27 de agosto, 2026
Actualidad

Moños, encajes, coletas, colores pastel, inocencia y una apariencia deliberadamente juvenil. La moda volvió a poner en tendencia algunos códigos asociados con la infancia, pero detrás de la tendencia existe una discusión más incómoda: qué ocurre cuando esos mismos rasgos se convierten en atributos sexualmente atractivos en mujeres adultas.

Una mujer adulta posa frente a una cámara. Lleva ropa reveladora, maquillaje cuidado y una estética inspirada en la infancia. En la escena aparecen juguetes, colores pastel o accesorios que remiten a una época en la que el personaje representado todavía no era sexualmente adulto. La imagen busca simultáneamente dos cosas que, en principio, parecen contradictorias: mostrar sensualidad y conservar una apariencia inocente.

No es una imagen nueva. La cultura pop lleva décadas explotando esa contradicción. Y las redes sociales no hicieron más que multiplicarla.

En Argentina, las imágenes de Emilia Mernes. La cantante construyó buena parte de su identidad visual en una estética combina una imagen deliberadamente juvenil con una representación adulta y sexualizada. Incluso llego a realizar fotos rodeada de juguetes.

Otro ejemplo es Zaira Nara, que en una las campañas de su marca “Zaira Beuty” presentó una producción de moda en la que la modelo utilizó lencería Barbiecore, corset, culotte y dos colitas bajas sujetas con lazos rosas. El medio TN describió la estética como “full Lolita”

No se trata de afirmar que ninguna de ellas esté promoviendo una sexualización de menores ni que una mujer que utilice estos códigos tenga una intención determinada. La cuestión es cultural: ¿por qué determinados rasgos asociados con la infancia pueden convertirse en elementos sexualmente atractivos cuando aparecen en mujeres adultas?

Existe una tradición cultural en la que características asociadas con la infancia, la inocencia, la fragilidad, la ingenuidad, la dependencia, la juventud extrema o una apariencia aniñada, son incorporadas a representaciones sexualizadas de mujeres adultas.

La mujer adulta debe ser sexualmente atractiva, pero al mismo tiempo puede resultar más deseable cuando conserva aquello que culturalmente asociamos con una niña: parece inocente, vulnerable, pequeña, inexperta o ajena al mundo adulto.

No es casual que una parte de la cultura popular haya convertido conceptos como Lolita, babygirl, schoolgirl o nymphet en códigos reconocibles dentro de la representación sexual.

La cuestión no es que esas palabras sean equivalentes entre sí. No lo son. Pero comparten un territorio simbólico: la construcción de una feminidad joven, vulnerable o inocente que puede ser observada y sexualizada desde una posición adulta.

No se trata de afirmar que todos los hombres adultos encuentren atractivas a las mujeres que parecen niñas, ni que toda estética juvenil tenga una connotación sexual.

La nostalgia por la juventud

En los últimos años, se ha presenciado el regreso de La vuelta de la estética coquette, basada en prendas delicadas, de colores pasteles, moños y accesorios sutiles. Tambien el llamado Y2K de los 2000s recuperó prendas, accesorios y códigos visuales que habían quedado asociados con la adolescencia de quienes crecieron durante esa época: tops pequeños, minifaldas, pantalones de tiro bajo, brillos, accesorios para el cabello y una imagen corporal extremadamente delgada.

Antes habían regresado los años 90 y distintas versiones de la estética de los 70 y 80. También volvieron elementos todavía más cercanos a la infancia: personajes de dibujos animados, juguetes, estampas escolares, mochilas, accesorios coloridos y referencias a películas y series que marcaron a generaciones enteras.

Pero las mujeres que adoptan estas estéticas son adultas y tienen derecho a utilizar los elementos que quieran. Llevar un moño rosa no convierte a una mujer en una niña ni constituye una invitación sexual.

Responsabilizar a una mujer por la violencia que recibe debido a su ropa reproduce una lógica de culpabilización de las víctimas. El problema no es el moño, sino la violencia ejercida por quien decide agredir. Pero eso no significa que la estética no pueda ser analizada.

La revista Rolling Stone señala que el coquette recupera elementos relacionados con la inocencia y la juventud y que algunas interpretaciones lo vinculan con una infantilización de la feminidad. También advierte que el mercado puede apropiarse de esos códigos y sexualizarlos para convertirlos en objetos de consumo.

Ahí está la diferencia fundamental: una mujer puede elegir una estética infantilizada sin que esa estética sea, por sí misma, sexual. Pero la cultura puede haber aprendido a leer esos mismos atributos como sexualmente atractivos.

 

El cuerpo adulto que intenta parecer joven

La infantilización tampoco se limita a la ropa. Durante décadas, los estándares de belleza occidentales han privilegiado características relacionadas con la juventud: piel lisa, ausencia de vello, cuerpos delgados y pocas señales visibles del envejecimiento.

La escritora Taylor Percella Smith plantea justamente esta cuestión al analizar cómo algunos ideales de belleza acercan el cuerpo femenino deseable a características previas o cercanas a la pubertad. Su planteo debe entenderse como una crítica cultural que sirve para formular una pregunta incómoda: ¿por qué tantos signos naturales de la madurez femenina son tratados como imperfecciones que deben eliminarse?

La industria ofrece cremas para borrar las arrugas, tratamientos para recuperar la firmeza, métodos para eliminar el vello y productos destinados a mantener una apariencia juvenil.

Envejecer parece convertirse en un fracaso estético. Y ahí aparece otra contradicción: mientras una niña es empujada cada vez más temprano hacia códigos adultos de belleza, una mujer adulta recibe constantemente el mensaje de que debe conservar una apariencia joven.

 

“Soy solo una chica”

Las redes sociales agregaron una nueva capa a este fenómeno. Frases como “Im just a girl” y las tendencias relacionadas con la girlhood pueden funcionar como humor, nostalgia y una forma de identificación entre mujeres.

 Una investigación publicada en Womens Studies International Forum en 2026 encontró precisamente esa ambivalencia: las mujeres jóvenes entrevistadas describieron estas tendencias como espacios de solidaridad y expresión, pero también señalaron que pueden reproducir estereotipos de inmadurez y dependencia.

La infantilización de las mujeres no consiste únicamente en vestirlas como niñas. En términos sociales, implica tratarlas como si fueran menos autónomas, menos capaces o menos maduras de lo que son.

Puede aparecer en el lenguaje, cuando se llama “nena” o “chica” a una mujer adulta en contextos donde eso reduce su autoridad, como en su trabajo o ámbitos educativos. Pero también en las expectativas sobre su apariencia y comportamiento.

La mujer adulta puede ser sexualmente atractiva, pero debe parecer joven. Puede ser deseable, pero debe conservar cierta inocencia. Puede ser femenina, pero la feminidad más valorada parece ser aquella que también transmite fragilidad.

La sexualización no aparece únicamente cuando existe desnudez. También puede aparecer cuando la vulnerabilidad se vuelve atractiva. Cuando la inexperiencia se vuelve sexy. Cuando la inocencia se convierte en fantasía. Cuando parecer menor es presentado como un atributo de belleza. Y cuando una mujer es considerada más deseable cuanto más consigue borrar las señales visibles de su adultez.

Existe un límite que esta discusión no debería cruzar: responsabilizar a las mujeres por la mirada sexual que reciben.  Sino preguntarse porque determinados hombres encuentran sexualmente atractivas la inocencia, la vulnerabilidad, la dependencia o la apariencia infantil, lo que lleva a la cultura a transformar esos atributos en tendencias, personajes y productos. Entonces es necesario cuestionar que se está erotizando.

 

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