El senador y exgobernador Gerardo Zamora niega por ahora cualquier intención de competir en 2027, pero su nombre comenzó a instalarse en conversaciones, dentro del peronismo y entre dirigentes de distintos espacios. Su origen radical, su trayectoria de alianzas con sectores peronistas y su perfil federal abren una discusión de fondo: si el movimiento puede encontrar fuera de sus estructuras tradicionales una figura capaz de representar una nueva etapa política.
Hay nombres que aparecen porque alguien los lanza al ruedo y otros que aparecen porque el escenario político empieza a necesitarlos. Gerardo Zamora pareciera estar transitando, al menos por ahora, esa zona intermedia en la que una candidatura todavía no existe formalmente, pero el nombre comienza a circular con una insistencia que ya resulta políticamente significativa.
Es cierto que no hay una candidatura presidencial de Zamora confirmada. Tampoco existe un lanzamiento personal. De hecho, cuando fue consultado públicamente sobre las versiones que lo ubican como posible candidato para 2027, el senador fue explícito: “No, no, no, son todos comentarios, posibilidades. Es muy prematuro todavía hablar de eso”. Y agregó que ser candidato “no está en mi cabeza, por lo menos por ahora”.
Pero la política tiene una particularidad, a veces la discusión sobre una candidatura comienza mucho antes de que el candidato decida ser candidato. Y eso es lo que vuelve interesante el caso.
El dato relevante no es solamente si Gerardo Zamora quiere o no competir por la presidencia. El dato político es que distintos dirigentes, sectores y espacios comenzaron a preguntarse si un dirigente que nació en el radicalismo puede convertirse en una alternativa para un peronismo que atraviesa una crisis de representación, de liderazgo y, fundamentalmente, de identidad.
LOS INTENTOS DE REINVENTAR AL PERONISMO
Para entender por qué el nombre de Gerardo Zamora puede resultar disruptivo dentro de la discusión presidencial de 2027, hay que retroceder varias décadas. No solamente porque el peronismo tiene una historia excepcionalmente larga, sino porque buena parte de sus crisis posteriores a la muerte de Juan Domingo Perón estuvieron atravesadas por una misma tensión: qué significa ser peronista cuando ya no está Perón para definirlo.
Después de la muerte de Perón, distintos dirigentes que llegaron a la presidencia intentaron, de una u otra manera, construir un “tercer movimiento”, o sea una aspiración a construir una nueva gran fuerza política de masas que logre superar y trascender a su propio movimiento político, separado del peronismo original. Como meros ejemplos, basta mencionar a Carlos Menem, Héctor Cámpora, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. Cada uno, con características y contextos históricos completamente diferentes, protagonizó una etapa de transformación del movimiento. Sin embargo, ninguno logró finalmente desprenderse del peronismo, que significa la marca o sello que daba origen y sustento a su construcción.

Una de las particularidades más llamativas del peronismo es su enorme capacidad de adaptación. Pudo atravesar dictaduras, proscripciones, el regreso democrático, transformaciones económicas, neoliberalismo, crisis sociales, gobiernos de signo progresista y nuevas derechas, sin desaparecer como identidad política. Cambió el discurso, los dirigentes, las alianzas, las políticas económicas... pero la identidad sobrevivió.
Y allí aparece una primera paradoja para pensar a Zamora, pues si el peronismo históricamente absorbió dirigentes, ideas y sectores que llegaron desde otros espacios, ¿por qué no podría intentar ahora una operación inversa, encontrar fuera de sus estructuras tradicionales a una figura capaz de representar algunos de sus valores y, al mismo tiempo, ampliar su frontera electoral?
Por supuesto que no sería una discusión menor. Sería discutir si el peronismo necesita hoy un dirigente que pertenezca estrictamente al peronismo o si, por el contrario, necesita recuperar aquella capacidad de incorporar sectores diferentes que históricamente le permitió construir mayorías.
EL PERONISMO SIN PERÓN
La muerte de Perón dejó al movimiento frente a una dificultad que nunca terminó de resolverse, que es la ausencia de una autoridad política capaz de funcionar simultáneamente como conductor, árbitro y referencia doctrinaria.
Durante su vida, distintas corrientes internas podían enfrentarse duramente, pero existía una figura alrededor de la cual se organizaba el movimiento. Después de 1974, esa centralidad desapareció. Y cada etapa del peronismo tuvo que responder una pregunta similar: ¿qué elementos son imprescindibles para seguir siendo peronista?
