Martín Miguel de Güemes pertenece a este último grupo. Sin embargo, cuando la historia es observada con detenimiento y sin simplificaciones, su figura emerge con una dimensión extraordinaria, hasta convertirse en uno de los pilares fundamentales sobre los cuales se construyó la independencia argentina.
Cada 17 de junio, al recordarse su paso a la inmortalidad, la Argentina tiene la oportunidad de rendir homenaje no solamente a un militar brillante, sino a un patriota excepcional que comprendió como pocos la magnitud de la hora histórica que le tocó vivir.
La independencia no fue un hecho inevitable. No fue el resultado natural de la Revolución de Mayo ni una consecuencia automática del desgaste del poder español. Por el contrario, durante años estuvo amenazada, cuestionada y puesta en riesgo por ejércitos realistas que conservaban una enorme capacidad militar y que buscaban recuperar para la Corona los territorios que comenzaban a rebelarse.
En aquellos tiempos inciertos, cuando la patria apenas era una esperanza y no una realidad consolidada, el norte argentino se convirtió en el escenario donde se jugaba buena parte del destino nacional.
Desde el Alto Perú descendían periódicamente las fuerzas realistas. Su objetivo era claro: aplastar el proceso revolucionario, destruir los gobiernos patrios y reinstaurar definitivamente la autoridad española sobre estas tierras.
Frente a semejante amenaza apareció la figura de Güemes. No contaba con los recursos de los grandes ejércitos europeos ni disponía de una maquinaria militar comparable a la de sus adversarios. Tenía algo más importante: conocía su tierra, comprendía a su pueblo y poseía una convicción inquebrantable respecto de la necesidad de defender la libertad.
Con sus gauchos, con hombres humildes surgidos de los campos, las montañas y los valles del norte, organizó una resistencia que todavía hoy asombra por su eficacia. Aquella Guerra Gaucha fue mucho más que una sucesión de enfrentamientos militares. Constituyó una auténtica gesta popular donde el pueblo se transformó en protagonista de la defensa de la independencia.
Los realistas podían ganar combates aislados, pero no podían dominar un territorio cuyos habitantes se habían convertido en centinelas permanentes de la patria naciente. Cada sendero, cada quebrada y cada camino se transformaba en una trampa para el invasor. Cada campesino era un observador. Cada gaucho un combatiente. Cada familia una colaboradora de la causa emancipadora. Gracias a esa resistencia heroica, el avance español fue contenido una y otra vez.
Y aquí aparece uno de los aspectos más fascinantes y menos valorados de nuestra historia. Mientras Güemes defendía el norte, otro hombre preparaba una de las campañas militares más extraordinarias de todos los tiempos. José de San Martín comprendía que la independencia sólo podría consolidarse derrotando definitivamente al poder español en el Pacífico. Para ello debía organizar el Ejército de los Andes, cruzar la cordillera, liberar Chile y posteriormente avanzar sobre Perú.
Pero semejante empresa requería algo fundamental: tiempo. Tiempo para formar soldados. Tiempo para reunir armas. Tiempo para entrenar tropas. Tiempo para planificar una operación que parecía imposible. Ese tiempo fue comprado con sacrificio por Güemes y sus gauchos.
Mientras San Martín preparaba el cruce que cambiaría la historia de América, Güemes impedía que los realistas avanzaran hacia el corazón de las Provincias Unidas. Mientras uno organizaba la ofensiva estratégica, el otro sostenía la defensa indispensable para que esa ofensiva pudiera concretarse.
No se trató de historias paralelas. Fue una misma causa. Una misma lucha. Un mismo proyecto de libertad.