10 de enero, 2026
Pienso, luego existo

Mientras los chicos dejan pasto y agua para los camellos, en la política argentina también hay quienes miran el cielo con expectativa. No por fe religiosa, sino por costumbre nacional: esperar que algo caiga de arriba y resuelva lo que abajo no termina de acomodarse.  

Javier Milei, fiel a su estilo, no pediría juguetes sino confirmaciones. Un regalito modesto: inflación domada de manera definitiva, dólar manso como mascota presidencial y un Congreso que, por un rato largo, lea los proyectos antes de levantar la mano. De yapa, que los Reyes le traigan silencio: menos ruido político, menos micrófonos encendidos y menos aliados confundidos. Nada extravagante.

Manuel Adorni, en cambio, dejaría el zapato bien lustrado frente a su otrora atril. Su pedido es claro: frases virales infinitas, periodistas dóciles. Si Melchor trae memes, Gaspar likes y Baltasar trending topics, el jefe de gabinete estaría más que conforme.

Karina Milei, más pragmática, pediría orden. Orden interno, orden externo y, si sobra espacio en la bolsa real, un mapa político donde todos entiendan quién manda, sin necesidad de explicarlo. No quiere milagros, solo que el poder siga fluyendo sin interferencias humanas.

Cristina, por su parte, no cree demasiado en los Reyes pero, por las dudas, anota. Su lista es larga: reivindicación histórica, memoria selectiva, jueces distraídos y un pueblo que recuerde solo lo que conviene. Si, además, aparece un futuro donde ella tenga siempre la última palabra, mejor.

Máximo Kirchner pide menos épica y más resultados. Un peronismo obediente, una lapicera compartida y un pasado que no pese tanto cuando se habla del futuro. No exige demasiado, apenas que el apellido siga cotizando.

Sergio Massa, más cauto, no deja zapatos sino calculadora. Pide tiempo, olvido y la posibilidad de reaparecer cuando el clima sea templado. Si los Reyes traen una amnesia colectiva, él promete no desperdiciarla.

Axel Kicillof, siempre aplicado, solicita un regalo didáctico: que la realidad se adapte a sus teorías y no al revés. Una provincia con recursos infinitos y un manual donde el déficit no sea mala palabra. Todo con gráficos, claro.

Mauricio Macri, mirando desde lejos, pide revancha. No necesariamente poder, pero sí razón retrospectiva. Que alguien diga “al final no estaba tan mal” sería el mejor de los regalos.

Juan Grabois deja una carta manuscrita, extensa y apasionada. Pide justicia social, épica permanente y un sistema que lo critique sin dejar de escucharlo. Y, si se puede, un megáfono nuevo.

Martín Insaurralde, más discreto, no deja pasto ni agua. Prefiere anonimato, perfil bajo y que los Reyes Magos no sepan usar Google.

Patricia Bullrich quiere orden, firmeza y un enemigo visible. Si no hay conflicto, no hay regalo. Todo envuelto en papel duro.

Victoria Villarruel pide coherencia institucional y silencios estratégicos. Que nadie la incomode mientras piensa el próximo movimiento.

La política argentina también espera regalos. Algunos llegarán, otros no. Como siempre. Porque en este país, hasta los Reyes Magos negocian.

 

 

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