La respuesta nunca fue completamente uniforme. Menem llevó al peronismo hacia una transformación profunda durante los años noventa. El movimiento que había nacido asociado a la intervención del Estado en la economía y a la ampliación de derechos sociales terminó protagonizando una etapa de privatizaciones, apertura económica y convertibilidad.
Años después, el kirchnerismo volvió a modificar sustancialmente el contenido político del espacio. Néstor Kirchner y posteriormente Cristina Fernández reconstruyeron una identidad asociada a la intervención estatal, los derechos humanos, la ampliación de políticas sociales y una relación conflictiva con determinados sectores empresariales y mediáticos.
Dos modelos muy diferentes podían, sin embargo, reclamar la misma identidad política. Esa contradicción aparente es, en realidad, una de las mayores fortalezas históricas del peronismo, su capacidad para mutar sin desaparecer. Pero también es una de sus mayores dificultades, pues la discusión sobre qué significa exactamente ser peronista se vuelve inevitable.

DE LA CRISIS DE IDENTIDAD A ZAMORA
Distintos presidentes intentaron construir su propio movimiento y terminaron chocando con una realidad, el peronismo tiene una identidad política que excede a quien circunstancialmente ocupa su conducción.
La crisis actual del peronismo es particularmente profunda porque esa identidad se encuentra atravesada por una dirigencia fragmentada y por el desgaste producido por las causas judiciales que alcanzaron a figuras centrales del kirchnerismo. Esta interpretación política es una base para entender por qué aparece Zamora en la conversación.
Por estos días, la pregunta que realiza buena parte del movimiento no es únicamente quién puede representar al peronismo, sino qué tipo de dirigente podría volver a conectar con sectores sociales que ya no se sienten identificados con las viejas etiquetas. Y allí aparece la particularidad de Zamora.
No es peronista de origen. No nació dentro del Partido Justicialista. Su trayectoria comenzó en el radicalismo y llegó a presidir la UCR santiagueña. En 2004 fundó el Frente Cívico por Santiago, una construcción que integró a radicales, peronistas y otros sectores, y que terminó convirtiéndose en la estructura dominante de la política santiagueña. Esa capacidad para cruzar fronteras partidarias es, precisamente, uno de los atributos que sus impulsores destacan.
De modo tal que el interrogante es casi inevitable: ¿puede alguien que no nació en el peronismo terminar encabezando una alternativa nacional de raíz peronista?
La historia argentina tiene antecedentes que permiten formular la pregunta, aunque no necesariamente encontrar la respuesta.
MENEM Y UNA TENTADORA COMPARACIÓN
Menem es uno de los ejemplos más claros de esa capacidad de transformación. Llegó a la Presidencia en 1989 como dirigente del peronismo y, desde allí, impulsó un programa económico que produjo una transformación profunda del Estado y de la economía argentina.
Pero antes de llegar a la Casa Rosada había construido otra cosa: un liderazgo provincial. La Rioja fue su plataforma, el interior fue su identidad y e federalismo, una de las herramientas con las que enfrentó a las estructuras tradicionales del poder nacional.
En este punto aparece el paralelismo que algunos analistas empiezan a establecer con Zamora.
Santiago del Estero, como La Rioja, no es uno de los grandes distritos electorales del país. Tampoco concentra el poder económico ni mediático de Buenos Aires. Sin embargo, Zamora logró construir allí una estructura política de enorme duración.
Desde 2005, su influencia atraviesa distintas administraciones y diferentes etapas políticas. Gobernó la provincia durante cuatro períodos no consecutivos y, aun después de dejar formalmente la gobernación, mantuvo un papel central en la estructura política provincial.
El paralelismo tiene un punto de partida concreto: ambos construyeron poder político desde provincias alejadas del centro de las decisiones nacionales y utilizaron la identidad federal como parte de su construcción.
Menem convirtió su liderazgo en La Rioja en una plataforma nacional que finalmente lo llevó a la Casa Rosada. Zamora, por su parte, construyó desde Santiago del Estero una estructura política con una continuidad territorial excepcional y logró atravesar distintas etapas del peronismo y del radicalismo sin perder el control de su propia construcción provincial.
