
La realidad del mercado de trabajo no finaliza en los límites de Santiago del Estero-La Banda. Al expandir el análisis hacia los departamentos del interior (como Moreno, Copo, Robles, Choya, Banda rural, Pellegrini o General Taboada), el escenario de la juventud inactiva adopta dinámicas territoriales singulares:
Solamente articulando la precisión estadística con la comprensión de la realidad cotidiana será posible transformar la "pausa" de miles de jóvenes santiagueños en una trayectoria efectiva de desarrollo personal, laboral y social.
FUENTES: Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), Encuesta Permanente de Hogares (EPH - Primer trimestre 2026), Encuesta Nacional de Jóvenes; Sistema de Información, Evaluación y Monitoreo de Programas Sociales (SIEMPRO); Organización Internacional del Trabajo (OIT).