26 de junio, 2026
Colaboración

La política argentina suele ofrecer una paradoja permanente. Mientras buena parte de la sociedad observa el escenario como una disputa entre oficialismo y oposición, los dirigentes con mayor experiencia rara vez piensan únicamente en la próxima elección. Piensan, sobre todo, en el próximo ciclo político.

En ese contexto comienza a percibirse un fenómeno que todavía aparece de manera dispersa, pero que merece atención: distintos actores que provienen de tradiciones políticas muy diferentes intentan construir espacios propios para el escenario posterior al gobierno de Javier Milei. No necesariamente porque crean inminente un cambio de gobierno, sino porque entienden que la política argentina difícilmente vuelva a estructurarse bajo los mismos parámetros que dominaron las últimas dos décadas.

En ese tablero aparecen tres dirigentes con perfiles completamente distintos, aunque atravesados por una característica común: ninguno parece dispuesto a resignarse a un rol secundario. Mauricio Macri, Victoria Villarruel y Miguel Ángel Pichetto representan tres maneras diferentes de interpretar la crisis del sistema político y tres intentos diversos de construir una alternativa futura.

No existe entre ellos una estrategia común. Tampoco comparten diagnósticos idénticos. Sin embargo, cada uno intenta ocupar un espacio que hoy aparece vacante: el de quienes consideran que el fenómeno libertario difícilmente pueda monopolizar de manera permanente la representación del electorado de centroderecha, del conservadurismo o incluso de sectores del peronismo no kirchnerista.

Desde la ciencia política, estos movimientos responden a una lógica clásica de los sistemas partidarios en transición. Cuando un liderazgo dominante altera el equilibrio del sistema -como ocurrió con Milei en 2023- los actores tradicionales atraviesan inicialmente una etapa de desorientación. Más tarde comienza una fase distinta: la búsqueda de nuevas identidades políticas capaces de sobrevivir al cambio de época. Es precisamente allí donde deben analizarse los movimientos de Macri, Villarruel y Pichetto.

Comencemos con Macri, quien atraviesa probablemente el momento más complejo de su carrera política. Ya no ejerce el liderazgo indiscutido del espacio que fundó, pero tampoco ha desaparecido del escenario. Por el contrario, mantiene una influencia considerable sobre sectores empresariales, dirigentes territoriales, gobernadores, intendentes y referentes que integran lo que habitualmente se denomina el "círculo rojo".

Lejos de la exposición permanente, el expresidente mantiene reuniones frecuentes con empresarios, exfuncionarios, dirigentes del PRO y actores económicos que siguen observándolo como una figura capaz de ordenar parte del sistema político. En ese contexto adquirió particular significado su reaparición pública junto a Gabriela Michetti, más allá del componente personal o simbólico, aquella imagen pareció transmitir un mensaje político.

Macri procura diferenciar una concepción institucional de la centroderecha respecto del estilo confrontativo que caracteriza al oficialismo libertario, no implica necesariamente una ruptura frontal con Milei, tampoco supone la construcción inmediata de una oposición, más bien intenta instalar la idea de que existe una forma distinta de ejercer el poder.

Desde la teoría política, podría definirse como un intento de reconstruir una derecha institucionalista. Una derecha favorable a las reformas económicas profundas, pero convencida de que esas transformaciones requieren acuerdos parlamentarios, fortalecimiento institucional y previsibilidad. Macri parece apostar a representar ese segmento del electorado que acompaña el rumbo económico del Gobierno, pero manifiesta incomodidad frente a determinadas formas de confrontación permanente.

El desafío es enorme. Gran parte del electorado que anteriormente respaldó al PRO migró hacia La Libertad Avanza. Recuperarlo exige algo más que reivindicar la experiencia de gobierno entre 2015 y 2019. Obliga a ofrecer una identidad política nueva. Su principal fortaleza continúa siendo la experiencia de gestión, también conserva vínculos consolidados con sectores empresariales nacionales e internacionales, su red política permanece activa, sin embargo, enfrenta una dificultad estructural.

En los procesos de realineamiento partidario, los expresidentes rara vez logran recuperar plenamente el protagonismo perdido, la política suele mirar más hacia los liderazgos emergentes que hacia quienes ya ejercieron el máximo poder. Macri parece consciente de esa limitación, por eso sus movimientos aparecen orientados más a preservar influencia que a disputar nuevamente la presidencia, su apuesta consiste en transformarse en el gran ordenador de una futura coalición de centroderecha, no necesariamente como candidato, pero sí como principal articulador político.

La historia política argentina demuestra que la relación entre presidentes y vicepresidentes rara vez transcurre sin tensiones. No constituye una anomalía institucional, por el contrario, responde a una característica casi estructural del presidencialismo argentino. Los vicepresidentes suelen construir legitimidad propia porque saben que dependen de una base política distinta a la del presidente, Villarruel parece transitar ese camino, su figura posee rasgos particulares, no proviene de la estructura tradicional de La Libertad Avanza.

