La última noche de Lionel Messi con la camiseta argentina debía ser una celebración inolvidable, pero terminó dejando una pregunta incómoda, ¿cómo es posible que quienes administran el fútbol argentino no hayan estado a la altura del hombre al que pretendían homenajear?
La despedida de Lionel Messi de la Selección argentina, el 6 de octubre, en el Monumental, frente a Benín, era para despedir mucho más que a un futbolista. Se despedía, al menos de la camiseta albiceleste, un hombre que atravesó generaciones, soportó frustraciones, silenció críticas y terminó conquistando aquello que parecía negársele: los triunfos con la blanquiceleste, y llegaron sendas Copas América, la Finalissima y la Copa del Mundo.
Por eso, lo que debía ser una ceremonia a la altura de su dimensión histórica terminó dejando un sabor amargo. Y no por Messi. Él estuvo, como casi siempre, a la altura de las circunstancias. La decepción estuvo en el espectáculo que rodeó su despedida, en la desmesura comercial, en la falta de sensibilidad de quienes confundieron un homenaje con una oportunidad de negocios.
Hay algo que provoca vergüenza ajena cuando una institución no comprende la naturaleza de aquello que tiene entre manos. Messi no necesitaba una puesta en escena grandilocuente para ser recordado, ni requería que su última noche se transformara en una sucesión de atracciones, anuncios y operaciones comerciales, solo se esperaba, simplemente, que lo dejaran despedirse de su pueblo con la dignidad que merece.
El episodio de los drones fue, en ese sentido, una imagen difícil de olvidar. Cuando miles de personas esperaban un momento de emoción, el cielo del Monumental terminó mostrando el logotipo de una compañía de seguros, auspiciante del espectáculo. La reacción de los hinchas, entre silbidos, enojo y comentarios de incredulidad, dejó expuesto el desacierto. Nadie reconoció que cuando está Leo, el que debe brillar es él.
La cuestión no es demonizar a una empresa por patrocinar un espectáculo deportivo, sabemos que el fútbol profesional necesita recursos y la publicidad forma parte de su realidad. El problema aparece cuando la lógica comercial invade un espacio que reclama sensibilidad, cuando el patrocinio deja de acompañar la emoción para interrumpirla. Una despedida de semejante magnitud no podía convertirse en una vidriera publicitaria sin pagar el precio de esa torpeza.
Pero los drones fueron apenas la imagen más visible de un malestar más profundo. En los días previos al encuentro se conocieron denuncias por reventa de entradas, ofertas a precios exorbitantes y presuntas maniobras con localidades para acceder al partido. El Ministerio Público Fiscal de la Ciudad de Buenos Aires informó que recibió más de treinta denuncias y que hubo tres personas imputadas en el marco de las investigaciones. Incluso hubo allanamientos y detenciones, se trata de hechos bajo investigación, no de una condena contra la organización, pero alcanzan para comprender la indignación de quienes sintieron que hasta la posibilidad de despedir al ídolo podía quedar sometida a la especulación.
¿En qué momento el hincha pasó a ser un cliente cautivo? ¿Cuándo se aceptó que la pasión popular podía convertirse en una mercancía más, incluso en una noche que pertenecía sentimentalmente a millones de argentinos?
La despedida también dejó otra postal, muy tajante y dirimente: los reproches dirigidos a Claudio “Chiqui” Tapia desde las tribunas. El presidente de la AFA, cuya gestión quedó asociada, durante años, al éxito de la Selección, recibió una reprobación que contrastó con el reconocimiento multitudinario dedicado al capitán. No es un dato menor; el fútbol argentino puede celebrar sus títulos y, al mismo tiempo, exigir explicaciones a quienes lo conducen. Una cosa no cancela la otra.
Messi representa valores que exceden largamente su capacidad extraordinaria para jugar al fútbol. Representa el trabajo silencioso, la perseverancia, la disciplina y el respeto. No llegó a la cima mediante discursos grandilocuentes ni necesitó construir un personaje para imponerse, durante años soportó cuestionamientos desproporcionados, derrotas dolorosas y comparaciones interminables. Respondió trabajando. Cuando perdió, volvió a intentarlo. Cuando ganó, celebró sin necesidad de humillar al adversario.
Su grandeza humana no consiste en suponer que es perfecto, sino en reconocer una coherencia poco frecuente entre el deportista y la persona que muestra públicamente. Su perfil reservado, su apego a la familia y su conducta dentro del campo contrastan con una cultura dirigencial que, demasiadas veces, parece confundir el poder con la impunidad y la representación institucional con el aprovechamiento personal.