También existe otra similitud: la capacidad de construir por fuera de las estructuras partidarias tradicionales. Menem incorporó a su espacio sectores de procedencias diversas. Zamora hizo un recorrido diferente: desde el radicalismo construyó una alianza política estable con sectores peronistas y kirchneristas, sin abandonar la identidad propia del Frente Cívico.
Menem tenía una vocación presidencial explícita, un enorme despliegue territorial y una capacidad comunicacional que fue construyendo durante años. Zamora mantiene un perfil mucho más reservado y, hasta el momento, no posee una estructura electoral nacional comparable con la que necesitaría una candidatura presidencial.
La comparación con Menem no debería utilizarse para afirmar que Zamora repetirá aquella historia. Pero sí hay que recordar que, en determinados momentos de la historia argentina, el interior produjo dirigentes capaces de desafiar las estructuras políticas concentradas en Buenos Aires. Y ese podría ser uno de los argumentos más fuertes de una eventual candidatura zamorista.
PERÓN-BALBÍN
Hay otro episodio histórico que podría explicar por qué una construcción política puede superar las fronteras partidarias, y no es otro que el acercamiento entre Juan Domingo Perón y Ricardo Balbín.
En 1973, Perón le ofreció a Balbín la posibilidad de acompañarlo como candidato a vicepresidente, en lo que sería una fórmula de unidad nacional. Balbín no aceptó, y la fórmula del Frente Justicialista de Liberación quedó integrada por Héctor Cámpora y Vicente Solano Lima. Finalmente, cuando estos renunciaron, la fórmula establecida fue Perón-Perón, el general y su esposa, María Estela Martinez de Perón.
Aquel episodio aparece como una muestra del pragmatismo político de Perón, un dirigente que comprendía que una construcción nacional podía necesitar incorporar a quien había sido uno de sus principales adversarios.
El pragmatismo no sería una desviación del peronismo, sino una de sus herramientas históricas de supervivencia política.
Ese antecedente es importante para pensar el caso Zamora, porque la discusión no sería simplemente que un radical quiere ser candidato del peronismo. Al contrario, la pregunta histórica sería mucho más compleja: ¿Puede el peronismo ampliar sus fronteras, incorporar a un dirigente proveniente de otra tradición política y convertir esa incorporación en una nueva mayoría?
Por supuesto que la respuesta aún no está, pero la historia permite afirmar que la idea no sería completamente descabellada a la tradición política del movimiento.
DEL KIRCHNERISMO A UNA POSIBLE CONSTRUCCIÓN FEDERAL
Hay, además, otro antecedente más cercano. Cuando Néstor Kirchner llegó a la presidencia, en 2003, tampoco construyó su poder exclusivamente desde el Partido Justicialista tradicional. Su proyecto incorporó sectores provenientes del peronismo, del progresismo, del radicalismo y de otras expresiones políticas.
La llamada transversalidad fue, en aquel momento, una forma de intentar ampliar la base política del nuevo oficialismo. Con el tiempo, el kirchnerismo terminó convirtiéndose en una identidad propia dentro del universo peronista.
La experiencia muestra nuevamente una constante, el peronismo puede transformarse incorporando elementos externos, aunque esa transformación siempre genera tensiones sobre quién representa realmente al movimiento.
Y Zamora podría aparecer ahora como una versión diferente de esa misma discusión. No se trata de un dirigente peronista que busca ampliar su espacio incorporando radicales. Sería un dirigente radical que, después de años de alianzas con sectores peronistas, podría convertirse en una figura capaz de representar una construcción más amplia. La diferencia es sustancial y, por eso mismo, genera interés.

LA PARADOJA ZAMORA
La paradoja es que Zamora puede resultar atractivo, precisamente, porque no es peronista. Y aquí aparece quizás el aspecto más interesante de esta historia. El peronismo está buscando reconstruir una mayoría. El desafío de cualquier oposición frente al oficialismo de Javier Milei consiste en encontrar una fórmula política capaz de reunir identidades diferentes sin que ninguna de ellas termine expulsando a las demás.
Zamora tiene una característica que podría resultar seductora para una parte del electorado: no construye su liderazgo alrededor de la confrontación personal. Su estilo es más pragmático, con capacidad para moverse entre posiciones de centroizquierda y centroderecha y con una fuerte impronta de administración del Estado.