Su identidad política fue construida mucho antes del triunfo electoral de Milei, está vinculada con sectores conservadores, nacionalistas, referentes de las Fuerzas Armadas retiradas, asociaciones vinculadas con cuestiones de seguridad y diversos espacios culturales que cuestionan buena parte de los consensos construidos desde la recuperación democrática. Sin embargo, reducir su proyecto político únicamente a esas posiciones sería insuficiente, en los últimos meses comenzaron a observarse señales orientadas hacia una construcción más amplia. Su proyecto buscaría integrar sectores provenientes del liberalismo, del conservadurismo clásico, del federalismo provincial y también de dirigentes del peronismo alejados del kirchnerismo.

Desde la ciencia política, se trataría de una estrategia de ampliación de la base electoral, los liderazgos presidenciales exitosos suelen trascender el núcleo ideológico original, necesitan construir coaliciones heterogéneas, Villarruel parece comprender esa necesidad. Su eventual fortaleza reside precisamente allí, puede dialogar con sectores donde Milei encuentra mayores dificultades.  Pero esa misma estrategia contiene riesgos, mientras continúe formando parte del Poder Ejecutivo, cualquier construcción autónoma deberá equilibrarse cuidadosamente para evitar que sea interpretada como una confrontación abierta.

Existe además otro desafío. Los proyectos políticos basados en liderazgos conservadores suelen encontrar dificultades para expandirse cuando no logran incorporar agendas económicas, sociales y federales suficientemente amplias. La política contemporánea exige mucho más que identidad cultural. Exige capacidad para administrar conflictos complejos.

Si Macri representa la experiencia presidencial y Villarruel simboliza una construcción emergente, Pichetto encarna otra dimensión del poder, la del conocimiento profundo del funcionamiento institucional, pocos dirigentes argentinos conocen el Congreso como él.

Durante décadas participó de negociaciones legislativas, acuerdos multipartidarios y discusiones que definieron buena parte de la gobernabilidad argentina, su trayectoria demuestra una característica poco frecuente, ha sabido adaptarse a escenarios políticos radicalmente distintos, fue una figura central del peronismo durante muchos años, más tarde integró la fórmula presidencial de Macri, luego impulsó el denominado peronismo republicano y ahora vuelve a explorar la posibilidad de reconstruir un espacio propio.

Lejos de interpretarse como simples cambios de posición, estos movimientos reflejan una lógica característica de dirigentes con elevada experiencia institucional. Pichetto podría definirse como un emprendedor político, no administra únicamente una identidad partidaria, administra capacidad de negociación. Su reciente acercamiento tanto a Guillermo Moreno como a Cristina Fernández de Kirchner ha generado múltiples interpretaciones, sería apresurado concluir que ello implica la conformación de una alianza estable.

La política argentina se caracteriza por la existencia de diálogos permanentes entre dirigentes de espacios diferentes, no toda conversación anticipa una coalición electoral, sin embargo, esos contactos revelan un dato relevante. Pichetto parece convencido de que el peronismo atraviesa una etapa de redefinición profunda. Su hipótesis consistiría en que, agotado el ciclo kirchnerista como eje ordenador exclusivo del movimiento, comenzará inevitablemente una disputa por su reorganización.

Allí intenta posicionarse, no como líder carismático sino como constructor de consensos, su fortaleza radica en comprender las reglas informales del sistema político, su principal debilidad reside en la dificultad para traducir esa capacidad negociadora en volumen electoral propio.

La experiencia demuestra que los grandes operadores parlamentarios no siempre logran convertirse en líderes de masas. Observados en conjunto, Macri, Villarruel y Pichetto expresan respuestas diferentes frente a una misma pregunta. ¿Cómo construir poder político en una Argentina donde el bipartidismo tradicional parece haber dejado de existir?

Macri apuesta por reconstruir una centroderecha moderna con fuerte anclaje institucional, Villarruel intenta consolidar un conservadurismo nacional con vocación de expansión territorial, Pichetto procura reorganizar sectores dispersos del peronismo dialoguista e institucional. Ninguna de esas estrategias garantiza éxito, pero todas responden a diagnósticos racionales.

La política argentina atraviesa un proceso de fragmentación creciente, las identidades partidarias históricas perdieron estabilidad, los votantes modifican sus preferencias con mayor rapidez y los liderazgos se vuelven más personalistas mientras las coaliciones son menos duraderas. En escenarios semejantes suelen emerger dirigentes que intentan ocupar espacios intermedios, no buscan necesariamente reemplazar de inmediato al oficialismo, buscan convertirse en actores imprescindibles para la construcción de futuras mayorías. El éxito o fracaso de estas estrategias dependerá, en buena medida, del desempeño del gobierno nacional.

Si la administración de Milei consolida estabilidad económica, reduce sostenidamente la inflación y logra traducir esas mejoras en crecimiento y empleo, el espacio disponible para alternativas de centroderecha tenderá a reducirse. En ese escenario, Macri tendría incentivos para profundizar la cooperación con el oficialismo, Villarruel enfrentaría mayores costos por cualquier diferenciación y Pichetto vería más difícil articular un polo competitivo desde el peronismo.

Si, en cambio, el Gobierno encontrara límites políticos para sostener su programa, las alternativas comenzarían a adquirir mayor relevancia. Los sectores moderados buscarían nuevas referencias, los gobernadores aumentarían su capacidad de negociación y las coaliciones volverían a ser un recurso central para construir gobernabilidad.

Julio César Coronel

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