01 de octubre, 2026
Actualidad

Un ambicioso proyecto de restauración ecológica impulsado por TNC Argentina, la UNSE y productores locales logró recuperar más de 360 hectáreas mediante agrocorredores, innovación tecnológica y ganadería regenerativa, demostrando que producción y conservación pueden marchar de la mano en territorio santiagueño.

El monte nativo en el norte argentino late con un pulso renovado. En un contexto global donde la crisis climática presiona cada rincón de los ecosistemas, la provincia de Santiago del Estero se consolida como epicentro de una transformación ambiental sin precedentes. Gracias a una alianza estratégica encabezada por The Nature Conservancy (TNC) Argentina, en conjunto con John Deere, instituciones académicas, empresas forestales y productores locales, se alcanzó una meta histórica: plantar más de 100.000 árboles nativos en el corazón del Gran Chaco.
Esta iniciativa monumental no es una simple campaña de forestación estética; representa una intervención estructural de gran envergadura que recuperó 367,2 hectáreas severamente fragmentadas por el avance histórico de la agricultura intensiva y la ganadería tradicional. El objetivo central ha sido reconstruir la conectividad ecológica, permitiendo que la biodiversidad autóctona y la actividad agropecuaria convivan en un delicado pero sólido equilibrio de sustentabilidad.
El desarrollo del proyecto abarcó tres provincias clave de la región —Santa Fe, Chaco y Santiago del Estero—, pero fue en el territorio santiagueño donde la sinergia entre la ciencia, el trabajo comunitario y el sector productivo cobró un sentido más profundo. Mediante la creación de los denominados "agrocorredores", se diseñó un modelo donde los parches de monte nativo dejen de ser islas aisladas.
Los productores rurales que decidieron sumarse a esta apuesta por el futuro debieron asumir compromisos estrictos y firmes: no desmontar áreas de alto valor de conservación, restaurar aquellos sectores que el fuego o el uso intensivo habían degradado, y asumir la responsabilidad legal y práctica de proteger los ejemplares a largo plazo.
En este entramado, el rol de la academia local fue fundamental. La Facultad de Ciencias Forestales de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE) produjo 20.000 ejemplares nativos en sus viveros, aportando no sólo material biológico de alta calidad, sino también investigación científica de punta y capacitación técnica en territorio. Asimismo, se impulsaron talleres pedagógicos en escuelas rurales y comunidades campesinas, revalorizando los saberes ancestrales y sensibilizando a las nuevas generaciones sobre la urgencia de cuidar el patrimonio forestal.

Ciencia, tecnología de vanguardia y el poder del Algarrobo Blanco
Para alcanzar semejante despliegue territorial, la estrategia combinó la sabiduría de la tierra con tecnología de última generación. El protagonista indiscutido de esta reforestación fue el algarrobo blanco (Neltuma alba), una especie clave que representó cerca del 80% de los árboles plantados en suelo santiagueño.
Elegido con precisión técnica, el algarrobo blanco destaca por su legendaria resistencia a las recurrentes sequías de la región, su capacidad inigualable para regenerar suelos empobrecidos, mejorar la infiltración del agua de lluvia y proveer alimento y refugio a la fauna silvestre local.
Pero la innovación no se detuvo en el método tradicional de plantación manual. En colaboración con el startup ReForest Latam, se incorporó tecnología de siembra aérea mediante drones, una herramienta que amplió exponencialmente el radio de acción, la velocidad y la eficiencia del proyecto en zonas de difícil acceso. Por su parte, la empresa Nativas articuló de manera minuciosa con los productores, mientras que Optimizar Forestal aportó 80.000 árboles y coordinó cuadrillas operativas capaces de implantar hasta 2.500 ejemplares por jornada laboral.

Beneficios productivos y sociales
Lejos de percibirse como una carga económica para los establecimientos agropecuarios, la recuperación de los bosques nativos demostró arrojar réditos directos y tangibles en el corto y mediano plazo. Los ganaderos de la región ya celebran las múltiples ventajas de apostar por la ganadería regenerativa.
"El beneficio es que el campo tenga sombra en cualquier parte en que el animal se encuentre y tenga confort. Así va a aumentar la ganancia de peso diaria y disminuir los abortos por calor", destaca con entusiasmo Mario Oertlinger, productor ganadero de la zona.
En la misma línea, el productor ganadero regenerativo Mariano Fiori comparte una visión de futuro esperanzadora: "Imagino el campo con suelos recuperados, biodiversidad y resiliencia frente a eventos climáticos extremos".
Por su parte, la investigadora de la UNSE, Dra. Sandra Bravo, profundiza en el impacto social y humano de la iniciativa: "Estamos plantando una nueva visión, mejorando la calidad de vida de los habitantes y preparándolos para el cambio climático".
Gracias a estas prácticas, combinadas con un riguroso monitoreo a cargo de Nativas que registró una tasa de supervivencia cercana al 90% —impulsada también por oportunas precipitaciones—, los productores han diversificado sus fuentes de ingresos. Hoy en día, el monte restaurado ofrece alternativas económicas complementarias como la producción de harina de algarroba, miel de monte, plantas tintóreas y hierbas medicinales.

Un punto de partida hacia el futuro del Gran Chaco
El hito de los 100.000 árboles plantados en Santiago del Estero y la región no constituye una línea de llegada, sino un faro que ilumina el camino a seguir. La iniciativa demuestra con hechos concretos que el desarrollo productivo y la conservación ambiental no son caminos opuestos, sino complementarios y urgentes.
En tiempos donde el cambio climático desafía la supervivencia de los ecosistemas y la rentabilidad agropecuaria, el monte santiagueño demuestra que, cuando la comunidad, la ciencia y la producción unifican sus fuerzas, la tierra siempre responde reverdeciendo con esperanza.

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