En un escenario nacional marcado por la polarización, podría existir un espacio para un dirigente que no tenga como principal activo la confrontación con el adversario sino la administración, la negociación y la construcción de acuerdos.
Ese perfil es precisamente el que sus promotores intentan poner en valor. Y no se trata solamente de una interpretación santiagueña. El dirigente salteño Sergio Leavy respaldó públicamente la posibilidad de una candidatura de Zamora y destacó como argumentos su experiencia de gestión, el perfil federal y la posibilidad de construir una alternativa que trascienda los límites del peronismo tradicional.
Días atrás, Leavy volvió a referirse al tema y aclaró que su respaldo a Zamora no implica cerrar la discusión sobre otros nombres. Incluso sostuvo que sería bienvenida una interna en la que pudieran competir distintas alternativas. Eso es importante porque si la candidatura de Zamora pretende ser algo más que una operación de posicionamiento, necesitará atravesar una instancia de legitimación mucho más amplia que la de los respaldos individuales.
CRISTINA, ANÍBAL Y RIAL
Pero hubo otro episodio que contribuyó a instalar el nombre santiagueño en la conversación nacional, y sucedió durante una entrevista entre Jorge Rial, Viviana Canosa y Aníbal Fernández. Allí surgió la versión de que Cristina Fernández de Kirchner tendría simpatía por un dirigente del norte para una eventual candidatura presidencial. Rial señaló a Zamora y Fernández no solo evitó desmentirlo, sino que elogió al santiagueño y afirmó que “hizo más peronismo que muchos”. El episodio tuvo impacto precisamente porque Zamora no pertenece al peronismo tradicional.
Su eventual incorporación como figura presidencial modificaría, de algún modo, el eje de la discusión, pues ya no se trataría solamente de decidir cuál de los dirigentes históricos del justicialismo debe encabezar la reconstrucción, sino de evaluar si esa reconstrucción puede ser liderada por alguien que llegó desde afuera del partido.
Sin embargo, conviene no transformar una versión periodística en una decisión política. En las declaraciones públicas conocidas no hay una candidatura acordada entre Cristina Kirchner y Zamora. Tampoco él confirmó haber recibido un ofrecimiento. Y el propio senador se encargó de negar que sus reuniones con gobernadores formen parte de un armado personal como precandidato.
La diferencia entre una conversación política y una candidatura formal es enorme. Y en política, especialmente cuando falta más de un año para una elección presidencial, esa diferencia importa.
QUÉ PUEDE OFRECER ZAMORA
Si se deja de lado la discusión sobre nombres, aparece la cuestión de fondo. ¿Qué representa políticamente Gerardo Zamora fuera de Santiago del Estero?
Sus impulsores responden con una palabra: gestión. La defensa de su figura se apoya en la experiencia acumulada durante años al frente del poder provincial, en la construcción del Frente Cívico, en una política de infraestructura sostenida y en la capacidad de mantener una estructura política territorial.
Leavy, por ejemplo, puso el foco en el equilibrio de las cuentas públicas, la infraestructura y el desarrollo productivo y turístico de Santiago del Estero como elementos que, según su mirada, podrían funcionar como carta de presentación nacional.
Entre los atributos de Zamora se destacan el pragmatismo, la capacidad administrativa y la posibilidad de combinar políticas de diferentes tradiciones ideológicas. Pero también determinados principios asociados históricamente al peronismo, como la justicia social, defensa del capitalismo y de las empresas nacionales y presencia estatal, que pueden convivir con una administración ordenada.
Ese punto es central porque la eventual propuesta de Zamora no podría construirse solamente sobre la identidad anti-Milei. Necesitaría explicar qué modelo de país propone, y ahí aparece un desafío todavía abierto.
El propio senador puso el acento en la necesidad de construir una alternativa política y cuestionó aspectos del rumbo económico nacional. También sostuvo que no se trata de tener un Estado más grande, sino un Estado eficiente, capaz de acompañar al sector privado y atender determinadas necesidades sociales.
Ese discurso podría dialogar con sectores que no se sienten representados ni por el liberalismo libertario ni por las expresiones más confrontativas del peronismo. Pero todavía debe transformarse en un programa nacional.
EL OBSTÁCULO: SALIR DE SANTIAGO
Hay una paradoja en toda candidatura presidencial nacida en una provincia del interior. La fortaleza territorial que permite construir poder local no necesariamente se transforma en conocimiento nacional.
