04 de junio, 2026
Colaboración

La política argentina tiene una particularidad que se repite con insistencia: nunca termina de discutir el presente porque siempre está pensando en la próxima elección.

Mientras el gobierno de Javier Milei atraviesa todavía está lidiando en la etapa que podría consolidar o no su proyecto político y económico, en determinados sectores del poder económico, empresarial, mediático y político comienza a instalarse una pregunta que, aunque nadie formula abiertamente, circula cada vez con mayor frecuencia en despachos, reuniones reservadas y conversaciones de alto nivel: ¿quién garantizará la continuidad de las transformaciones impulsadas por Milei cuando Milei deje de ser una garantía de gobernabilidad?

La pregunta encierra una paradoja.

Hasta hace poco tiempo, gran parte de los sectores que hoy apoyan al presidente apostaban precisamente a que fuera él quien rompiera con las lógicas tradicionales del sistema político. Su condición de outsider constituía una virtud. Su capacidad de confrontación era vista como una herramienta necesaria para enfrentar estructuras corporativas, burocráticas y políticas que parecían inamovibles.

Sin embargo, a medida que el experimento libertario avanza, comienza a emerger una preocupación diferente, errores no forzados, yerros imprevistos, equívocas decisiones. No se discute necesariamente el rumbo económico. No se cuestiona de manera central la necesidad de reformas estructurales.

Lo que empieza a generar inquietud en algunos sectores es la forma. La dificultad para construir consensos. La tendencia a convertir cualquier diferencia en una confrontación. La resistencia a incorporar voces críticas.

La personalización extrema de las decisiones. La percepción de que el presidente parece sentirse más cómodo en la batalla permanente que en la construcción institucional de acuerdos duraderos.

Es en ese contexto donde reaparece, casi inevitablemente, la figura de Mauricio Macri. No como un dirigente retirado. No como un simple ex presidente, sino como alguien que observa desde una posición singular: la del hombre que ya atravesó la experiencia de gobernar una Argentina compleja, que conoce los límites reales del poder presidencial y que entiende, quizá mejor que muchos de sus contemporáneos, los mecanismos visibles e invisibles que sostienen el funcionamiento del Estado.

La pregunta que comienza a recorrer ciertos ámbitos no es tanto si Macri quiere volver. La pregunta es si determinados sectores del poder quieren que vuelva.

Y allí reside una diferencia sustancial, porque más allá de las declaraciones públicas, de los desmentidos formales o de las especulaciones electorales, resulta evidente que el ex presidente continúa ocupando un lugar central dentro del tablero político argentino.

Su influencia excede largamente la estructura formal del PRO. Su capacidad de interlocución con sectores empresariales sigue siendo significativa.

Y su conocimiento del entramado estatal, de las relaciones de poder y de las tensiones que atraviesan al sistema político argentino continúa siendo un activo difícil de encontrar en otros dirigentes de la oposición.

Lo interesante es que la eventual reaparición de Macri no se produce desde la nostalgia. No existe hoy un movimiento social reclamando el regreso de su presidencia. No hay una demanda popular masiva de restauración macrista. La hipótesis es diferente.

Lo que algunos sectores parecen comenzar a imaginar es una figura capaz de preservar determinadas transformaciones impulsadas por Milei, pero despojada de los elementos que consideran más conflictivos de su personalidad política.

Un dirigente reformista, pero previsible. Firme, pero dialoguista. Convencido de la necesidad del cambio, pero consciente de los límites institucionales. Alguien que comprenda que la democracia no consiste solamente en ganar elecciones, sino también en construir legitimidad para gobernar.

En otras palabras, una parte del denominado círculo rojo parece comenzar a preguntarse si es posible conservar el programa sin conservar necesariamente el método. Y es allí donde Macri vuelve a entrar en escena. No como el líder de 2015. No como el presidente derrotado en 2019. Sino como una figura que, a los ojos de algunos actores del poder, podría representar una síntesis entre cambio y gobernabilidad.

Naturalmente, este escenario genera tensiones profundas dentro del universo político que alguna vez integró Juntos por el Cambio. Porque mientras Macri preserva una identidad propia, muchos de sus antiguos compañeros de ruta han elegido caminos distintos.

El caso más emblemático es el de Patricia Bullrich. La actual ministra se convirtió probablemente en la dirigente del PRO que más plenamente abrazó el proyecto mileísta. Su incorporación al gobierno representó mucho más que un acuerdo político. Simbolizó una migración ideológica y estratégica.

Bullrich apostó a convertirse en una de las principales figuras del oficialismo y, en cierto modo, a disputar el liderazgo del espacio político que originalmente ayudó a construir junto a Macri.

La relación entre ambos continúa siendo compleja. No necesariamente por diferencias personales. Sino porque representan proyectos distintos para un mismo electorado. Macri parece imaginar una centroderecha con estructura partidaria, articulación institucional y vocación de construcción política. Bullrich parece haber optado por integrarse plenamente a la experiencia libertaria. Son dos estrategias que compiten por el mismo universo de votantes.

Algo similar ocurre con otros dirigentes que no reniegan de su identidad originaria, pero que decidieron colaborar con el gobierno nacional. El caso de Diego Santilli resulta particularmente ilustrativo. No abandonó formalmente el universo político del PRO. No rompió con Macri. Pero tampoco se ubicó en una posición de confrontación con Milei. Eligió una zona intermedia. Un espacio pragmático donde la cooperación parece más importante que las identidades partidarias tradicionales.

Esta situación refleja una realidad más amplia. El PRO ya no es un partido homogéneo. Es un territorio en disputa. Una estructura atravesada por diferentes visiones sobre cómo relacionarse con el gobierno libertario.

Algunos consideran que el futuro pasa por una integración definitiva. Otros creen que resulta necesario preservar una identidad propia. Y algunos imaginan que, tarde o temprano, será necesario reconstruir una alternativa que combine reformas económicas con mayor previsibilidad institucional. En el fondo, la discusión excede nombres propios. Lo que está en debate es la naturaleza misma del poder en la Argentina que viene.

La experiencia de Milei ha demostrado que una parte importante de la sociedad estaba dispuesta a respaldar cambios profundos. Pero también ha puesto en evidencia los límites de una lógica política basada casi exclusivamente en la confrontación. Las democracias modernas requieren liderazgo. Pero también requieren negociación. Necesitan convicciones. Pero también acuerdos. Necesitan reformas. Pero también consensos mínimos que permitan sostenerlas en el tiempo.

La historia argentina está llena de transformaciones que fracasaron porque fueron concebidas como proyectos personales y no como políticas de Estado. Quizá allí se encuentre la principal preocupación de quienes observan el escenario político actual. No temen necesariamente que Milei cambie demasiado. Temen que, precisamente por no construir consensos amplios, muchas de sus reformas terminen dependiendo exclusivamente de su permanencia en el poder.

Y cuando una transformación depende de una sola persona, corre el riesgo de desaparecer con ella. Por eso algunos comienzan a mirar más allá del presente. Por eso Macri vuelve a ser mencionado. Por eso resurgen debates que parecían cerrados. Y por eso la discusión sobre la sucesión comenzó mucho antes de que exista una elección cercana.

Porque en la Argentina contemporánea la verdadera disputa ya no gira únicamente alrededor de quién gobierna hoy. Empieza a girar alrededor de quién será capaz de garantizar mañana un equilibrio entre cambio, gobernabilidad, institucionalidad y consenso.

Una tarea mucho más difícil que ganar una elección. Y posiblemente mucho más importante para el futuro de la República.

Julio César Coronel

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