Aquí reside la verdadera distancia entre Messi y quienes pretenden utilizar su figura como escudo. El futbolista construyó su prestigio durante décadas; ningún dirigente puede apropiarse de él como si se tratara de un capital propio. La Selección pertenece a los argentinos, los títulos son patrimonio de un país y Messi es parte esencial de esa historia, pero no es propiedad de la AFA ni de su presidente.
Y el problema excede una despedida mal organizada. La AFA atraviesa cuestionamientos y causas judiciales que exigen respuestas transparentes. Las denuncias relacionadas con cuestiones tributarias, el manejo de fondos y las operaciones comerciales vinculadas a la entidad deben resolverse en los ámbitos correspondientes, con pruebas y respeto por las garantías de todos los involucrados. No corresponde anticipar condenas, pero tampoco exigir silencio frente a asuntos que comprometen la confianza pública.
A ello se suman las controversias deportivas que vienen deteriorando la credibilidad de los campeonatos, Barracas Central, vinculado históricamente a Tapia, y Deportivo Riestra como otros clubes del interior, han protagonizado ascensos y campañas rodeados de discusiones, polémicas arbitrales y cuestionamientos reglamentarios.
No podemos sostener que ciertos ascensos hayan sido ilegítimos ni autoriza a afirmar que existió manipulación criminal de resultados, pero sí plantear una pregunta elemental ¿qué está haciendo el fútbol argentino para que sus competiciones inspiren confianza y no sospecha? Copas, campeonatos, títulos que nadie logra entender, masificación de clubes en la primera categoría, y muy poca luminosidad para despejar oscuras maquinaciones.
La misma exigencia de transparencia debe alcanzar a los clubes del interior, donde los hinchas y las instituciones merecen reglas claras, arbitrajes confiables y criterios deportivos uniformes. No puede haber equipos protegidos por su proximidad al poder ni otros obligados a competir bajo la permanente duda de que las decisiones se toman fuera de la cancha.
El fútbol argentino no necesita una justicia impartida desde las tribunas ni acusaciones sin sustento, requiere de investigaciones serias, reglamentos estables, dirigentes que rindan cuentas y autoridades que comprendan que administrar una pasión popular es una responsabilidad, no un privilegio.
En ese contexto, la despedida de Messi adquiere una dimensión simbólica, durante años, su figura fue utilizada como una de las principales cartas de presentación del fútbol argentino. Su imagen, su prestigio y sus conquistas sirvieron para promocionar torneos, patrocinadores y dirigentes, sin embargo, cuando llegó el momento de ofrecerle una despedida verdaderamente memorable, la organización quedó atrapada en sus propias contradicciones.
Quizá por eso la sensación final sea tan amarga, Messi no se llevó únicamente los aplausos de un estadio, también dejó en evidencia, sin pronunciar una palabra de reproche, la distancia que puede existir entre la nobleza del deporte y los intereses de quienes lo administran. No sabemos qué piensa íntimamente el capitán ni corresponde atribuirle sentimientos que no expresó, pero su despedida de la Selección marca el final de una etapa en la que su presencia ayudó a unir a millones de argentinos alrededor de una camiseta.
A partir de ahora, los dirigentes deberán demostrar que pueden sostener esa unión sin depender de su figura. Y en este contexto, hay límites que el poder no debería cruzar, uno de ellos es utilizar hasta el último instante de un ídolo para alimentar una maquinaria comercial o intentar obtener legitimidad a través de su prestigio. Cuando eso sucede, la multitud termina distinguiendo con claridad quién es el homenajeado y quién pretende beneficiarse del homenaje.
Messi se ganó el derecho a despedirse con emoción, sencillez y gratitud, se lo ganó con goles, sacrificio, derrotas asumidas y victorias compartidas, se lo ganó representando a la Argentina con una dignidad que no necesita propaganda.
La despedida pudo haber sido una noche perfecta y no lo fue. Y esa frustración debería servir para algo más que alimentar memes o reproches pasajeros, debería obligar a una reflexión profunda sobre el estado de nuestras instituciones deportivas. Porque Lionel Messi pasará a la historia como uno de los más grandes futbolistas de todos los tiempos.
Los títulos, los récords y las imágenes de su zurda seguirán recorriendo el mundo. De los dirigentes, en cambio, quedarán sus decisiones, sus explicaciones y la memoria de cómo ejercieron el poder.
Al final, la diferencia es sencilla, Messi construyó una gloria que pertenece a todos, en tanto, quienes conducen circunstancialmente el fútbol argentino todavía tienen que demostrar que están a la altura de esa herencia aunque no creo que ello suceda estando hoy rodeados entre la gente que los desaprueba y la justicia que los investiga.
Julio César Coronel