Zamora tiene una estructura política consolidada en Santiago del Estero. Tiene vínculos con gobernadores y dirigentes de distintas procedencias. Tiene experiencia institucional y una larga trayectoria. Pero una elección presidencial se juega en todo el país, fundamentalmente, en distritos electorales donde Santiago representa una porción muy pequeña del padrón nacional.
La construcción federal puede ser una ventaja discursiva, pero para convertirse en una candidatura competitiva necesita traducirse en votos, dirigentes, recursos, presencia territorial y conocimiento público en las provincias más pobladas.
Ese es el salto que todavía no está demostrado. La comparación con Menem vuelve a servir como espejo, pero también como advertencia, ya que el riojano debió convertir durante años su liderazgo provincial en una construcción nacional.
Zamora debería recorrer un camino semejante. Y ese camino todavía no comenzó formalmente.
EL OTRO DESAFÍO
Existe además un problema más complejo. Zamora podría ser aceptado por una parte del peronismo precisamente porque no es un dirigente peronista tradicional. Pero esa misma característica podría convertirse en su principal dificultad.
¿Hasta dónde estaría dispuesto el peronismo a aceptar que un radical encabece una fórmula presidencial? ¿Hasta dónde podría Zamora representar a sectores peronistas sin dejar de representar a los sectores no peronistas que también podrían acompañarlo? Y, sobre todo, ¿qué estructura partidaria sostendría esa candidatura?
El espacio que rodea a Zamora plantea la necesidad de que las candidaturas se definan mediante mecanismos internos y no por decisiones personales. La continuidad de las PASO podría ser una herramienta para ordenar la oferta y Zamora podría competir en una interna peronista. Eso abre una puerta interesante porque una eventual candidatura de Zamora tendría mayor legitimidad política si surgiera de una competencia abierta que si fuera producto de una designación.
Y además resolvería una de las preguntas centrales: cuánto mide realmente Zamora fuera de Santiago del Estero.
Por otro lado, también hay que poner el calendario sobre la mesa. Falta más de un año para las elecciones presidenciales de 2027 y, como señalan distintos análisis nacionales, todavía no existe una definición completa de candidaturas. El escenario opositor continúa atravesado por disputas internas, conversaciones entre gobernadores y la búsqueda de una identidad capaz de enfrentar al oficialismo.
En ese contexto, sería apresurado hablar de una carrera presidencial definida. Pero sería igualmente equivocado considerar irrelevante que Zamora haya comenzado a ser mencionado.
En política, la aparición de un nombre en determinadas conversaciones no garantiza una candidatura, pero sí puede funcionar como señal de que algo se está moviendo. Y algo se está moviendo.
¿PROBLEMA PARA MILEI?
El periodista y analista político Pedro Paulin planteó recientemente una hipótesis particularmente provocadora: que el desafío para Javier Milei no sería necesariamente enfrentarse con una oposición identificada con las figuras tradicionales del peronismo, sino con un dirigente capaz de disputar algunas de las banderas que el oficialismo convirtió en parte de su identidad. En su lectura, Zamora podría presentar una combinación de disciplina fiscal, reducción de la estructura estatal y administración ordenada junto con políticas sociales, educativas y de presencia estatal. Esa combinación produciría un adversario de características diferentes a las de otros dirigentes opositores.
La hipótesis merece ser discutida, justamente, porque apunta a una cuestión electoral más profunda. Durante los últimos años, buena parte del debate político argentino quedó atrapado en la falsa alternativa entre “Estado grande” y “Estado ausente”; entre gasto público y ajuste; entre mercado y regulación; entre peronismo y antiperonismo.
Una figura como Zamora -si efectivamente lograra construir una candidatura nacional- podría intentar correrse de esa dicotomía y plantear una tercera combinación: Estado ordenado, cuentas equilibradas, inversión pública, producción y políticas sociales.
La cuestión no es si esa combinación es posible en teoría. La cuestión es si puede convertirse en una identidad electoral nacional.
EL VOTO JOVEN
Además, hay otro elemento a tener en cuenta, el voto joven. La evidente transformación del sistema político argentino, con una parte significativa del electorado menor de 40 años, que llega sin una identificación automática con las grandes tradiciones partidarias del siglo XX, es un asunto que no debe ser dejado de lado.
