24 de septiembre, 2026
Mujer

Quejarse del tránsito, del trabajo, del cansancio o de las pequeñas frustraciones de todos los días parece algo inofensivo. Incluso, muchas veces pensamos que hablar de lo que nos molesta ayuda a sentirnos mejor. Pero cuando la queja se convierte en un hábito, puede tener el efecto contrario: aumentar el estrés, alimentar la ansiedad y hacer que nuestro cerebro se acostumbre a enfocarse solo en lo negativo.

"Hoy no es mi día". "Siempre me pasa lo mismo". "Todo me sale mal". Son frases que muchas personas repiten casi sin darse cuenta. Quejarse forma parte de la vida cotidiana y, en cierta medida, es una forma de expresar lo que sentimos. El problema aparece cuando esa reacción deja de ser ocasional y se transforma en una manera permanente de enfrentar la realidad.

Especialistas en psicología explican que, aunque desahogarse puede brindar un alivio momentáneo, repetir constantemente las mismas quejas no resuelve los problemas y puede generar un círculo difícil de romper.

Quejarnos nos resulta fácil porque nuestro cerebro está preparado para detectar aquello que representa una amenaza o un problema. Ese mecanismo, conocido como "sesgo de negatividad", hace que prestemos más atención a las experiencias desagradables que a las positivas.

Además, expresar una queja puede darnos una sensación pasajera de alivio o de control frente a una situación que nos genera frustración. Es como si, al poner en palabras el problema, sintiéramos que ya estamos haciendo algo para resolverlo.

Sin embargo, esa sensación suele durar poco. Si la queja se repite una y otra vez sin que exista una búsqueda de soluciones, el cerebro termina reforzando ese patrón de pensamiento y cada vez resulta más fácil enfocarse en lo que no funciona.

 

Cuando la queja alimenta la ansiedad

Las personas que viven instaladas en la queja suelen revivir mentalmente las mismas situaciones una y otra vez. Esa repetición mantiene activo el malestar y puede aumentar la sensación de estrés, agotamiento e incluso ansiedad.

No significa que expresar lo que sentimos sea algo negativo. Hablar con alguien de confianza o pedir ayuda puede ser muy saludable. La diferencia está en el objetivo: no es lo mismo compartir una preocupación para buscar apoyo o encontrar una solución que quedarse atrapada en el mismo discurso sin avanzar.

La queja constante no solo impacta en quien la expresa. También puede afectar el clima de las relaciones personales.

Cuando una conversación gira siempre alrededor de los problemas, las personas que escuchan pueden sentir que no hay espacio para otros temas o que cualquier intento de ofrecer una solución termina siendo rechazado. Con el tiempo, esto puede generar desgaste y hacer que algunos vínculos se vuelvan más distantes.

Eso no significa que debamos guardarnos lo que sentimos. Pedir ayuda, expresar tristeza o compartir una preocupación es saludable. La diferencia está en encontrar un equilibrio entre desahogarse y abrirse a nuevas perspectivas.

El desafío de siete días

En los últimos meses comenzó a popularizarse un reto tan simple como desafiante: pasar siete días intentando no quejarse.

La propuesta no consiste en reprimir las emociones ni en fingir que todo está bien. La idea es tomar conciencia de cuántas veces nos quejamos durante el día y preguntarnos si realmente esa queja aporta algo o solo alimenta el malestar.

Muchas personas descubren que buena parte de sus conversaciones giran alrededor de problemas cotidianos que no pueden cambiar. Identificar ese hábito ya representa un primer paso para modificarlo. Los especialistas recomiendan comenzar con pequeños cambios.

Una estrategia consiste en escribir aquello que nos preocupa junto con la emoción que genera y preguntarnos si existe alguna acción concreta que podamos realizar para mejorar la situación. Otra opción es reservar un momento específico del día para pensar en las preocupaciones, en lugar de darles espacio durante toda la jornada.

También puede ser útil detenerse unos segundos antes de expresar una queja y preguntarse: ¿estoy buscando una solución, necesito apoyo o simplemente estoy descargando mi frustración?

Cambiar preguntas como "¿por qué me pasa esto?" por "¿qué puedo hacer con esta situación?" ayuda a dirigir la atención hacia aquello que sí está bajo nuestro control.

 No se trata de ser positiva todo el tiempo

Practicar el desafío de pasar unos días sin quejarse no implica convertirse en una persona que ve todo de color de rosa o que ignora los problemas. Tampoco significa dejar de reclamar cuando una situación es injusta o aceptar aquello que nos hace daño.

Sentir enojo, frustración o tristeza es completamente normal. Lo importante es que esas emociones no se conviertan en el único filtro con el que miramos la realidad.

La propuesta apunta, más bien, a observar nuestros pensamientos y preguntarnos cuánto tiempo y energía dedicamos a situaciones que no podemos modificar. A veces, cambiar el foco no transforma la realidad, pero sí cambia la manera en que la enfrentamos.

Después de todo, siempre habrá días difíciles. La diferencia está en decidir si queremos quedarnos atrapadas en ellos o utilizar esa energía para buscar alternativas, pedir ayuda o dar el primer paso hacia una solución.

Quizás el verdadero desafío no sea dejar de quejarnos por completo, sino aprender a reconocer cuándo expresar el malestar nos ayuda y cuándo, sin darnos cuenta, nos mantiene atrapadas en el mismo lugar.

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