Hace ochenta años, el mundo intentó aprender de su mayor tragedia. Las ruinas humeantes de la Segunda Guerra Mundial, los millones de muertos, el Holocausto y la constatación de hasta dónde podía llegar la barbarie humana empujaron a las naciones a crear un sistema internacional que evitara la repetición de semejante catástrofe.
Así nació la Organización de las Naciones Unidas y, en su centro neurálgico, el Consejo de Seguridad, concebido como el órgano encargado de garantizar la paz y la seguridad internacional. Ocho décadas después, ese mandato fundacional sigue siendo más una promesa que una realidad.
Desde 1945 hasta hoy, el planeta no conoció un solo día de paz plena. Las guerras se sucedieron sin interrupción, mutando en su forma, en su intensidad y en sus actores, pero nunca desapareciendo.
Conflictos interestatales, guerras civiles, luchas de liberación, enfrentamientos ideológicos durante la Guerra Fría, invasiones preventivas, guerras híbridas y conflictos asimétricos conforman una lista interminable que expone una verdad incómoda: el sistema diseñado para preservar la paz nunca logró cumplir plenamente su objetivo central.
El Consejo de Seguridad nació con una lógica propia del mundo de posguerra. La idea era simple y, al mismo tiempo, profundamente pragmática: evitar un nuevo enfrentamiento global entre las grandes potencias, otorgándoles un lugar privilegiado en la toma de decisiones.
De allí surgió la figura de los cinco miembros permanentes con poder de veto. Aquello que se pensó como un mecanismo de equilibrio terminó convirtiéndose, con el paso del tiempo, en una de las principales causas de la parálisis del organismo.
El veto, lejos de ser una garantía de estabilidad, se transformó en un arma política. Cada uno de los miembros permanentes lo utiliza para proteger sus intereses estratégicos, sus aliados o sus zonas de influencia.
El resultado es un Consejo de Seguridad incapaz de actuar cuando más se lo necesita. Ucrania es quizá el ejemplo más crudo: años de guerra, cientos de miles de muertos, millones de desplazados y un Consejo bloqueado por vetos cruzados. Siria, Gaza, Yemen, Libia o Sudán refuerzan la misma lógica: cuando la paz entra en conflicto con los intereses de las grandes potencias, la paz pierde.
Esta incapacidad no es solo operativa, sino también moral. La ONU se presenta como el foro del “mundo civilizado”, pero ese mundo aparece profundamente dividido, más preocupado por preservar equilibrios de poder que por proteger vidas humanas.
Las resoluciones que no se cumplen, las misiones de paz sin mandato claro o sin recursos suficientes y las condenas retóricas sin consecuencias concretas erosionan la credibilidad del organismo. La paz se declama, pero no se impone; la seguridad se invoca, pero no se garantiza.
A esta crisis estructural se sumó, con especial fuerza desde fines del siglo XX, el fenómeno del terrorismo internacional.
El terrorismo islámico, en particular, modificó radicalmente el concepto de seguridad global. Ya no se trata solo de Estados enfrentados entre sí, sino de actores no estatales capaces de golpear en cualquier lugar del mundo, utilizando el miedo como arma y a los civiles como objetivo principal.
Atentados en Nueva York, Madrid, Londres, París, Bruselas o Jerusalén mostraron que ninguna sociedad está completamente a salvo.
Frente a este desafío, el Consejo de Seguridad volvió a mostrarse limitado. Hubo resoluciones, listas de sanciones, operaciones puntuales y llamados a la cooperación internacional, pero nunca una estrategia integral y sostenida.
El terrorismo no se combate solo con fuerza militar: requiere abordar la radicalización ideológica, el financiamiento clandestino, los vacíos de poder en Estados fallidos y las fracturas sociales que alimentan el extremismo.
En todos esos frentes, la respuesta internacional fue fragmentada, tardía y muchas veces contradictoria.
El problema de fondo es que el Consejo de Seguridad sigue operando con categorías del siglo XX en un mundo del siglo XXI. Las amenazas actuales son transnacionales, difusas y cambiantes.
El terrorismo, los ciberataques, el crimen organizado, las migraciones forzadas y las guerras híbridas no respetan fronteras ni encajan fácilmente en los marcos jurídicos tradicionales. Sin embargo, la estructura decisoria sigue atada a una lógica estatal rígida y a un reparto de poder que ya no refleja la realidad global.
Ochenta años después, el mundo es radicalmente distinto.
Nuevas potencias emergieron, otras perdieron influencia, y los equilibrios geopolíticos se volvieron más complejos. Sin embargo, el Consejo de Seguridad permanece prácticamente intacto.
África, América Latina y gran parte de Asia siguen subrepresentadas. Las demandas de reforma se repiten, pero chocan siempre con el mismo obstáculo: quienes tienen el poder para cambiar el sistema no tienen incentivos para hacerlo.
El balance histórico es, como mínimo, ambivalente. El Consejo de Seguridad puede exhibir algunos logros: contribuyó a evitar una guerra nuclear directa entre grandes potencias y facilitó procesos de paz puntuales. Pero esos éxitos resultan insuficientes frente al cúmulo de fracasos.
No evitó genocidios, no impidió guerras prolongadas, no logró erradicar el terrorismo ni garantizar la seguridad de millones de personas.
La paradoja final es que el organismo creado para preservar la paz terminó reflejando las mismas tensiones, egoísmos y desigualdades que pretendía superar.
La ONU no está fuera del sistema internacional: es su espejo. Mientras el mundo siga organizado en torno a intereses nacionales irreconciliables, la paz seguirá siendo frágil y selectiva.
Ochenta años después de su creación, el Consejo de Seguridad enfrenta una disyuntiva histórica.
O se reforma profundamente para adaptarse a las amenazas y realidades del presente, o continuará deslizándose hacia la irrelevancia práctica.
La paz y la seguridad internacional no pueden seguir siendo consignas vacías. Si el mundo no logra transformar esa promesa fundacional en una acción efectiva, el legado de estos ochenta años será el de una oportunidad perdida, y el futuro seguirá escribiéndose bajo el signo permanente del conflicto.
Julio César Coronel