El fenómeno Milei puede leerse también desde esa ruptura generacional. Parte de su fortaleza política provino de haber logrado convertir el rechazo a la política tradicional en una identidad propia. Por ello, cualquier alternativa opositora que pretenda competir hacia 2027 deberá responder a ese fenómeno.
No alcanza con reivindicar la historia, ni recuperar consignas. Tampoco con recordar que alguna vez una determinada fuerza política fue mayoría. Hay que convencer a quienes no tienen memoria emocional del peronismo, del radicalismo ni de ninguna de las identidades políticas tradicionales. En ese terreno, el perfil menos confrontativo que sus defensores atribuyen a Zamora puede ser leído como una ventaja potencial.
Pero, nuevamente, es una hipótesis que debería probarse en una escala mucho mayor, porque la política nacional no se gana únicamente con administración. También se gana con capacidad de comunicación. Y ese es uno de los grandes interrogantes que todavía rodean al santiagueño.
¿QUÉ QUEDA DEL PERONISMO?
Si Zamora llegara a ser candidato presidencial de un espacio integrado mayoritariamente por sectores peronistas, ¿seguiría siendo una candidatura peronista? La respuesta dependería menos del origen partidario del candidato que del programa, las alianzas y la identidad que finalmente adoptara la construcción.
Hay elementos centrales en la tradición peronista, como justicia social, defensa del capitalismo nacional, empresas argentinas y una concepción del Estado vinculada al bienestar de los ciudadanos, los mismos que conviven con el perfil administrativo y fiscal de Zamora.
Es allí donde la eventual candidatura adquiere una dimensión más interesante que la simple discusión de nombres. Podría tratarse de una disputa por el significado contemporáneo del peronismo.
Un peronismo que busque recuperar la administración ordenada del Estado sin abandonar las políticas sociales. Un peronismo que reivindique la producción y las empresas nacionales sin necesariamente rechazar al sector privado. Un peronismo que plantee equilibrio fiscal sin convertirlo necesariamente en sinónimo de reducción de derechos.
Y, sobre todo, un peronismo que intente recuperar una dimensión federal que, según sus promotores, debería dar mayor protagonismo a las provincias frente a un sistema político excesivamente concentrado en Buenos Aires.
Eso todavía es una hipótesis, pero es la que hace políticamente interesante el nombre de Zamora.
LO QUE ZAMORA YA CONSIGUIÓ
Sin embargo, hay un dato que no debería perderse de vista. Gerardo Zamora ya consiguió algo que una candidatura presidencial necesita antes de existir: que su nombre sea discutido fuera de su provincia. Eso no garantiza una candidatura, mucho menos una elección.
Pero sí indica que su construcción política dejó de ser exclusivamente santiagueña. Durante años, Zamora fue esencialmente un fenómeno político provincial. Su influencia nacional estaba vinculada a su relación con el kirchnerismo, su paso por la Presidencia Provisional del Senado y sus vínculos con otros gobernadores.
Ahora aparece otra posibilidad, que esos vínculos puedan convertirse en una plataforma para una construcción nacional. Es apenas una posibilidad, pero que ya está siendo discutida.
Si finalmente Gerardo Zamora decide avanzar, deberá encontrar el equilibrio para construir una identidad propia sin quedar atrapado entre el peronismo tradicional y el oficialismo libertario.
Por ahora, solo hay especulaciones, preguntas, conversaciones, acercamientos. Sin embargo, mientras el peronismo busca reconstruirse, después de una sucesión de derrotas, fracturas y disputas internas, la aparición de un dirigente que puede dialogar con sectores peronistas sin haber nacido en el PJ introduce una variante inesperada. Puede ser una candidatura, una herramienta de negociación, una forma de ampliar el debate. O quizá puede terminar siendo simplemente uno de tantos nombres que circulan mucho antes de que llegue la hora de elegir.
El propio Zamora, por ahora, pide bajar el volumen. Es “muy prematuro”, dice. Pero la política argentina tiene una regla que a veces funciona como paradoja: cuando un nombre comienza a generar preguntas, deja de ser solamente un nombre.
Y Gerardo Zamora ya consiguió que la pregunta esté instalada. ¿Puede el próximo candidato presidencial del peronismo venir de fuera del peronismo?
La respuesta todavía no está escrita. Lo que empieza a escribirse, en cambio, es el escenario en el que esa pregunta dejó de parecer imposible.